sábado, 13 de septiembre de 2025

27. «La estrella guía. La feria de ganado y la noche»

 Aquel viernes, tras un desayuno temprano, al que Diego no se presentó por estar indispuesto a causa del excesivo vino tomado la noche anterior, la actividad en la casa comenzó con el bullicio propio de los días de feria. Antonia, Juan y Gonzalo revisaban las jaulas con las gallinas y los conejos, asegurándose de que todo estuviera en orden antes de cargarlos en el carro. Los animales se removían inquietos, sintiendo la inminencia del viaje.


Mientras tanto, Martín y Catalina permanecían en el umbral de la casa, observando los preparativos con una mezcla de impaciencia y resignación. No podían acompañarlos, y eso hacía que la mañana se les antojara más larga de lo habitual.

Recordad que, si encontramos una buena ocasión, compraremos una vaca lechera —comentó Juan, ajustando las cinchas del carro.

Será de gran ayuda —asintió Antonia—. Pero solo si el precio es justo. No vamos a dejarnos engañar.

Gonzalo, que ya estaba acomodado en el asiento del carro, lanzó una mirada a los tres que se quedaban atrás.

No os aburráis demasiado sin nosotros —bromeó, intentando aliviar la tensión.

Martín forzó una sonrisa, pero su mente seguía ocupada con los pensamientos de la noche anterior. Catalina, por su parte, mantenía los brazos cruzados, como si el solo hecho de quedarse en la casa fuera un castigo.

Diego suspiró y se encogió de hombros.

Tened cuidado en la feria —dijo simplemente, sin poder disimular su preocupación.

Antonia se acercó a ellos y les dirigió una mirada significativa.

No os acerquéis al pueblo. No sabemos si ese hombre sigue allí, y no quiero que tengamos problemas.

Los tres asintieron en silencio.

El carro crujió cuando Juan instó al burro a avanzar. A medida que se alejaban por el camino polvoriento, Diego, Martín y Catalina se quedaron observando hasta que su silueta se perdió entre los olivos.

El día se presentaba largo y, aunque tenían trabajo en la finca, la sensación de encierro pesaba sobre ellos más de lo que querían admitir.

Recuperado Gonzalo de los efluvios de la noche anterior, los tres amigos pasaron el día entre la casa y en el campo. Catalina, aprovechando la ausencia de Antonia, decidió hacer una limpieza general, quitando el polvo de los muebles, barriendo el suelo y fregando cada rincón con esmero. Mientras tanto, Diego y Martín se dirigieron al olivar para arrancar las malas hierbas que crecían entre los árboles y despejar la tierra alrededor de los troncos.

Al mediodía, Catalina salió en su busca con un hatillo de comida y una bota de vino. Cuando los encontró, los llamó desde la linde del olivar, y ellos dejaron sus herramientas para reunirse con ella bajo la sombra de un viejo olivo.


¡Hora de descansar! —anunció, dejando la comida sobre una manta que extendió en el suelo.

Diego y Martín se sentaron junto a ella, aliviados por la pausa en el trabajo. Repartieron el queso, el tocino y el chorizo, y bebieron un trago de vino antes de que Diego rompiera el silencio con la pregunta que llevaba rondándole desde la noche anterior.

¿Tendremos que irnos de aquí?

Su tono de voz reflejaba su inquietud, y los otros dos no tardaron en mostrar la misma preocupación.

No lo sé —respondió Martín, pensativo—. Esperemos a que mis tíos traigan noticias. Entonces decidiremos.

Catalina bajó la mirada un instante antes de hablar:

Yo me siento muy bien aquí. Por primera vez tengo la sensación de pertenecer a una familia.

Martín le dedicó una sonrisa comprensiva.

La relación con Gonzalo ayuda a ello, ¿verdad?

Catalina negó con la cabeza.

No es solo por eso. Antes de que él y yo… —titubeó un segundo—, ya sentía que esta casa era mi hogar. Antonia me trata como a una hija, y yo la veo como a una madre.

