Empieza
la vigilancia
La
mañana comenzaba a despuntar sobre los tejados de Sevilla cuando
Diego, con la capa recogida y el rostro aún marcado por el sueño,
se apostó en una esquina discreta frente a la casa de doña Leonor.
El aire era fresco, y las campanas de San Lorenzo anunciaban la misa
de ocho. A esa hora, las calles aún estaban medio vacías, con algún
vendedor de pan y las primeras criadas cruzando con cestas cubiertas.
Leonor
salió puntual, vestida con sobriedad: mantilla oscura, paso firme,
mirada baja. Diego la siguió a distancia, cruzando plazas y
callejones hasta la iglesia. Entró sin mirar atrás. Diego se quedó
fuera, fingiendo revisar una hoja de cuentas. El murmullo de los
rezos se escapaba por las puertas entreabiertas.
Media
hora después, Leonor salió y tomó rumbo al convento de las
Jerónimas. El edificio, de muros altos y portón de madera, parecía
tragarse a quien entraba. Diego se apoyó en una columna cercana,
observando cómo las monjas abrían la puerta sin decir palabra.
Durante ese tiempo, pasó un aguador, dos niños corrieron con una
cuerda, y un anciano se detuvo a bendecirse frente al convento.
Leonor
salió con el mismo paso sereno y se dirigió hacia la casa de sus
padres, una vivienda elegante en la calle Cuna, con balcones de
hierro forjado y macetas de geranios. Diego se colocó frente a una
tienda de telas, fingiendo interés por un paño de lino. La puerta
se abrió, Leonor entró. Una hora después, volvió a salir con una
bolsa de tela cerrada con cordón. No parecía pesada, pero la
sujetaba con ambas manos.
Entonces
comenzó a callejear por el barrio de Santa Cruz. Diego tuvo que
apurar el paso, esquivando carros y y grupos de niños jugando.
Leonor parecía no seguir una ruta fija: cruzó la plaza de Doña
Elvira, giró por la calle de las Cruces, se detuvo brevemente frente
a una fuente, y finalmente llegó a un caserón de fachada blanca,
con portón de madera y aldaba de hierro en forma de mano.
Entró
sin llamar. Diego se colocó en una esquina desde la que podía ver
la puerta. Dos horas pasaron. El sol ya estaba alto, y la calle
comenzaba a llenarse de vida. Un vendedor de naranjas gritaba su
mercancía, una mujer discutía con un mozo por el precio de unos
huevos, y Diego, paciente, no apartaba la vista.
Finalmente,
Leonor salió. La bolsa seguía en su mano, parecía no tener peso
alguno. No miró a nadie. Tomó rumbo directo a su casa, sin
detenerse. Diego la siguió hasta verla entrar, luego se retiró por
una calle lateral, con la mente llena de preguntas.
¿Qué
había en esa bolsa? ¿Quién vivía en el caserón? ¿Por qué el
recorrido parecía tan meticuloso y a la vez tan natural?
Por la
tarde, fue Martín quien se apostó frente a la casa
de doña Leonor en
el barrio de San Lorenzo, donde ella vivía con su
esposo. Desde media tarde, se mantuvo en la sombra de una carpintería
cerrada, con la capa recogida y los ojos atentos a la puerta
principal. El sol fue bajando, los vecinos regresaban de sus
quehaceres, y las campanas comenzaron a anunciar el anochecer.
Pero
Leonor no salió.
Ni una
criada, ni un mensajero, ni un movimiento en las ventanas. Martín
esperó hasta que las farolas fueron encendidas y el bullicio se
apagó. Finalmente, se retiró con paso firme y fue en busca de
Diego.
Lo
encontró en su cuarto, repasando mentalmente el recorrido de la
mañana.
—Nada
—dijo Martín—. No ha salido desde que volvió de casa de sus
padres. He estado allí hasta que encendieron los faroles.
Diego
asintió, se puso la capa y juntos caminaron hacia la taberna del
Águila Negra.
Allí,
entre el humo de las velas y el murmullo de los parroquianos, Ciutti
los esperaba con tres vasos ya servidos.
—¿Y
bien?
Diego
habló primero, luego Martín completó. Ciutti escuchó en silencio,
girando el vaso entre los dedos.
—Entonces
el movimiento fue sólo por la mañana. Interesante. El caserón, la
bolsa, la visita al convento… y luego, encierro.
—¿Qué
hacemos mañana? —preguntó Martín.
