El retorno de la torre
Habían pasado diez años desde aquella excursión escolar. Dana ya tenía diecisiete, y los gemelos Maikel y Mikel, quince. Aunque la infancia quedaba atrás, ninguno de los tres había olvidado lo vivido en la torre nazarí. La princesa guerrera, los dos hombres —el calvo de estrellas y el de la túnica verde—, los guardianes y aquel capitán con armadura de cuero y cota de malla metálica, Sayf ibn Malik, seguían apareciendo en sus sueños, como ecos persistentes de un mundo que se resistía a desaparecer.
Esa noche, sin embargo, algo cambió.
Dana soñó que caminaba sola por la torre, como si el tiempo se hubiese detenido. El aire olía a aceite de lámparas y a piedra húmeda. Las antorchas se encendían solas a su paso. En lo alto de una escalinata, la princesa guerrera la esperaba, impaciente:
—Has crecido, Dana —dijo la princesa—. Y lo mismo tus hermanos. Pero el tiempo se agota. La torre necesita a sus guardianes. Como guardiana de la historia de la torre, tienes que ir a buscarles.
—¿Qué ha pasado? ¿A quiénes tengo que buscar? —preguntó Dana, confundida.
—A los guardianes y al capitán Malik. Se fueron hace un año en busca de Aisha y aún no han vuelto.
La princesa extendió la mano. Sobre su palma flotaba una pequeña figura tallada en madera, que parecía un amuleto. Tenía forma de media luna con inscripciones en árabe. Cuando Dana fue a tocarla, todo tembló. La torre entera crujió, como si al fin despertara de un letargo de siglos.
—Despierta, Dana —dijo Alber, su padre, con voz suave—. Tienes que ir al instituto.
Dana despertó sobresaltada. Eran las siete de la mañana. No tardó en despertar a sus hermanos:
—Soñé con ella. Tenemos que volver a la torre.
Maikel
respondió de inmediato con un simple:
—Iremos.
Mikel
afirmó:
—Iremos todo el grupo.
Esa misma tarde, ya sábado, Dana, Maikel y Mikel se reunieron con cinco mejores amigos en el pequeño parque de la lado de su casa, desde donde se divisaba la torre: Silvia, apasionada por la historia; Isaac, amante de la ciencia; Lucía, que tocaba el laúd y creía en las energías antiguas, Karima, serena y observadora con un amplio sentido de la justicia, y Óscar, el escéptico del grupo, siempre dispuesto a desmontar cualquier misterio.
Mientras hablaban, alguien se acercó por el camino: era Lola, la guía. A sus treinta y seis años, seguía con el mismo porte y mirada chispeante.
—Sabía que vosotros también acudiríais a la llamada, pequeños —dijo pícaramente, mirando de reojo a Maikel antes de que pudieran saludarla—. No sabéis las cosas extrañas que han pasado últimamente. La torre… late.
—¿Qué llamada? ¿Qué eso de que la torre late? —preguntó Óscar, con una ceja en alto.
—Sí —respondió Lola—. Como si tuviera corazón. Como si estuviera viva. Y alguien ha abierto una puerta que no debía tocarse.
—Entonces, si esa torre, o lo que sea, necesita ayuda, que llame a Iker Jiménez —dijo riendo Óscar.
Lola sacó una llave oxidada con forma de luna creciente de su mochila. La misma del sueño de Dana.
—Esto apareció en mi escritorio hace dos noches. Sin nota. Sin explicación. Solo tres palabras escritas en una tira de pergamino: «¡Despertad. Os necesito!»
Los siete se miraron. Sin decir más, empezaron a caminar hacia la torre.
Esa misma noche, en la casa familiar, cuando los tres hermanos regresaron, Juana observaba desde la cocina cómo Dana, Maikel y Mikel preparaban mochilas, linternas, cuadernos y viejos amuletos de madera que aún conservaban desde su infancia. Su instinto de madre se activó.
—¿Otra vez la torre? —preguntó, sin esperar respuesta.
