miércoles, 29 de octubre de 2025

La edad y la pérdida de las certezas

Dice Arturo Pérez-Reverte: 

«Una cosa que he aprendido en la vida es que, a medida que te ves mayor, tienes menos certezas. Y eso es curioso. Cuando era joven, estaba seguro de mil cosas. Y ahora, con la edad que tengo, tengo muy pocas certezas y muchísimas incertidumbres.»

Coincido plenamente con él. La vida, en su transcurso, se encarga de desmontar las verdades absolutas que uno creía inamovibles. En la juventud, nos movemos con la arrogancia del que aún no ha tropezado lo suficiente. Nos parece que el mundo tiene esquinas nítidas, que lo bueno y lo malo son categorías fijas, que basta con tener razón para cambiar las cosas. Creemos saberlo todo, o casi todo, porque no hemos tenido tiempo de dudar.

Pero los años —esos maestros silenciosos— nos van enseñando que la realidad es más ambigua, más cambiante, más humana. Y que detrás de cada juicio hay matices, detrás de cada verdad hay una sombra, y detrás de cada aparente certeza se esconde una pregunta sin respuesta.

Cuando uno envejece, se da cuenta de que la vida no es un conjunto de afirmaciones, sino un territorio de dudas. Y que las dudas, lejos de debilitarnos, nos humanizan. La certeza fanática, la convicción cerrada, son terreno de jóvenes o de necios. El adulto, el que ha vivido, sabe que todo depende del punto de vista, del contexto, del momento. Lo que ayer fue justo, hoy puede parecer cruel. Lo que ayer nos parecía esencial, hoy apenas tiene sentido.

Por eso, con los años, uno aprende a no sentenciar, a no juzgar tan rápido, a escuchar más. Se aprende el valor del silencio, la dignidad de la prudencia, la serenidad de la duda. Y eso, aunque pueda parecer una pérdida, es en realidad una ganancia.

Porque tener menos certezas no significa estar perdido, sino haber comprendido que la vida no cabe en fórmulas ni dogmas. Significa mirar el mundo con humildad, sabiendo que cada día puede desmentirnos.

A veces pienso que la sabiduría consiste justamente en eso: en aceptar que no sabemos casi nada, y que en esa aceptación hay una forma de paz. Quizás la madurez sea eso: un territorio habitado por menos certezas, pero con una mirada más limpia, más libre, más humana.

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