Diego asintió con gesto solemne.

Es cierto. Desde el principio nos han tratado como si fuéramos parte de la familia. Pero yo… —hizo una pausa y miró a sus amigos—. Si no ocurre nada grave, no me quedaré aquí. Sigo queriendo ir a Sevilla y embarcarme hacia las Indias.

Yo también —afirmó Martín—. Hemos empezado este viaje juntos, y así lo terminaremos.

Catalina quedó en silencio, mirando el horizonte con expresión pensativa. Martín la observó con curiosidad.

Tú podrías quedarte si así lo sientes —le dijo con suavidad.

Ella suspiró y, tras unos instantes de reflexión, respondió con sinceridad.

Lo pensaré. Por primera vez tengo un hogar desde que mis padres me dejaron con mis tíos en Fuente el Fresno, y la idea de dejarlo atrás me resulta difícil. No sé qué me espera al otro lado del océano, pero sé que aquí tengo algo seguro. Y también sé que me costaría mucho no teneros cerca. Os quiero como a hermanos.

Las palabras de Catalina quedaron suspendidas en el aire, cargadas de emoción. Durante unos minutos, ninguno de los tres dijo nada más. Simplemente compartieron el momento, sabiendo que, tarde o temprano, el futuro los obligaría a tomar una decisión.

Tras la comida, Catalina volvió a la casa, dejando que sus dos amigos continuaran con la faena. Al llegar, divisó en la lontananza a Gonzalo y Antonia, que regresaban de la feria. Mientras esperaba, les preparó unas palanganas con agua jabonosa para que se asearan, además de algo de comer y beber.

Cuando llegaron, Catalina les ayudó a descargar lo poco que habían traído de vuelta. El día había sido provechoso.

¿Y el tío? —preguntó Catalina.

Se ha quedado en el pueblo —respondió Antonia—. Está cerrando el trato para comprar una vaca y, además, averiguando algo más sobre el capataz.

Catalina se mostró preocupada. Gonzalo, notándolo, le tomó la mano y la llevó a un rincón del patio. Trató de calmarla con palabras suaves, acariciándole el rostro. Ella, buscando consuelo, se abrazó a él.

Desde la puerta de la cocina, Antonia observó la escena y la llamó.

Cuando Catalina entró, su tía le indicó que se sentara frente a ella.

El capataz del cortijo está en el pueblo —dijo Antonia con seriedad—. Pregunta por Martín y por si va acompañado de una muchacha y otro muchacho.

Catalina abrió los ojos con temor.

En el pueblo nadie le da información —continuó Antonia—. A lo sumo, le dicen que pasasteis de largo y que ya no estáis aquí. Os han tomado mucho aprecio. Nos conocen y saben que somos una familia de bien. Si estáis con nosotros, saben que nada malo habéis hecho.

Hizo una pausa antes de añadir con voz grave:

Pero ese hombre es insistente. Ha dicho que robasteis cosas de valor en el cortijo y que por eso huisteis…

¿Pero, tía…? —interrumpió Catalina, indignada.

Antonia no la dejó continuar.

Tranquila, chiquilla. Sabemos que no es así. Y en el pueblo también lo saben. Aquí estáis seguros. Nosotros y el pueblo os protegeremos. La mala fama de don Gil es conocida en toda la comarca. No temas.

Gracias, tía —dijo Catalina con emoción.

Antonia le tomó las manos y la miró con ternura.

Te he tomado como la hija que perdí hace tiempo. Eres una buena muchacha, Catalina. Has superado muchas dificultades en tu vida y ahora mereces vivir con dignidad. La mejor vida posible.

Catalina, con los ojos llenos de lágrimas, se abrazó fuertemente a ella. Antonia la estrechó con cariño y depositó dos besos en sus mejillas.

Tranquila, todo irá bien —susurró.