—Tenemos que ir, mami —dijo Dana, sin dejar de ordenar su mochila—. Ha pasado algo. Lo notamos.
Alber, que estaba en el salón hojeando un libro de historia local, levantó la mirada con calma.
—¿Han vuelto los sueños?
Mikel se detuvo en seco.
—¿Cómo sabes que…?
Juana y Alber intercambiaron una mirada. Luego, Juana se sentó a la mesa y suspiró profundamente.
—Hace dos días, desvelados, vuestro padre y yo subimos a la azotea a tomar el fresco. Al cabo de unos minutos, vimos algo extraño: las luces de los focos que iluminan la torre comenzaron a parpadear de forma intermitente, pero precisa y constante. Con una secuencia extraña. Vuestro padre las identificó como una clave en morse: tres destellos cortos, tres largos y otra vez tres cortos.
—Pensamos —intervino Alber— que era una casualidad, pero con lo que nos estáis contando...
Dana asintió, sabiendo que los sueños no eran solo suyos.
Entonces, el viento cambió. Un extraño zumbido, como un eco de otro tiempo, entró en el salón.
A la tarde del siguiente día, todos se reunieron en la casa familiar. Desde allí se veía la torre: los tres hermanos, sus cinco amigos, Lola, Juana y Alber, y Melany, que había llegado con sus dos pequeños gemelos dormidos en el coche, los abrazó fuerte antes de dejarles marchar.
—Si veis a la princesa guerrera —dijo en broma, conteniendo la risa—, decidle que sus nuevos guardianes están creciendo bien.
Juntos, los componentes del grupo emprendieron el camino hasta la torre. Tras casi media hora de ascenso, llegaron junto a la verja del recinto. Entonces, el viento se hizo presente con un zumbido. El eco de otro tiempo, que emergió otra vez desde la base de la torre. La piedra, viva, parecía respirar. Y la puerta se abrió de nuevo, sola, antes de que Lola lo hiciera con la llave. Lo hizo con un crujido que estremeció a todos.
—La torre nos ha abierto su corazón —dijo Lola. Pero esta vez… no será solo un sueño.
La puerta metálica de la torre se cerró tras ellos con un golpe seco. Durante unos segundos, el silencio fue absoluto. Las linternas temblaban en las manos de los chicos, mientras los adultos contenían la respiración. Un olor antiguo, mezcla de madera quemada, piedra húmeda y almizcle, impregnaba el ambiente.
Dana avanzó unos pasos. Recordaba el sueño con una nitidez asombrosa. El pasillo que ahora cruzaban era el mismo de hacía diez años. Las luces eléctricas, que se habían transformado en antorchas, no estaban encendidas… pero entonces, sin que nadie las tocara, una a una comenzaron a prenderse, como si una voluntad invisible marcara el camino.
—Esto… no es normal —dijo Óscar, ya sin rastro de su ironía habitual—. No puede estar ocurriendo.
—No, no lo es —respondió Lola, con voz queda—. Pero no estamos solos.
Al fondo del pasillo, donde la piedra se curvaba hacia una sala octogonal, tres figuras comenzaron a materializarse entre luces danzantes y sombras ondulantes. Primero fue un destello púrpura, luego uno dorado, y después, un resplandor esmeralda. Como surgidos del mismo corazón del tiempo, aparecieron ellos: la princesa guerrera, imponente con su coraza bruñida; el hombre calvo de las estrellas, envuelto en su túnica tachonada de constelaciones; y el hombre de la túnica verde, con su báculo curvo y mirada de bosque antiguo.
Los presentes dieron un paso atrás, menos Dana, que sintió un impulso desconocido que la obligó a avanzar. Maikel y Mikel la siguieron sin dudar. Juana y Alber se cogieron de la mano, tan asombrados como sus hijos.
—Por fin habéis venido —dijo la princesa—. Y no solo vosotros… también vuestros lazos. Es importante.
—Nos estáis viendo como somos, por primera vez —añadió el hombre calvo de las estrellas, dirigiéndose a los adultos—, porque ya no basta con soñar.
