lunes, 29 de septiembre de 2025

34. «Donde Catalina, con dudas, y Gonzalo hablan en el dormitorio. El día siguiente»

 Catalina está sentada en la cama, la mirada fija en la ventana. La noche avanza lentamente, pero el sueño no llega. La noticia de la partida de Diego y Martín le ha dejado un hueco en el pecho.

Siente la urgencia de ir con ellos, de retomar aquel viaje que comenzaron juntos, como si una parte de sí misma aún perteneciera a esos días de caminos polvorientos y sueños lejanos. Pero también está Gonzalo, el hombre que la ama, el hombre al que teme herir si decide marcharse.

Se levanta y se mira en el espejo. Sus propios ojos le devuelven una pregunta que la carcome por dentro:

«¿Qué debo hacer? ¿Seguir mi corazón o quedarme aquí por amor?»

Sabe que si se queda, el tiempo puede convertir el sacrificio en resentimiento, y que si se va, dejará a Gonzalo con el corazón hecho añicos y, tal vez, el suyo también.

Suspira, frustrada, cuando oye la puerta abrirse suavemente. Gonzalo entra y, al verla perdida en sus pensamientos, se acerca con cautela.

¿No puedes dormir? —pregunta, con voz queda.

Catalina niega con la cabeza.

Estoy preocupada —admite—. La partida de Diego y Martín me ha dejado inquieta.

Gonzalo se sienta a su lado y le toma la mano con ternura.

¿Qué te preocupa exactamente?

Siento que debería irme con ellos —confiesa Catalina—. Pero también te amo a ti. No quiero hacerte daño.

La mirada de Gonzalo se nubla un instante, pero asiente despacio, como si ya hubiera anticipado esas palabras.

Lo entiendo —dice—. Sabía que este momento podría llegar.

¿Y qué crees que debería hacer? —susurra Catalina, con los ojos brillantes de lágrimas contenidas.

No lo sé —responde Gonzalo—. Te amo, Catalina, y deseo que te quedes. Pero es tu decisión. Solo quiero que recuerdes que estaré aquí, pase lo que pase.

Catalina se apoya en su pecho, sintiéndose aliviada por su comprensión.

Gracias —murmura—. Eres el hombre más noble que he conocido.

Y tú, la mujer más valiente —contesta Gonzalo—. Te amo. Solo quiero que seas feliz.

Yo también te amo —dice Catalina—. Pero tengo miedo de tomar la decisión equivocada.

Confía en tu corazón —le susurra Gonzalo—. No te equivocarás.

Catalina cierra los ojos un momento, dejando que esas palabras la envuelvan.

Creo que sé lo que debo hacer —dice al fin—. Pero necesito tiempo para pensarlo.

Tómate todo el tiempo que necesites —responde Gonzalo—. Estaré aquí, esperándote.



La mañana llega, pero la tensión no se disipa. La familia está reunida bajo un olivo en un descanso del trabajo. Catalina apenas ha probado bocado; la noche en vela ha dejado huella en su rostro.

Martín y Diego, con el semblante serio, terminan su almuerzo:

Tío Juan, tía Antonia —comienza Martín, con voz firme aunque teñida de emoción—, queremos agradecerles, una vez más, por todo lo que han hecho por nosotros. Su hospitalidad, su apoyo cuando más lo necesitábamos... y su defensa frente a don Gil. Nunca lo olvidaremos.

Pero no podemos posponer más nuestra marcha —continúa Diego—. Hoy mismo partiremos hacia Sevilla.

Un silencio sepulcral invade la cocina. Catalina siente un nudo en la garganta, las lágrimas asomando sin remedio. Baja la mirada por un instante, tratando de encontrar fuerzas, pero cuando vuelve a alzarla, sus ojos se posan en Gonzalo. Su voz tiembla cuando finalmente habla.

Gonzalo, mi amor... —toma aire, como si necesitara reunir valor—. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida. No sé si algún día me arrepentiré de la decisión que he tomado, pero debo hacerlo.

Antonia y Juan intercambian una mirada cargada de pesar. Catalina se vuelve hacia ellos, conmovida.

