miércoles, 15 de octubre de 2025

«La sala»

La sala es larga, sin ventanas, iluminada por pantallas. No hay cadenas, pero nadie se mueve. Cada uno contempla su muro de certezas, alimentado por algoritmos invisibles. Las voces son distintas, contradictorias, pero todas hablan con seguridad:

El leve zumbido de las pantallas llena el aire, como un pulso constante. No hay gritos ni cadenas, pero sí una obediencia densa, tibia, casi confortable.

Un joven se levanta. No porque sepa a dónde ir, sino porque algo en su pecho le pide silencio. El leve roce de su silla al desplazarse rompe el murmullo uniforme de la sala. Varias cabezas se giran con lentitud, sorprendidas por el sonido, pero enseguida regresan a sus pantallas. Nadie habla. Nadie lo detiene.

Camina entre las filas, oyendo cómo los murmullos se espesan detrás de él. No son palabras, sino un rumor que se confunde con el zumbido de las pantallas, como si la sala misma respirara.

Al salir, la luz no es un golpe, sino una caricia incierta. Es tenue, como la de una mañana que aún no ha decidido si será clara o gris. Fuera, las cosas no tienen subtítulos. Los rostros son ambiguos. Las palabras tardan en llegar. Pero hay algo más: el temblor de lo real, la incomodidad de lo no editado.

El joven respira hondo. El aire tiene un sabor desconocido, algo entre polvo y promesa. Se queda un momento allí, inmóvil, dejando que sus ojos se acostumbren a la imperfección del mundo. Luego, vuelve.

Al entrar de nuevo, la sala lo recibe con un silencio expectante. No es el mismo silencio de antes: hay tensión, un leve temblor de desconfianza. Las pantallas siguen ardiendo en sus paredes de luz. El joven habla, y su voz suena más humana que todo lo que se ve allí:

«Nos hemos acostumbrado a mirar sin ver, a pensar sin razonar. Habitamos una sala de certezas prestadas, donde cada imagen proyectada por otros se convierte en dogma, y cada voz distinta es recibida como amenaza.

No es que nos falte información. Nos sobra. Lo que escasea es el coraje de dudar de nosotros mismos. Hemos aprendido a desconfiar de los otros, pero no de nuestras propias convicciones. ¿Y si lo que creemos no es más que una sombra bien editada?

Rechazamos al que piensa distinto porque nos recuerda que hay luz más allá de la sala. Preferimos burlarnos de quien regresa con preguntas antes que aceptar que nuestras respuestas podrían estar equivocadas.

Pensar críticamente no es destruir: es construir con más profundidad. No se trata de huir de la sala. Se trata de encender una vela dentro.»

Un murmullo recorre la sala, al principio leve, luego más notorio, como el crujido de una pared que empieza a agrietarse. Algunos intercambian miradas rápidas; otros bajan la vista. Una mujer alza la mano, pero no para hablar, sino para protegerse de la luz que entra por la puerta entreabierta.

Entonces, desde el fondo, una voz se alza. No con ira, sino con una serenidad inquietante:

«¿Por qué salir? Aquí todo tiene forma. Todo está dicho. Las imágenes no me engañan: me ordenan el mundo. ¿Para qué buscar la luz si la oscuridad me basta para entender lo que necesito?

Dicen que afuera hay verdad. Pero la verdad es lenta, ambigua, dolorosa. Aquí, en cambio, las imágenes llegan claras, los titulares me explican el mundo, y las voces que escucho piensan como yo. ¿No es eso paz?

No quiero preguntas. Quiero respuestas. No quiero rostros que dudan. Quiero certezas que me sostengan.

Yo elijo esta sala. Yo elijo estas imágenes. Porque en ellas reconozco mi lugar.»

El murmullo vuelve, más profundo. Algunos asienten con gesto breve; otros se remueven inquietos. Un hombre en la segunda fila se lleva la mano al rostro, como si algo lo cegara.

El joven no responde. Se sienta en el suelo, lejos de las pantallas, apoyando la espalda contra la pared. No para convencer, sino para esperar. Desde allí ve cómo la luz que entra por la puerta dibuja líneas inciertas sobre el suelo, tocando los pies de algunos. Nadie se mueve, pero algo —una duda, una grieta— queda flotando en el aire.

La luz sigue temblando, paciente, como una promesa que no se agota.

La luz afuera sigue temblando, paciente, como una promesa que no se agota.


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