En ese momento, aparecieron Diego y Martín. Al ver la escena, temieron que hubiera malas noticias. Sin embargo, Antonia y Gonzalo les tranquilizaron y les contaron lo que Antonia había contado a Catalina.

Mientras Martín y Diego se aseaban en el patio trasero, llegó Juan, guiando una vaca lechera y un pequeño ternero que había parido hacía unos días.


Los mugidos de los animales alertaron a todos. Antonia y Catalina salieron de la cocina hacia el patio, donde estaba la cuadra. Martín y Diego, aún mojados, alzaron la cabeza sorprendidos. Gonzalo corrió a ayudar a su padre.

Catalina, sin poder contener la emoción, se abrazó al ternero, sintiendo su calor. La alegría del momento disipó la tensión y la preocupación de antes.

Antonia miró a su marido con curiosidad.

No esperaba el ternero —comentó.

Juan, todavía sujetando a la vaca, sonrió.

Al comprarla y empezar a tirar de ella, comenzó a resistirse y a mugir, igual que el ternero, que hacía lo imposible por acercarse a su madre. No pude resistirme. Conseguí un buen precio por el animalito.

¿Y el vendedor? —preguntó Antonia.

Tuvo buena actitud. Pensaba venderlos por separado para sacar más beneficio, pero al final aceptó el trato.

Antonia asintió con aprobación.

Has hecho bien, Juan. Este ternerito, cuando crezca, nos será muy útil. Tal vez como semental, si es de buena raza y hechuras, o como buey para el trabajo.

Mujer, tú siempre mirando al futuro. Con razón esta casa funciona tan bien —dijo Juan con admiración.

Calla, calla. Aquí todos aportamos nuestro esfuerzo —respondió Antonia con una sonrisa.

Juan negó con la cabeza, con gesto convencido.

Antonia, sin ti esto sería otra cosa. Yo soy un desastre para la administración. Tienes la cabeza muy bien amueblada.

Antonia mirando a Juan con picardía, preguntó:

¿Sólo la cabeza?

Unas sonoras carcajadas estallaron en el patio. Juan, atrapado por el doble sentido de la pregunta, se quedó sin saber qué responder. Finalmente, se acercó a su mujer y, en un susurro, le dijo al oído:

Ya te lo diré esta noche en la habitación.

Antonia le respondió con una sonrisa traviesa… y una sonora palmada en las nalgas. Las risas volvieron a llenar el patio.

Tras aposentar a los animales en la cuadra y asearse, Juan se sentó en una silla de madera en el patio, su rostro marcado por la preocupación. Miró a su alrededor, a la familia reunida, y suspiró antes de hablar, como si el peso de las palabras estuviera por encima de sus hombros.

Lo último que he averiguado sobre el capataz del cortijo no es nada bueno —comenzó, mirando a Catalina, Diego y Martín con seriedad—. Don Gil llegará mañana, con algunos hombres del cortijo, para hacer averiguaciones. No me gusta nada lo que está planeando.

El aire en el patio se volvió tenso. Catalina, sentada en la esquina, se tapó la cara con las manos y comenzó a sollozar, sus hombros temblando levemente con cada sollozo. Diego y Martín intercambiaron una mirada, los ojos llenos de preocupación. Se acercaron a Juan con pasos lentos, como si el peso de la decisión ya estuviera sobre ellos.

Juan, no podemos permitir que esto afecte más a la familia. No quiero que esto acabe mal. Esta misma noche nos iremos, no podemos seguir aquí —dijo Diego, con la voz quebrada por la incertidumbre.

Sí —añadió Martín, en tono sombrío—. No queremos ser la causa de más problemas.

Antonia, que hasta ese momento había permanecido en silencio, se levantó de un salto, sus ojos brillando con una determinación inquebrantable. Cruzó los brazos sobre el pecho y se plantó frente a los dos jóvenes.

De ninguna manera. No vais a huir, ni vamos a dejar que ese capataz haga lo que le plazca —dijo con firmeza. Su voz tenía el poder de una mujer que sabe que la lucha está a punto de estallar, pero que no va a ceder.