—Hace un año —continuó el de la túnica verde—, los guardianes y Sayf ibn Malik emprendieron un viaje en busca de Aisha, el ansiado amor de Malik en Granada. Desde entonces… nada. Se perdieron sus señales, sus huellas en la historia, sus vínculos con la torre.
—¿Aisha? —preguntó Karima, fascinada.
—Sí —dijo la princesa—, Aisha era la esposa del sultán nazarí de Granada Abü ul-Hasasan —Muley Hacén—. No era feliz a su lado. Encontró amor y apoyo en el capitán de la guardia, Sayf ibn Malik. Vivieron su amor de un modo oculto, pero fueron descubiertos por el sultán, que encerró a Malik en un calabozo en espera de ejecutarlo. Aisha, confiando en algunos miembros de su guardia, que hoy son parte de los guardianes de la torre, logró liberar a Malik, quien, vagando a lo largo del tiempo, de los siglos, llegó a esta torre. Desde entonces, solo tuvo la pretensión de volver a buscarla. Aunque ha sido un leal colaborador nuestro.
Fue entonces cuando Lola, que había permanecido en silencio hasta ese momento, dio un paso al frente al ver las dudas d ellos jóvenes.
—No sois los únicos que habláis de Malik —dijo con voz grave—. Algunos vecinos del pueblo también han visto cosas. Inés y Salvador, los panaderos, me contaron que varias noches lo vieron descender desde la torre y perderse por las calles, como una sombra que cuida en silencio. Y José Antonio, el relojero —que dice que no se jubilará nunca—, asegura haberlo visto varias veces frente a su escaparate, mirando el reloj del campanario, como si esperara algo… o a alguien.
Óscar se removió, incómodo. Había escuchado esas historias, sí, y aunque estaba casi convencido, aún albergaba una pequeña duda que no lograba disipar.
—Dicen que es él quien vela por la seguridad de los vecinos —añadió Lola—. Como lo hacía con el sultán... y con Aisha.
—Y sin él, y los guardianes, nosotros dejaremos de recordar —añadió el hombre de las estrellas—. De hecho, poco a poco estamos perdiendo la memoria. Y cuando la perdamos totalmente, no solo desaparecerá lo que fue. También se abrirá una grieta por donde lo olvidado… regresará, y no será lo mismo que fue.
—Si se pierde la historia, se pierde todo —añadió el hombre de la túnica verde.
—Mi
abuela dice que en su familia hay un apellido que proviene de
Al-Ándalus —comentó Karima, interrumpiendo brevemente a la
princesa mientras caminaban—. Tal vez por eso me siento tan
conectada con todo esto.
Nadie respondió enseguida, pero todos
asintieron con una sonrisa. Era como si, de alguna manera, ella
también hubiera tenido que estar ahí desde el principio.
Juana se adelantó.
—¿Estáis diciendo que… que hay peligro real?
El de la túnica verde asintió con la cabeza.
—La torre está viva. Es un anclaje. Si se debilita, el pueblo quedará desprotegido. Las viejas sombras peligrosas volverán, las que fueron encerradas siglos atrás por Sayf y los guardianes. La torre es una contención ante el mal.
—¿Y qué debemos hacer? —preguntó Silvia.
—Seguir el hilo de los sueños —respondió la princesa—. Reunir las memorias perdidas. Cruzar los umbrales. Esta torre ya no pertenece del todo a este tiempo.
—¿Y Aisha? —preguntó Dana—. ¿Cómo la encontraremos?
El hombre calvo alzó la mano. Un mapa antiguo flotó ante ellos, con senderos que se bifurcaban en círculos concéntricos.
—Aisha está en la historia. Pero no en los libros. Está en los relatos olvidados del pueblo. En sus símbolos. En las palabras que ya no se pronuncian. Debéis empezar aquí. Esta noche. Maikel, tú sabes cómo interpretar los mapas y pergaminos, te enseñe a hacerlo hace diez años. Lo recordarás fácilmente. Esa será tu guía.
