Los días pasaban rápido, marcados por las tareas diarias: trabajo en la casa, faenas en la cuadra, cuidado de los animales, labores en la huerta y en el olivar. Algunos días acudían al mercado del pueblo para vender lo que habían cultivado o criado. Aquellas jornadas, aunque exigentes, les brindaban un respiro de la rutina del campo. El trabajo, a pesar de ser arduo, les mantenía ocupados, y eso les proporcionaba cierta paz.
Esa noche, tras una cena sencilla, Martín y Diego decidieron ir a la taberna. Juan, alegando cansancio, prefirió quedarse en casa con su mujer. Catalina miró a Gonzalo de tal modo que este comprendió que tenía que rechazar la invitación de sus amigos.
—¿Vamos a la taberna, entonces? —preguntó Diego con una sonrisa pícara, levantándose de la mesa.
—Claro, ¿por qué no? —respondió Martín, encogiéndose de hombros. Luego, inclinándose hacia su amigo, le susurró—: Y después, si te atreves, podríamos ir a la mancebía.
Los ojos de Diego brillaron con entusiasmo.
—¡Eso es! Ya sabes que no hay nada como una buena diversión, ¿no?
La taberna estaba llena de vida. Risas, gritos y el sonido de las jarras chocando llenaban el ambiente. Después de compartir algunas rondas de vino con otros parroquianos, se encaminaron a la mancebía.
El lugar tenía el aire denso del humo y las promesas susurradas. Se sentaron en una mesa apartada y, en cuestión de minutos, dos mujeres se les acercaron. Sus miradas prometían lo que la casa ofrecía sin tapujos. Martín se dejó llevar sin pensarlo demasiado, dispuesto a disfrutar la noche. Diego no tardó en seguir su ejemplo.
Un rato después, Martín subió las escaleras acompañado de una de las mujeres, mientras Diego hacía lo propio con la otra. El tiempo pasó sin que se dieran cuenta.
Cuando Martín salió de la habitación horas después, descendió las escaleras con paso relajado hasta que, de repente, tropezó con una pareja que subía. Al alzar la vista, su rostro se congeló.
Reconoció al instante al capataz del cortijo de Baños de la Encina. Un hombre que, si bien nunca le había parecido cercano, sí conocía lo suficiente como para que aquel encuentro le incomodara.
El capataz también pareció desconcertado. Le miró fijamente durante un largo segundo antes de aferrarle con firmeza el brazo.
—¿Te conozco? —Preguntó con voz grave, alzando una ceja.
Martín sintió cómo su pulso se aceleraba.
—Perdón, no quería… —balbuceó, bajando la mirada. Trató de zafarse con discreción, pero el agarre era fuerte—. Lo siento, no era mi intención.
El capataz le sostuvo la mirada por un instante que pareció eterno, antes de soltarle sin decir nada más. Sin embargo, la expresión de su rostro dejó claro que la incomodidad era mutua.
Martín descendió el resto de los escalones con rapidez y se dejó caer en una mesa apartada, intentando recuperar la calma. Miró a su alrededor, inquieto. Se preguntó si aquel encuentro tendría alguna consecuencia. ¿Le habría reconocido del todo? ¿O solo le había parecido familiar?
Se pasó una mano por el rostro, tratando de despejar su mente. Ahora solo quedaba esperar a Diego y largarse de allí cuanto antes.
Cuando Diego regresó, Martín, aún nervioso, le explicó lo sucedido sin ocultar el desasosiego que le provocaba haber cruzado al capataz en aquel lugar.
—¿Te das cuenta de lo que esto puede significar? —Susurró Martín, inclinándose hacia su amigo—. Ese hombre... Reconocí al capataz del cortijo de Baños de la Encina. Si llega a contarlo, estamos perdidos.
Diego, comprendiendo la gravedad del asunto, asintió preocupado.
—¿Estás seguro de que era él? —Preguntó, buscando certeza en los ojos de Martín.
—Sin duda. No me equivoco —respondió, apretando los dientes—. Tenemos que irnos. Ya.
No perdieron más tiempo. Se levantaron con discreción y abandonaron el prostíbulo, dejando atrás la sensación incómoda que les oprimía el pecho.
A medida que avanzaban por las calles obscuras del pueblo, el silencio entre ellos pesaba más que las palabras. Solo cuando estuvieron alejados del bullicio, Martín rompió el mutismo:
—Tal vez tengamos que huir —dijo en voz baja, pero con firmeza—. No sé si podemos quedarnos aquí mucho más tiempo.
Diego exhaló despacio, intentando calmarlo:
—No lo sé… Pero quizá estemos exagerando. A lo mejor no pasa nada —respondió, aunque la preocupación también se reflejaba en su rostro.