Juan, con una mirada tranquilizadora, hizo un gesto con la mano, como si estuviera apagando una preocupación innecesaria. Se acercó a ellos y les puso una mano en el hombro.

He hablado con amigos y otras gentes del pueblo. Todos están dispuestos a defenderos. No hay duda de que las acusaciones de don Gil son mentiras. No es la primera vez que él y su secuaz, el hombre que siempre tiene a su lado, traman algo así. Ellos siempre intentan vengarse por cualquier contrariedad, por cualquier tropiezo, como si tuviéramos miedo de enfrentarnos a ellos —dijo con tono firme, dejando claro que su decisión estaba tomada—. El pueblo está con nosotros. Si es necesario, lucharemos. Y no vamos a permitir que nos hagan una injusticia.

La mirada de Catalina, aún empapada en lágrimas, empezó a suavizarse. Sus sollozos cesaron poco a poco, aunque seguía mirando a Juan con la esperanza de que todo aquello no trajera más sufrimiento. Diego y Martín no dijeron nada, pero sus rostros se aliviaron al escuchar las palabras de Juan. Parecía que el miedo que los había asfixiado por un momento se desvanecía, aunque no sin dejar huella.

Antonia, con una sonrisa que iluminó su rostro, tomó la palabra nuevamente, su voz llena de decisión:

En esta casa se hace lo que diga Juan, que es el que tiene la razón. Y no hay más que discutir. ¡Punto!

Juan la miró y no pudo evitar soltar una ligera risa. Tras mirar a su mujer con cariño y complicidad, se giró hacia los demás:

Así es, pero siempre que ella me lo haya indicado primero —bromeó, dejando escapar una carcajada que resonó entre las paredes de la casa.

Las risas comenzaron a correr entre los presentes, disipando la tensión que se había apoderado del ambiente. Poco a poco, la calma fue regresando al patio, y la familia, aunque aún con la preocupación latente, se dispuso a cenar juntos. Era una cena sencilla, pero en ese momento, más que nunca, el calor de la unidad familiar parecía ser lo único que realmente importaba.

Tras la cena, la noche fresca y tranquila envolvía la casa. Antonia, tomando de la mano a Catalina, con paso lento y sereno, la llevó al patio de la entrada. El ulular de un búho llenaba el aire, y una suave brisa movía las hojas de la parra que se extendía sobre ellas, creando un refugio natural que les daba privacidad. Antonia se sentó en el banco de madera, mientras Catalina se acomodaba a su lado, abrazándose a sí misma como si necesitara el consuelo de la quietud de la noche.


Antonia, mirando a Catalina con una mirada cálida y sincera, fue la primera en romper el silencio. Su voz era suave, pero llena de una autoridad tranquila que solo una madre podía tener.

Catalina, si decides quedarte en la casa, sabes que cuentas con nuestra bendición, la mía y la de Juan —le dijo, las palabras saliendo de su corazón con una naturalidad que no dejaba lugar a dudas. Miró a Catalina de arriba a abajo, como si viera en ella algo más que una joven recién llegada—. En cuanto a tu relación con Gonzalo, sé que es algo discreto, pero si de verdad lo quieres, no tenemos nada que objetar. Mi intuición me dice que eres una mujer hecha y derecha, con buenos sentimientos. Y lo que más me tranquiliza es que él está profundamente enamorado de ti. Lo hemos criado con amor y con principios sólidos, y te aseguro que él será un buen hombre para ti.

Catalina se quedó callada por un momento, mirando el suelo con un aire pensativo. Luego, alzó la vista y respondió, su voz suave pero decidida, como si estuviera compartiendo una parte profunda de sí misma.