Un susurro recorrió los muros de la torre mientras Maikel se henchía de orgullo al escuchar aquellas palabras. Era como si alguien —o algo— respondiera desde las paredes. Dana sintió un escalofrío. Los ojos de la princesa brillaron:
—Tened valor. Porque, a partir de ahora... todo lo que soñéis podrá tocaros. Dana, tú eres la guardiana de la historia de la torre. Sabrás dirigir al grupo.
Dana tragó saliva, pero asintió. La responsabilidad era inmensa, lo sentía en los huesos.
El hombre calvo vestido de estrellas extendió el báculo hacia Maikel.
—Te enseñé a leer los signos ocultos, a entender los círculos de los relatos. Tú eres el lector de lo velado. De ti dependerá encontrar los pasos perdidos de Malik y Aisha.
—¿Y yo? —preguntó Mikel, algo inquieto.
El hombre calvo de de la túnica verde se volvió hacia él con una media sonrisa.
—Tú eres el hilo de lo inesperado. A veces, en los relatos, no se necesita un sabio ni un héroe, sino aquel que hace la pregunta justa en el momento justo. Tú aún no sabes lo importante que eres, pero lo descubrirás.
Mikel bajó la mirada, pensativo. Por primera vez sintió que tenía una responsabilidad de adulto. Pensó: —Ya sí. Ahora ya soy mayor.
Entonces, Óscar carraspeó.
—Vale. Todo esto está muy bien. Hay magia, historia, mapas antiguos y... sueños que tocan. Pero ¿qué hay de nosotros? ¿De los que no tenemos conexión con esos recuerdos?
La princesa lo miró con solemnidad.
—Todos sois necesarios. Cada uno ha sido convocado por algo más profundo que el azar. Incluso tú, Óscar. Especialmente tú.
Un nuevo susurro recorrió la sala. Las paredes parecían estrecharse y, a la vez, abrirse hacia otra dimensión. El mapa suspendido en el aire giró lentamente, mostrando caminos, símbolos y lugares que ningún libro recogía.
—Empezad por el corazón de la torre —dijo el hombre de la túnica verde—. Hay un cuenco de piedra en la cripta inferior. En él se guardan fragmentos de memoria: piedras marcadas, maderas caligrafiadas, semillas de historias. Maikel sabrá reconocer la señal.
—Y cuando lo hagamos —preguntó Dana—, ¿qué pasará?
—Entonces —dijo la princesa— la torre os mostrará el primer umbral.
La luz de las antorchas tembló. El mapa se deshizo en fragmentos dorados que cayeron como hojas. Un sonido grave —una mezcla entre tambor y respiración profunda— surgió del fondo de la tierra.
Juana se acercó a Dana. La abrazó con fuerza.
—Sea lo que sea esto… iremos con vosotros hasta donde podamos.
Alber asintió en silencio.
—Si lo que dicen es cierto —añadió—, proteger esta torre es proteger nuestro pueblo. Nuestra historia.
—¡No! —advirtió la princesa guerrera—. Solo pueden afrontar esta misión los más jóvenes… y Lola. Quienes aún no sienten temores.
—Pero no pueden ir solos. Son inexpertos. Necesitan protección y experiencia —exigió Juana, dando un paso al frente con los ojos muy abiertos.
—Tranquila
—intervino el hombre calvo de las estrellas—. Para eso está
Lola.
—Lola les protegerá sin duda alguna. Lola es más de lo
que parece —añadió el de la túnica verde, con tono suave pero
firme.
Todos se miraron, desconcertados. Conocían a Lola desde siempre. Había nacido en el pueblo, crecido en sus calles, compartido su historia… Era parte de Huércal-Overa. ¿Cómo no iba a ser quien parecía? Pero, al mismo tiempo, la forma en que aquel hombre lo dijo, con una calma tan profunda, les hizo sentir una paz inesperada. Como si, de algún modo, siempre lo hubieran sabido.