Ciutti
sonrió, esa sonrisa suya que nunca era del todo clara.
—Mañana,
seguimos. Pero esta vez, quiero que uno de vosotros se acerque al
caserón una hora antes de la posible llegada de Doña Leonor. No
entrar, no tocar. Sólo observar. Y si hay alguien que entra antes o
después de ella, quiero saber quién es. Que le siga y que no le
pierda hasta que llegue a su destino. Una vez allí, preguntar a la
gente sobre quien puede ser. Con disimulo. Si es necesario sobornar
a alguien, aquí tenéis unos reales para ello — dijo Ciutti
depositando una pequeña bolsa de cuero sobre la mesa que Martín
recogió.
La vela
parpadeó. Afuera, la noche sevillana seguía viva. Dentro, los tres
hombres se preparaban para un juego que apenas comenzaba.
La
taberna del Águila Negra estaba más animada que de costumbre. El
humo de las velas se mezclaba con el aroma de guisos y vino nuevo.
Ciutti, al ver entrar a Diego y Martín, alzó la mano con
entusiasmo.
—¡Una
jarra de vino, y que no escatimen en pan ni en carne! —gritó al
tabernero—. Hoy ha sido un buen día, y quiero celebrarlo con mis
nuevos amigos.
Martín
sonrió, sorprendido por el gesto. Diego se sentó con cautela,
observando cómo Ciutti servía el vino con generosidad.
—¿Y
qué ha pasado hoy? —preguntó Diego.
—Un
encargo bien pagado, una deuda saldada, y una carta que nos puede
abrir las puertas de Las Indias. Nada mal para un hombre que llegó a
Sevilla con una capa raída y un nombre que nadie recordaba.
Martín
se inclinó, curioso.
—¿Y
cómo fue eso? ¿Cómo llegaste aquí?
Ciutti
se acomodó, tomó un trozo de pan y comenzó a hablar con voz más
baja, como si tejiera una historia que sólo ellos debían escuchar.
—Serví
a don Antonio de la Torre durante tres años. Un hombre astuto,
comerciante de especias y telas. Aprendí a leer cartas, a negociar
con catalanes que querían hacer negocio en el Nuevo Mundo, y
a escuchar sin que me vieran. Me movía entre almacenes, conventos y
casas nobles. Y cuando don Antonio murió, me quedé con lo
aprendido… y con algunos contactos que aún me deben favores.
—¿Y
don Juan? Cómo entraste a su servicio?
Don Juan
era un joven aristócrata rico, inquieto y dado a aventuras amorosas
y desafíos. Necesitaba un criado astuto,
discreto y cómplice, alguien capaz de ayudarlo en
sus tramas sin cuestionarlas. Sabía de mi por mis artes con Don
Antonio. Su oferta era imposible de rechazar. Aventuras, buena cama y
buena paga por guardarle las espaldas y ser su mensajero cunado fuera
necesario.
Diego
bebió un sorbo, pensativo.
—¿Y
América?
—Ah,
América… —Ciutti sonrió, mirando la llama de la vela como si
viera el reflejo del mar—. Tengo un primo en Veracruz. Dice que
allí se necesitan hombres que sepan moverse sin hacer ruido. Que hay
oro, pero también secretos. Y que quien sabe escuchar puede vivir
sin cargar sacos ni doblar la espalda.
Martín
se rió.
—Entonces,
en cuanto tengamos oportunidad, nos embarcaremos hacia Nueva España.
—Exacto.
Sevilla es hermosa, sí, pero América… América es otra historia.
La
comida llegó: carne guisada con romero, pan recién horneado, y una
jarra más de vino. Los tres brindaron, y por un momento, el rincón
de la taberna se llenó de promesas, de historias pasadas y de
futuros aún por escribir.
6.
Continúa la vigilancia. Sin resultados.
Durante
dos días, la rutina de vigilancia se volvió casi monótona. Diego y
Martín se alternaban en los turonos de mañana y tarde. Se apostaban
con discreción frente a la casa de Leonor. Procuraban tener la mayor
de las discreciones. Pero Leonor no ofrecía novedades.
Cada
jornada comenzaba igual: salía temprano, con paso sereno, rumbo a
misa. La seguían hasta la iglesia de San Lorenzo, donde permanecía
poco más de media hora. Luego, sin desvíos ni encuentros, caminaba
hacia la casa de sus padres en la calle Cuna. Allí se quedaba una
hora, a veces menos, y regresaba a su hogar sin detenerse.