Me siento muy bien aquí, en esta casa. Con ustedes —dijo, con una sinceridad que reflejaba su agradecimiento—. Los he tomado como mi propia familia. Cada día que paso con ustedes me siento más unida a Gonzalo. He notado todo lo que me has dicho, todo lo que Gonzalo también me ha mostrado. No hay duda de que mi corazón está con él... pero temo que las cosas no puedan desarrollarse como quiero, con lo que está pasando con el capataz y con don Gil. No quiero poner en peligro a la familia. No quiero que nadie sufra por mi causa.

Antonia la miró con cariño, pero también con una firmeza que solo una madre protectora puede tener. Puso una mano sobre el brazo de Catalina, dándole un toque de consuelo y, al mismo tiempo, transmitiéndole confianza.

No tienes que preocuparte por eso —insistió Antonia, con una sonrisa cálida que parecía disipar las sombras de duda que rondaban la mente de Catalina—. Nosotros, y el pueblo entero, sabremos cómo actuar. Hemos enfrentado momentos difíciles antes y siempre hemos salido adelante, juntos. La familia, y los amigos que te rodean, te respaldarán en todo momento. No estás sola, Catalina.

Catalina la miró con ojos brillantes, su pecho sintiendo un alivio inexplicable al escuchar esas palabras. La seguridad de Antonia le devolvía la calma, y poco a poco, sus miedos empezaron a desvanecerse. Sabía que lo que más importaba ahora era su relación con Gonzalo, y el respaldo de la familia que tanto había llegado a querer.

Gracias, Antonia —respondió Catalina, la voz suave pero llena de gratitud—. Me siento afortunada de estar aquí. De estar con ustedes. Y, si me permites, quiero que me ayudéis a ser parte de esta familia, sin que nada ni nadie nos separe.

Antonia le dio una leve palmadita en la mano y, con una sonrisa cómplice, le dijo:

Eso es lo que más quiero, Catalina. Ya eres parte de esta familia. Y no habrá nada que nos detenga, ni siquiera el capataz ni las amenazas de don Gil. Somos fuertes, y juntos, lo seremos aún más.

Las dos mujeres permanecieron en silencio durante un rato, contemplando la noche que se desplegaba ante ellas, mientras una ligera brisa continuaba moviendo las hojas de la parra. La calma regresaba, unida a la esperanza de que, a pesar de los tiempos difíciles que se avecinaban, la unidad y el amor que compartían como familia les permitirían superar cualquier obstáculo que se les presentara.

El búho ululó de nuevo, su canto resonando en la quietud de la noche, como si la obscuridad misma lo estuviera absorbiendo. Desde la rama de un naranjo cercano, el ave nocturna despegó con un batir suave de alas pasando justo por encima de ellas. El vuelo del ave llenó el aire con una sensación extraña, como si anunciara algo que aún no podía comprenderse del todo.

Catalina, al escuchar el canto y ver el vuelo del ave se tensó levemente. Su rostro se frunció en una expresión de inquietud, y sus manos, que hasta entonces se habían estado abrazando a sí mismas por el frío de la noche, ahora se apretaron con nerviosismo.

¡Tía! —exclamó Catalina, mirando al cielo, como si tratara de comprender el significado de aquel sonido. Su voz llevaba consigo una mezcla de temor y superstición—. El canto del búho es de mal agüero. Puede ser un anuncio de males por venir. No puedo evitarlo, siempre he oído que trae malas noticias...

Antonia, al escuchar las palabras de la muchacha, se giró hacia ella con una sonrisa tranquila, como si aquello no fuera más que una pequeña preocupación sin importancia. Su mirada era serena, llena de experiencia y sabiduría. La había visto muchas veces enfrentarse a los miedos y las supersticiones, y sabía cómo calmarla.

Tranquila, hija —dijo Antonia, su tono suave pero firme, como si estuviera apaciguando una tormenta dentro de su sobrina—. Esas son supercherías sin sentido alguno. No hay nada de malo en un búho. De hecho, el búho es, también, símbolo de sabiduría e inteligencia. Quédate con esto, con lo que representa. Ha venido a decirnos que estamos en el camino correcto, que lo que estamos haciendo tiene sentido.