Cuando llegaron a la casa, el amanecer despuntaba sobre el horizonte. El aire fresco de la mañana les recibió con un silencio que contrastaba con el torbellino de pensamientos en sus mentes.
Más tarde, mientras trabajaban en el campo, Martín y Diego decidieron contarle todo a Juan. El hombre escuchó en silencio, sin interrumpirlos. Su expresión, aunque contenida, reflejaba una clara preocupación:
—Juan…
—dijo Martín con cautela—. Anoche… nos encontramos con
alguien.
Juan dejó de trabajar y los miró fijamente.
—¿Con quién?
—Con
el capataz de Baños de la Encina —respondió Martín, casi en un
susurro.
El gesto de Juan se endureció; frunció el ceño y
permaneció pensativo durante unos instantes antes de hablar.
—Vamos a esperar a la cena —dijo finalmente—. Lo hablaremos todos juntos. Este asunto no puede quedarse sin solución.
El día continuó con su ritmo habitual, pero la inquietud ya estaba en el aire. Nadie sabía qué depararía la noche, pero todos intuían que, cuando llegara, habría mucho más en juego de lo que imaginaban.
Al atardecer, con la faena terminada por aquel día, los cuatro hombres se encaminaron hacia la casa. El sol se ocultaba tras los olivos, tiñendo el horizonte de tonos anaranjados y purpúreos. Sus pasos eran lentos, pesados, como si el cansancio del trabajo se mezclara con la inquietud que les rondaba desde la noche anterior.
Antonia y Catalina, que habían pasado la jornada atendiendo a los animales y seleccionando los que llevarían a la feria de ganado dentro de dos días, los esperaban en el patio. Junto a ellas, sobre unos bancos de madera, había cuatro aljofainas con agua jabonosa.
—Antes de entrar, aseaos —indicó Antonia con su tono habitual, firme pero acogedor.
Los hombres obedecieron sin quejarse. Se lavaron las manos, los brazos y el rostro, frotándose con fuerza como si el agua pudiera limpiar también la preocupación que les rondaba la cabeza.
La cena, en cambio, fue diferente a otras noches. No hubo bromas ni conversaciones animadas. Los cubiertos chocaban contra los platos y el crepitar del fuego en la chimenea era lo único que rompía el silencio.
Antonia, que no era mujer de dejar pasar las cosas, se cruzó de brazos y miró a su marido:
—¿Qué ocurre? —preguntó, severa y con el ceño fruncido—. No habéis dicho ni una palabra en toda la cena. No es normal en vosotros.
Juan posó la cuchara de madera sobre el plato y dejó escapar un hondo suspiro. Guardó silencio un instante y, alzando la vista, clavó sus ojos en los de su mujer. Entonces le refirió lo que Diego y Martín le habían confiado horas atrás. Catalina, que en aquel momento apuraba un sorbo de agua, se estremeció levemente y, con premura, depositó el vaso sobre la mesa:
«El cortijo de Baños de la Encina.» —Pensó. No esperaba escuchar ese nombre de nuevo. Durante su estancia en la casa de Antonia y Juan había intentado olvidar aquella etapa de su vida. El recuerdo del dueño del cortijo, de sus palabras, de sus manos… Todo aquello que había intentado enterrar en su memoria volvió con una intensidad inesperada.
Antonia, que no perdió detalle del gesto de la joven, desvió la mirada hacia su marido.
—¿Estáis seguro de que os reconoció? —Preguntó en voz baja.
Juan asintió con seriedad.
—Martín dice que lo vio dudar, pero no sabemos si les pondrá en evidencia.
Antonia reflexionó unos segundos antes de hablar:
—Entonces, durante unos días, ninguno de los tres irá al pueblo -decidió con firmeza-. La feria de ganado se celebra pronto. Es probable que el capataz esté por allí y que Don Gil aparezca también. Lo mejor será dejar que pase el tiempo y ver cómo se desarrollan los acontecimientos.
Los tres jóvenes intercambiaron miradas. No era lo que querían, pero sabían que Antonia tenía razón.
El ambiente en la mesa seguía cargado de incertidumbre. Catalina bajó la vista a su plato, sintiendo el peso de los recuerdos. No quería volver a pensar en aquel lugar ni en aquel hombre, pero ahora la sombra del pasado se cernía de nuevo sobre ellos.
Fuera, el viento nocturno movía las ramas de los árboles. En la casa, el silencio solo confirmaba lo que todos sentían: aquella noche, más que ninguna otra, el pasado parecía estar llamando a su puerta...
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