Por la
tarde, Martín o Diego la esperaban. Pero la puerta permanecía
cerrada. Las ventanas, en penumbra. Ningún mensajero, ninguna
visita. Sólo el sonido lejano de los vendedores y el canto ocasional
de un canario en alguna azotea.
Al final
del segundo día, los dos se reunieron en la taberna del Águila
Negra. Esta vez no había celebración, sino reflexión.
—Si
oculta algo, lo hace bien —dijo Diego, removiendo el vino en su
vaso de barro.
—O
simplemente no hay nada que ocultar —añadió Martín, mirando a
Ciutti.
Ciutti,
más serio que de costumbre, se acarició la barba.
—A
veces el silencio también habla. Si no hay movimiento, es porque se
prepara. O porque sabe que la observan.
La vela
parpadeó. Afuera, Sevilla seguía viva. Dentro, los tres hombres
comenzaban a entender que el misterio de doña Leonor no se
resolvería con simples paseos.
7.
La vigilancia da un giro inesperado
La
mañana había comenzado como las anteriores: cielo despejado,
campanas de San Lorenzo marcando las ocho, y el murmullo de Sevilla
despertando entre puestos de fruta y pasos apresurados. Doña Leonor
siguió la rutina habitual: misa de ocho, visita al convento d ella
Jerónimas, a sus padres y se encaminó hacia el barrio de Santa Cruz
entrando en el caserón con la recia puerta de madera. Martín,
apostado frente al caserón del barrio de Santa Cruz, observaba con
paciencia. Leonor había entrado hacía más de dos horas, y todo
parecía seguir el patrón de días anteriores. Pero entonces, el
silencio se rompió. Un grito
agudo, de mujer, atravesó la puerta cerrada. Fue
breve, pero suficiente para que varios transeúntes se detuvieran.
Martín se incorporó de inmediato. La aldaba de hierro en forma de
mano parecía temblar en su sitio.
La
puerta se abrió de golpe. Una mujer
joven, vestida con ropajes sencillos, salió
corriendo, con el rostro desencajado.
—¡Ayuda!
¡Por favor, que alguien venga!
Martín
no lo dudó. Cruzó la calle en dos zancadas y se acercó.
—¿Qué
ocurre? ¿Qué ha pasado?
La mujer
lo miró, temblando.
—Dentro…
la señora… se ha desmayado… creo que está herida.
Martín
empujó la puerta, que había quedado entreabierta, y entró. El
interior era oscuro, con olor a incienso y humedad. Un pasillo
estrecho conducía a una sala donde, sobre un diván, Leonor yacía
inconsciente, con el rostro pálido y una mano sobre el pecho. A su
lado, una mesa con papeles, una bolsa abierta, y un frasco roto en el
suelo.
La joven
del hábito entró detrás.
—Estábamos
hablando… y de pronto se ha puesto pálida… ha dicho algo sobre
su esposo… y se ha desplomado.
Martín
se arrodilló junto a Leonor, sin saber si debía tocarla. Su
respiración era débil, pero presente.
—Hay
que llevarla a casa —dijo—. O buscar a alguien que sepa qué
hacer.
Al decir
esto, le pareció ver una sombra
fugaz que desaparecía por el portón de madera.
Martín se levantó de golpe y corrió hacia la puerta, pero ya era
tarde. En el umbral, sin embargo, algo brillaba entre las losas: un
estilete poco
común de
hoja fina, con empuñadura labrada en forma de
serpiente. Lo recogió con cautela y lo guardó bajo la capa.
Más
tarde, Leonor fue acostada en una cama del mismo caserón. La joven
le humedecía la frente con agua de azahar. Martín permanecía
cerca, en silencio.
Leonor
abrió los ojos lentamente. Miró a la joven, luego a Martín.
—¿Quién
es él?
Martín
se inclinó, con voz serena.
—Me
llamo Antonio, señora. Pasaba por aquí y escuché el grito
de esta muchacha pidiendo socorro.
Leonor
lo observó unos segundos, como si intentara recordar algo. Luego
cerró los ojos de nuevo, agotada.
Martín
se quedó quieto, con el estilete oculto y la intuición de que aquel
objeto sería clave en lo que estaba por venir.