Catalina la miró, con los ojos brillando de duda al principio, pero poco a poco, la seguridad en las palabras de Antonia comenzó a calmar su agitación. La expresión en su rostro cambió, y el miedo que antes la había invadido comenzó a desvanecerse, reemplazado por una sensación de consuelo. En ese momento, Catalina entendió que, más allá de las supersticiones, lo que realmente importaba era la confianza que tenía en las decisiones que había tomado y en la familia que la respaldaba.

Antonia, viendo el cambio en su Catalina, la abrazó con ternura. Catalina se dejó envolver por ese abrazo cálido, ese gesto que, más que palabras, le otorgaba la certeza de que todo iba a estar bien. Ambas se quedaron allí, bajo la parra, con la suave brisa acariciando sus rostros y el eco del búho aún resonando en la distancia, aunque ahora el canto ya no les parecía ominoso, sino como una simple parte del misterio de la noche. Sonrieron, sabiendo que juntas, como familia, enfrentarían lo que fuera que la vida les tuviera preparado.

Estamos en el camino correcto, madre —dijo Catalina, alzando la mirada hacia el cielo estrellado, mientras se separaba lentamente del abrazo.

Así es, hija —respondió Antonia, con una sonrisa de satisfacción—. Y juntos, no hay nada que no podamos superar. Si estás decidida a quedarte con nosotros, llámame mamá.

Catalina se quedó inmóvil por un instante, las palabras de Antonia calando profundamente en su corazón. Un nudo se formó en su garganta, y por un momento, todo lo que podía hacer era respirar con dificultad, como si el peso de esas palabras estuviera abriendo algo dentro de ella. Era como si, de repente, todas sus dudas y temores se desvanecieran, reemplazados por una oleada de emoción que la sobrepasaba.

Sin poder decir nada, Catalina se dejó llevar por sus sentimientos y, con una rapidez casi instintiva, se lanzó a abrazar a Antonia con una fuerza que sorprendió a Antonia. Sus brazos rodearon a la mujer con una ternura infinita, como si, en ese mismo instante, todo el peso de los días pasados se deshiciera y, por fin, pudiera encontrar la paz. Antonia, sintiendo la fragilidad y la necesidad de su ya hija, la acogió con el mayor de los cuidados, acariciando su cabello con suavidad, como quien cuida a una niña asustada.

No dijeron nada más durante un largo rato. La calidez del abrazo era suficiente para transmitir todo lo que no podía expresarse con palabras. Catalina se dejó llevar por la calma que Antonia le ofrecía, sintiendo en su pecho un suspiro profundo, como si por fin se hubiese encontrado un lugar seguro al que pertenecer. Y así, entre lágrimas silenciosas y sonrisas apenas esbozadas, ambas mujeres se quedaron en el abrazo, sabiendo que nada podría separarlas ahora.

Finalmente, Catalina levantó la cabeza, sus ojos brillando con una mezcla de gratitud y emoción contenida. Miró a Antonia con una sonrisa tímida, pero llena de fuerza.

Gracias... madre —susurró, con voz temblorosa, pero llena de un amor que, de alguna manera, había estado allí desde el principio, esperando a ser reconocido— ¿Puedo llamarte madre?.

Antonia, con un gesto afirmativo, le sonrió, sin palabras, solo con la mirada llena de comprensión y amor. Ambas sabían que, a partir de ese momento, nada sería igual. Ahora, más que nunca, la familia que habían creado juntas sería su refugio y su fuerza. Y con esa certeza, la noche continuó su curso, silenciosa y profunda, mientras el cielo estrellado sobre ellas las cubría como una promesa de futuro.

Los cuatro hombres, al escuchar el bullicio en el patio, se asomaron con curiosidad, observando la escena que se desarrollaba ante ellos. Al principio, sus ojos se encontraron en una mezcla de desconcierto, como si no pudieran comprender del todo la intensidad del momento. La imagen de Catalina abrazada a Antonia, ambas envueltas en una emoción tan palpable, les resultaba inusitada, algo que no esperaban presenciar esa noche.