Dana dirigió la mirada hacia el grupo. A Silvia, que observaba todo con los ojos muy abiertos y brillantes. A Isaac, que ya parecía estar tomando notas mentales, como si estuviera ante el primer capítulo de un libro desconocido. A Lucía, que acariciaba distraídamente su laúd, como si una melodía antigua le susurrara desde dentro. A Karima, que pensaba que algo había que hacer para que el mundo no empeorase. A Óscar, que por primera vez no hacía una broma, pero que tampoco retrocedía.
—Entonces vamos —dijo Dana, con decisión—. Empecemos por la cripta.
—Un momento —saltó Óscar, alzando la voz, como si despertara de una idea que le venía rondando desde hacía tiempo—. Ahora me pregunto: si esto es solo una torre antigua… ¿cómo demonios tiene tantas salas?
Nadie le respondió.
La princesa, el hombre calvo y el de la túnica verde intercambiaron una última mirada entre ellos… y entonces desaparecieron. Se desvanecieron como humo absorbido por la piedra, dejando tras de sí un leve destello que se apagó como un suspiro.
El silencio volvió, espeso. Pero ya no era el mismo. Algo se había puesto en marcha. Un nuevo capítulo se abría en la torre.
La puerta a la cripta no era visible a simple vista. Se encontraba al fondo de una galería de piedra donde las paredes parecían encogerse, como si el tiempo allí se hubiera apretado sobre sí mismo. Lola se detuvo frente a un muro cubierto de polvo y musgo seco. Acarició con la palma la superficie áspera y luego presionó tres veces, con la precisión de quien conoce un secreto antiguo. Un leve temblor recorrió el suelo, y una abertura se deslizó lentamente hacia un lado, revelando una escalera en espiral que descendía hacia la penumbra.
—No os separéis —indicó Lola con firmeza, tomando la delantera con una linterna que apenas competía con la oscuridad.
Mikel, que iba justo detrás de ella, no pudo evitar fijarse en su forma de andar. No era solo segura. Era antigua. Como si sus pasos hubieran bajado esa escalera mil veces antes. Mientras el grupo descendía, las paredes se cubrían de inscripciones casi borradas, símbolos grabados que parecían hablar en una lengua olvidada.
—¿Qué son esas marcas? —susurró Lucía, deteniéndose un instante.
—Historias antiguas. Cautivas —dijo Lola sin mirar atrás—. Algunas esperan aún ser contadas.
Dana, que cerraba el grupo con Óscar, sintió de nuevo el hormigueo en la nuca. Algo se movía por dentro. No era miedo. Era otra cosa. Como si la piedra misma respirara a través de ella.
La escalera desembocó en una cámara circular, amplia, con pilares carcomidos por la humedad y un altar en el centro, cubierto por una tela de lino oscuro. Lola se acercó, y sin necesidad de pedir ayuda, Maikel y Mikel la flanquearon. Sabían que debían estar allí, sin saber por qué.
—Este lugar fue un sello —dijo Lola con voz baja—. Aquí se guardaron las reliquias de los primeros guardianes. Aquí se encerraron las palabras que no debían olvidarse.
Mikel la observó desde un rincón. Había algo en su rostro, una sombra detrás de los ojos, una luz que a veces no parecía del todo humana. No de una forma siniestra, sino… profunda. Como si en su mirada convivieran muchos inviernos.
—¿Cuánto tiempo llevas tú aquí, Lola? —preguntó de pronto, en voz baja.
Lola le miró de reojo. Por un instante, sus ojos reflejaron un brillo que no pertenecía al haz de la linterna.
—El suficiente para saber que las torres no se construyen solo con piedra —respondió—. Y que lo olvidado siempre encuentra el modo de volver.
Dana se acercó al altar y, con suavidad, retiró la tela. Debajo, una caja de madera oscura, tallada con motivos vegetales, parecía esperar desde siglos atrás. Cuando Dana la tocó, una ráfaga de aire recorrió la sala. Las antorchas se encendieron solas, una a una.
—Está viva —dijo Isaac, asombrado.
—Sí —afirmó Lola, dando un paso atrás—. Y os está escuchando.
La caja comenzó a vibrar suavemente, como si reconociera a los presentes. Dana la abrió.