La
habitación del caserón estaba en penumbra, con las cortinas
entreabiertas dejando entrar una luz suave que apenas tocaba el
rostro de Leonor. Acostada en la cama, con la frente aún húmeda por
el paño que la joven le había colocado, Leonor respiraba con
dificultad. Su mirada iba de la joven a Martín, que permanecía de
pie, serio, con el estilete oculto bajo la capa.
—No
puedo más —dijo al fin, con voz quebrada—. No puedo seguir con
esto.
Martín
se acercó, sin decir nada. La joven se sentó junto a la cama,
tomándole la mano.
—Cada
vez que venía aquí… era como morir un poco —continuó Leonor—.
Ese hombre… ese miserable… fue alguien a quien quise, hace años.
Antes de casarme. Y ahora me amenaza con contárselo todo a mi
marido. Dice que si no le doy dinero, lo hará. Que inventará cosas.
Que me arruinará.
La joven
la miró con compasión. Martín frunció el ceño.
—¿Y
el dinero?
—Lo
tomaba de las cuentas de la casa. Pequeñas cantidades. Mi esposo no
lo ha notado. Pero hoy… hoy quise terminar con esto. Le dije que no
volvería. Que no le daría más. Y entonces… me empujó. Caí. Me
golpeé la cabeza.
Martín
se acercó aún más, con voz firme pero serena.
—Escuche,
señora. La mandaremos a casa en un coche de caballos. La joven la
acompañará. Dígale a su marido que tropezó en la calle, que se
sintió mal, y que esta muchacha la ayudó. No mencione nada más.
Leonor
lo miró, con los ojos aún húmedos.
—¿Y
él?
—Yo me
encargaré —dijo Martín—. No volverá a molestarla. No volverá
a acercarse a usted ni a su casa. Se lo prometo.
Leonor
cerró los ojos, como si esa promesa le permitiera respirar por
primera vez en días. Martín se volvió hacia la joven.
—Prepárala.
Yo buscaré el coche.
Y
mientras salía del caserón, con el estilete aún oculto, Martín
sabía que la vigilancia había terminado. Ahora comenzaba otra cosa.
Algo más peligroso. Algo que requería no sólo ojos, sino decisión.
El
sonido de los cascos sobre el empedrado anunció la llegada del
coche. Martín descendió con paso firme, ajustándose la capa
mientras cruzaba el umbral del caserón. Dentro, la luz seguía
siendo tenue, pero Leonor ya estaba sentada al borde de la cama,
vestida con discreta elegancia, el rostro aún pálido pero sereno.
Martín
se acercó despacio. La joven que la había atendido permanecía a su
lado, con las manos entrelazadas.
—¿Señora
—dijo Martín, con voz baja pero clara— tenéis algo que ocultar
a vuestro marido?
Leonor
lo miró, sorprendida por la franqueza. Tardó unos segundos en
responder.
—No,
joven. Solo el chantaje económico. Me retenía aquí durante una o
dos horas… para preparar un chantaje emocional por si no le
entregaba el dinero. Pretendía hacer creer a mi marido que teníamos
relaciones.
Martín
asintió lentamente, sin apartar la mirada.
—No se
preocupe, señora. Yo me ocuparé de que eso no ocurra.
Leonor
frunció el ceño, inquieta.
—¿Pero
cómo lo haréis?
Martín
deslizó la mano bajo su capa y sacó el estilete. La hoja, aún
limpia, brilló bajo la luz que entraba por la cortina entreabierta.
—No
creo que haya muchos estiletes como este en Sevilla —dijo—. Daré
con ese hombre. Solo tenéis que decirme su nombre.
—Alfonso
de Santayana —Leonor observó en silencio a Martín. No preguntó
más.
Entre la
joven y Martín la ayudaron a levantarse. Leonor se apoyó en ambos
con dignidad, sin mostrar debilidad. Al llegar al zaguán, Martín
tomó un pañuelo de seda
negro y lo colocó con delicadeza sobre su rostro,
cubriéndolo.
—Por
precaución —murmuró— Decidle a vuestro marido que habéis
tropezado en la calle y que esta joven os a acompañado hasta vuestra
casa.
La
puerta se abrió. El coche esperaba. Martín la ayudó a subir, y
luego se volvió hacia la joven.
—Acompañadla
hasta su casa. No os separéis de ella.
La joven
asintió. Martín cerró la portezuela, golpeó el lateral del
carruaje, y lo vio alejarse por la calle estrecha, envuelto en la luz
dorada del atardecer.
Quedó
solo frente al caserón, con el estilete en la mano y una promesa por
cumplir...