Gonzalo y Martín, siempre atentos a la situación, fueron los primeros en mover ficha. Tomaron cuatro sillas de la cocina y, con una sonrisa cómplice, las sacaron para sentarse junto a las mujeres. El gesto fue sencillo, pero reflejaba el deseo de compartir ese momento tan especial. La tensión en el aire empezó a disiparse, aunque la confusión inicial seguía flotando en el ambiente.

Juan, en su característico tono directo, rompió el silencio con una pregunta que reflejaba la incertidumbre que sentía.

¿Sucede algo grave? —preguntó, frunciendo el ceño, mirando de reojo a su esposa y a Catalina.

Antonia, sin perder la compostura y con una serenidad que desarmó cualquier posible preocupación, le respondió con una sonrisa radiante.

Todo lo contrario —dijo con calma, mientras miraba a Catalina con ternura—. Ha ocurrido lo mejor que podía suceder. Catalina ha decidido quedarse con nosotros, y... —hizo una pausa antes de agregar—, y ahora, ella es una hija más.

Los ojos de los hombres brillaron con sorpresa, y la sala estalló en expresiones de alegría. La noticia, aunque inesperada, trajo consigo una oleada de felicidad que invadió el corazón de cada uno de los presentes.

Gonzalo, incapaz de contener sus emociones, dejó que unas lágrimas furtivas se deslizasen por su rostro. La emoción era tan fuerte que, por un momento, no encontró las palabras necesarias. Solo podía mirar a Catalina, como si ella fuera la razón de su felicidad renovada, la persona con la que, por fin, se sentía en paz.

Antonia, notando la emoción de su hijo, le sonrió con una comprensión absoluta. Con una mirada plena de cariño, le dijo:

No dudes ni un momento, hijo... ve y abraza a Catalina. No dejes que esta oportunidad se escape. Ella te ha dado su corazón, y tú debes darle el tuyo.

Gonzalo, con el rostro empapado en lágrimas, se levantó con paso lento, pero decidido. Cada movimiento reflejaba la magnitud de lo que estaba a punto de hacer, de cómo su vida tomaba un giro que nunca había imaginado. Se acercó a Catalina, quien aún se mantenía en los brazos de Antonia, y sin decir una palabra, la abrazó con fuerza. Catalina, con los ojos también brillando, correspondió al abrazo, y en ese instante, supieron que, más allá de las dificultades, sus destinos se entrelazaban irremediablemente.

Diego y Martín, aún sorprendidos por el giro inesperado de los acontecimientos, no pudieron evitar unirse a la alegría del momento. Sonrieron y se dieron un apretón de manos, felices por la familia que se había formado ante sus ojos, unida no solo por la sangre, sino también por el amor y la confianza. La alegría por el bienestar de su amiga, era sincera. No podían esperar nada mejor. Aunque supusiera la separación del grupo.

Juan, que había permanecido en silencio, observando la escena con una ligera sonrisa en su rostro, se levantó de su silla con decisión. Caminó hacia la cocina sin decir una palabra, pero sus pasos eran firmes y seguros. Tras unos instantes, volvió con un jarro de licor de cerezas en la mano y seis vasos de cristal que guardaban para ocasiones especiales. Los vasos brillaban bajo la luz cálida del patio, como si también quisieran participar de esa celebración.

Con gesto solemne, Juan llenó cada vaso con el licor, dejando que el dulce aroma invadiera el aire. Alzó su copa, mirando a los presentes, y alzando la voz con fuerza, pronunció un brindis:

Por la familia, por la unidad, y por el amor que siempre nos mantendrá juntos, hoy y siempre. Hija, eres muy bienvenida a esta familia de modo definitivo.