En su interior, un mapa hecho de cuero y cubierto con una espesa capa de polvo, reflejo de su antigüedad. Multitud de símbolos se abrieron a los ojos del grupo, cuando Maikel, decidido, quitó el polvo, dejando un aire neblinoso en el ambiente. Historias codificadas. Palabras sin letras. Y en el centro, una figura femenina de espaldas, con el cabello cubierto por un velo azul oscuro.
—¿Es ella? —preguntó Karima, apenas respirando y observando a Maikel con ojos brillantes.
—Sí —dijo Maikel—. Es Aisha. Pero no está esperando que la encuentren. Está esperando que la recuerden. Dejad que estudie un momento el mapa. Él nos dirá hacia dónde hemos de ir para encontrar a Aisha. Si la encontramos a ella, encontraremos a Malik y a los guardianes.
—¿Estás seguro, Maikel? —preguntó intrigada Lucía.
—¡Sí! Sin duda. Me enseñó muy bien el sabio de las estrellas a leer los mapas.
—Pero hace diez años de aquello. Es muy posible que no lo recuerdes —apuntó Dana.
—Os aseguro que no lo he olvidado.
Todos dejaron espacio para que su amigo pudiera observar tranquilamente aquel antiguo mapa de cuero. Pasados unos instantes, Maikel dijo:
—Ya está. Hemos de ir hacia el oeste. A Granada. Aisha está en Granada. Y Malik y los guardianes se dirigen hacia allí. Estará al llegar. Y nada bueno les espera.
—¡Un momento! —exclamó Mikel, interponiéndose entre Maikel y la caja del mapa—. No podemos simplemente irnos a Granada como si esto fuera una excursión del instituto.
—¿Por qué no? —preguntó Maikel, frunciendo el ceño—. Es lo que el mapa indica. ¡Aisha está allí! Y si la encontramos a ella encontraremos a Malik y a los guardianes, entonces podremos detener lo que viene.
—Porque somos menores de edad —replicó Mikel—. Y no sé tú, pero nuestros padres no nos van a dejar coger un autobús a otra ciudad solo porque un mapa mágico se iluminó. Esto no es un videojuego.
—Nuestros padres no entienden lo que está en juego —insistió Maikel, alzando un poco la voz—. ¡Tú sí lo entiendes! Estuviste allí, conmigo, con Dana y con el resto de nosotros cuando todo empezó hace 10 años.
—Precisamente por eso —dijo Mikel, mirando a su hermano—. Porque sé lo que puede pasar. Y no pienso poner en peligro a Dana, ni a Silvia, ni a Óscar, ni a nadie. Una cosa es investigar por el pueblo… pero Granada está a horas de aquí. Es otra liga.
—Tiene razón —intervino Dana, algo insegura—. Aunque… si supiéramos que todo está arreglado, tal vez podríamos…
—¿Y cómo iba a estarlo? —interrumpió Silvia, cruzándose de brazos—. ¿Quién le explica a mis padres que voy a Granada a buscar a una mujer del pasado que vive en un mapa?
—¡Yo sí iría! —dijo Óscar—. Ya no creo que estemos locos. Esto parece real. Necesito confirmarlo. ¿Vamos a echarnos atrás ahora?
—Estoy con Óscar —añadió Isaac, ajustándose las gafas—. Lo que hemos vivido aquí no tiene vuelta atrás. No hay normalidad posible. Granada es solo el siguiente paso.
—¿Y si pedimos permiso? —propuso Lucía—. No sé… una excursión con Lola, algo así.
—¿En serio creéis que nos van a dar permiso? —bufó Mikel—. Mis padres no dejan que Dana vuelva sola de la biblioteca, y queréis convencerlos de una misión mágica…
Entonces, Lola, que hasta ese momento había permanecido en silencio junto al altar, dio un paso al frente. Sus ojos brillaban con una mezcla de ironía y gravedad.
—Ese asunto… está resuelto —dijo con firmeza.
Todos se volvieron hacia ella, desconcertados.
—¿Cómo que resuelto? —preguntó Dana—. ¿Qué has hecho?
Lola sacó de su mochila un fajo de papeles cuidadosamente ordenados. Los extendió sobre el altar.
—Autorizaciones. Firmadas por los padres de todos vosotros.
—¿Qué? —Mikel dio un paso al frente—. ¿Estás diciendo que…? ¿Cómo?
—He hablado con ellos —respondió Lola—. Casi todos conocen las leyendas de la torre. Otros solo necesitaban escuchar ciertas verdades que siempre intuyeron. Vuestros padres no son tan ciegos como creéis. Solo estaban esperando la señal. Y ha llegado.
—Pero… ¿Cómo los convenciste? —susurró Lucía, mirando los papeles como si fueran imposibles.
—No fue difícil —dijo Lola—. Cuando alguien ha vivido durante años con algo que no comprende, basta con recordarles que existe la posibilidad de certificarlo, o no. Que sus hijos están destinados a algo más que rutinas y deberes. Y que alguien los protegerá.
—¿Tú? —preguntó Mikel, aún desconfiado.
Lola sostuvo su mirada. En su rostro se dibujó una sombra leve, como si algo antiguo la tocara por dentro.
—Yo he caminado con guardianes antes de que nacierais. Conozco los caminos. Y sus peligros. No dejaré que les ocurra nada… sin que yo lo vea venir.
El silencio se hizo denso. El grupo se miró entre sí. Mikel bajó la vista hacia las autorizaciones. Eran reales. Reconocía la letra de su madre.
—¡¿Tú…?! ¡¿Eres…?! Esto es… una locura —murmuró.
—Sí. —dijo Lola en un tono muy dulce—. Soy una guardiana.
—Lo sabía. Lo intuí ante la confianza que te mostraba la princesa.
—¡Esto es una locura! —dijo Mikel.
—Tal vez —dijo Dana, con una pequeña sonrisa—. Pero es nuestra locura. Y empieza en Granada.
Maikel asintió lentamente.
—Nos esperan.
—Entonces vayamos —concluyó Lola, enrollando el mapa y entregándoselo a Maikel— antes de que la historia decida escribir otra versión sin nosotros. Iremos el sábado.
El viernes anterior al sábado en que irían a Granada, Dana bajó a la panadería de Inés y Salvador a comprar magdalenas para el desayuno. Unas magdalenas que Inés hacía con sus manos primorosas y que sabían a gloria, y pan para el día, un pan que Salvador elaboraba con mimo y sapiencia. Tras pagar y encaminarse hacia la puerta para volver a casa, se detuvo y se volvió hacia ellos.
—Lola, la guía de la torre, me ha dicho una cosa.
—¿Qué te ha dicho? —preguntó Inés, interesada.
—Que vosotros habéis visto a Malik descender de la torre algunas noches.
—Así es, Dana —respondió Salvador—. Son muchas las noches en que, al venir de madrugada a la panadería, hemos visto una figura imponente, vestida como un guerrero árabe. A veces pasa por delante del local; otras, por la carretera, camino del centro.
—¿Y no tenéis miedo?
—No. Nos da una sensación de tranquilidad y seguridad —dijo Inés con dulzura.
—¿Por qué lo preguntas, niña? —interrogó Salvador.
—De pequeños, mis hermanos y yo tuvimos unos sueños. Y hace unos días, junto a nuestros amigos, fuimos convocados para ir al castillo. Allí, Lola nos contó una historia... y vimos personajes que creíamos fantasía, pero parecen reales.
—Pues si Lola tomó esa decisión, es que ha de ser cierto todo —dijo Inés.
—Gracias —respondió Dana, y salió de la panadería.
—Adiós… niña —respondieron a coro Salvador e Inés.
Dana, dándose la vuelta, comenzó a decir algo, pero ellos se le adelantaron:
—¡Que sí, que sí! Ya sabemos que no eres una niña, que ya eres toda una mujer. Pero es que te conocemos desde que naciste… ¡Niña!
Los tres rieron, y Dana salió de la panadería con las magdalenas y el pan aún caliente. Recién salido del horno.