Cada uno levantó su vaso, y el sonido de los cristales chocando llenó el aire como música celestial. La risa se mezcló con las palabras, la emoción se convirtió en alegría compartida, y en ese momento, todo parecía posible. Lo que había comenzado como una noche llena de incertidumbre, ahora era una celebración de la vida y de los lazos que se habían formado, más allá de las pruebas que pudieran venir.

Con el licor en sus manos, y las sonrisas iluminando sus rostros, todos se sintieron más fuertes, más unidos. El futuro parecía, por fin, despejarse, y lo único que quedaba por hacer era vivirlo, uno al lado del otro.

Juan, con el rostro sereno y una expresión llena de respeto hacia los jóvenes, tomó la palabra nuevamente. Miró a Martín y a Diego, que estaban sentados junto a ellos, y les dijo con una voz cálida pero firme:

Si vosotros lo deseáis, también podéis quedaros en la casa. Ya, de hecho, sois parte de la familia. Aquí siempre tendréis un hogar.

Martín y Diego se miraron con complicidad, un gesto que no necesitaba palabras, porque ambos sabían lo que el otro pensaba. Habían compartido tantas vivencias, tantas batallas juntos, que sus silencios se entendían perfectamente.

Martín fue el primero en hablar, y su voz vibraba con sinceridad y afecto:

Gracias, tío. Estamos muy contentos por la familia, y en particular, por Catalina. Ha sido nuestra niña desde que la conocimos. Nos hemos desvivido por ella. Hemos afrontado juntos aventuras y penalidades para protegerla. Por sacarla de una vida que no merecía. Ahora, aunque nos separemos, sabemos que se queda con la mejor familia que se pueda encontrar. Y eso nos da paz.

Las palabras de Martín calaron hondo en todos los presentes. Catalina, que aún permanecía en el abrazo de Gonzalo, sintió un nudo en la garganta. Sabía lo mucho que esos jóvenes habían hecho por ella, lo lejos que habían llegado para asegurar su bienestar. La gratitud que sentía hacia ellos era inmensa.

Diego, con su tono más pausado pero igualmente decidido, añadió:

Así es. Pero nosotros somos jóvenes, y queremos recorrer mundo. Nuestro destino está en otro lugar. Pero siempre os llevaremos en el recuerdo. Pero si os parece bien, no nos iremos hasta que todo lo que pueda ocurrir con don Gil y sus secuaces quede solucionado. No queremos dejaros solos ante esto. La ambición de ese hombre es Catalina, y no estaremos tranquilos hasta que esté resuelto.

Juan asintió con la cabeza, reconociendo el coraje y la lealtad de los jóvenes. Les miró con una mezcla de orgullo y admiración. Eran hombres de verdad, no solo los muchachos a los que apenas les estaba empezando a crecer la barba. Habían demostrado en todo momento ser capaces de tomar decisiones difíciles y de actuar con madurez.

Alabo vuestra actitud, muchachos —dijo Juan, levantando la voz para que todos lo escucharan—. No sois solo unos muchachos, sois ya hombres de honor. No importa lo que el futuro nos depare, lo que ha quedado claro esta noche es que somos una familia, y juntos, vamos a salir adelante. Catalina está en buenas manos, no solo de su ya madre, de Gonzalo y de mí, sino también en la de vosotros. Le habéis demostrado una amistad y una lealtad inquebrantable. Sois todo un ejemplo.

Juan tomó el jarro con licor de cerezas una vez más, llenando las copas con la misma mano firme que había demostrado en todas las decisiones que había tomado. Las copas brillaban bajo la luz de la Luna, como si quisieran hacerle un guiño a la nueva etapa que se abría ante ellos.

Ahora fue Diego quien, con una sonrisa serena, levantó su copa y propuso un brindis.

Por ti, Catalina y tu felicidad —dijo, con la voz firme y llena de sentimiento—. Que tu vida esté llena de amor, de paz, y que siempre estés rodeada de quienes te quieren... Gonzalo, ámala como se merece. De lo contrario vendremos a darte tu merecido...

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