Aquel mismo viernes, después de salir del instituto, Mikel, Silvia, Maikel, Karima y Óscar decidieron pasar por la relojería del pueblo.
—Tenemos que ir a la relojería de José Antonio —dijo Mikel, decidido.
—¿El que dice que no se jubilará nunca? —preguntó Óscar, alzando una ceja.
—Ese mismo. Lola dijo que él también ha visto a Malik. Tenemos que preguntarle.
—¿Y cómo se lo preguntamos? ¿«Hola, buenas tardes, ¿ha visto últimamente a un guerrero andalusí vagando por el pueblo?» —ironizó Karima—. Lo mismo llama a la policía.
—O lo mismo nos da una respuesta que necesitamos —replicó Silvia, con serenidad.
—Vamos —dijo Maikel—. Si no nos atrevemos ahora, no nos atreveremos nunca.
La relojería estaba en una calle estrecha, con escaparates repletos de relojes: de bolsillo, de cuerda… En el interior, algunos relojes de cuco daban al local un aire añejo. Parecían suspendidos en el tiempo, como si se resistieran a avanzar. El tic-tac constante se escuchaba incluso desde la acera.
Entraron en silencio. José Antonio, sentado tras el mostrador con una lupa de relojero en el ojo derecho, examinaba un antiguo reloj de cuerda que Paco le había llevado para reparar. Al notar su presencia, levantó ligeramente la vista. Sentado en una silla cercana estaba Paco, esperando a que el relojero le diera una respuesta. Paco solía pasar algunos ratos en la relojería charlando con José Antonio.
—Buenas tardes… —saludó Silvia con timidez.
—¡Hombre, los «detectives del castillo»! —dijo Paco con una sonrisa socarrona—. Ya nos habían dicho que andabais removiendo cosas.
—¡¿Cómo?! —preguntó Maikel, sorprendido.
José Antonio dejó el reloj sobre una gamuza verde y se quitó la lupa con calma.
—No hay secretos que duren mucho en un pueblo, chicos. Pero tranquilos, aquí no se juzga a quien busca respuestas.
—Nos dijo Lola que usted… que usted ha visto a Malik —soltó Karima de golpe, antes de arrepentirse.
José Antonio los miró en silencio durante unos segundos, como si valorara si debía hablar o no. Luego asintió, despacio.
—Lo he visto, sí. Y Paco también. Varias veces. Pasa frente a la relojería cuando estoy cerrando, en las noches de luna llena. Camina hacia la plaza de la iglesia y allí se detiene a mirar el reloj del campanario. Solo observa. Espera. Como si algo le doliera profundamente… o como si temiera que el tiempo lo borrase.
—¿Y ustedes no le tienen miedo? —preguntó Isaac.
—No. Cuando lo ves, entiendes que no es de este tiempo… pero tampoco es una amenaza. Es como un recuerdo que no se ha querido marchar. Como un fragmento de historia que aún necesita ser contado —dijo José Antonio.
—Cuando pasa frente al mercado antiguo, donde está la oficina de turismo —añadió Paco—, se queda mirando hacia su interior, como si escuchara una voz que lo llamara desde allí. Como si esperase algo, o a alguien.
Los chicos se miraron entre sí. No sabían si aquello era real o parte del mito, pero, en cualquier caso, los envolvía con una fuerza irresistible.
—Gracias por contárnoslo —dijo Maikel, con sinceridad.
José Antonio volvió a sus herramientas y, sin mirarlos, añadió:
—Si de verdad vais a volver a la torre… id con cuidado. El tiempo en ese lugar no siempre corre en línea recta.
—Ni siempre es vuestro —añadió Paco, guiñándoles un ojo.
Paco y José Antonio se miraron cuando los jóvenes salían del taller de relojería.
—¡Estos niños…! —dijeron al unísono, mientras Mikel se volvía para decir:
—¡Que ya no som…!
—Ya, ya sabemos que no sois niños —respondieron entre risas el relojero y Paco, mientras Mikel mostraba cierto malestar...
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