Madre, me has acogido como si fueras mi propia madre. Y tú, padre... has sido un padre para mí en todo este tiempo. No tengo palabras para agradeceros todo lo que habéis hecho por mí.

Hace una pausa, cerrando los ojos un instante antes de continuar, con la voz entrecortada por la emoción.

Pero en la comarca puede quedar la duda de si me aproveché de la situación para alcanzar algo que estaba fuera de mi alcance... y contra eso no podría luchar.


El grupo se sume en un silencio aún más denso. Antonia, conmovida, toma la palabra.

Hija... —su voz se quiebra, pero logra continuar—. En nosotros nunca surgirá esa duda. Ni en el pueblo, salvo en algunas bocas malintencionadas. Pero sabemos la clase de persona que eres, como también lo sabemos de Martín y Diego. No hay nada que demostrar.

Las lágrimas finalmente escapan de sus ojos, y Juan, con gesto solemne, se levanta.

Vosotros sois jóvenes —dice, mirando a Martín y Diego—. Entiendo el ansia que tenéis de recorrer mundo, vivir aventuras y labraros un futuro. Es natural. Pero sabed que aquí siempre tendréis un hogar al que regresar.

Luego, posa su mirada en Catalina.

Nos gustaría que te quedaras. Te defenderíamos ante cualquier infundio. Pero si decides marcharte, no te guardaremos rencor. Será duro... sobre todo para Gonzalo. Pero no podemos retenerte contra tu voluntad.

Dicho esto, Juan suspira y toma asiento, sumido en sus pensamientos. Catalina se acerca a Gonzalo, el corazón golpeándole el pecho.

Gonzalo, cariño... —susurra, acariciando su rostro con manos temblorosas—. Sé que te hago daño con mi decisión, pero algo dentro de mí me dice que debo partir. Que mi lugar no está aquí, aunque bien lo quisiera. Ojalá pudieras venir conmigo, pero sé que no es posible. Nunca te olvidaré.


Las lágrimas inundan sus ojos, y Gonzalo la estrecha en sus brazos con una mezcla de amor y dolor, aferrándose a ella como si quisiera detener el tiempo.

domingo, 28 de septiembre de 2025

4 «Malintzïn. Entre la pasión y la estrategia»

Los días siguientes a las ceremonias fueron de ajustes y organización. Malintzïn compartía sus jornadas entre la traducción, la mediación y su nueva vida como mujer de Alonso Hernández Portocarrero.

Alonso era joven, prudente y educado, con una mezcla de respeto y curiosidad hacia su esposa. No esperaba que ella fuera solo una mujer entregada por los indígenas; pronto comprendió que su inteligencia y perspicacia eran únicas.


Una tarde, mientras caminaban cerca del campamento, Alonso se dirigió a ella con cierta timidez:

Marina… sé que esto es extraño… pero quisiera saber cómo te sientes. —Sus palabras eran cuidadosas, respetuosas.


Malintzïn lo miró con serenidad, evaluando su tono y su intención.

Estoy bien, Alonso —respondió en un español aún balbuceante, con la seguridad que Jerónimo le había ayudado a adquirir—. Esta situación es… nueva para ambos. Pero debemos encontrar la manera de adaptarnos.

¿Y crees que podré ayudarte a sentirte segura aquí? —preguntó él, dudando ligeramente.

Sí —contestó ella—. Pero necesito que entiendas algo: no estoy aquí solo como tu esposa. Tengo un papel que cumplir con Cortés y con Jerónimo. Mi deber va más allá de nosotros.

Alonso asintió lentamente, comprendiendo que su esposa no sería una mujer pasiva.

Entonces… confío en ti —dijo finalmente—. Ayúdame a entender lo que ves y escuchas.


Malintzïn sonrió apenas, consciente de que su influencia empezaba a consolidarse. Podía aconsejarle, mediar entre soldados y mujeres, y utilizar su posición para proteger a las demás y asegurar el orden en la expedición.


Esa tarde, mientras supervisaba la interacción de los soldados con las otras mujeres bautizadas y casadas, Malintzïn intervino:

Recuerden hablar y tratarlas con respeto —dijo, supervisada por Jerónimo—. Ellas deben sentirse seguras; solo así colaborarán.

Un soldado frunció el ceño, desconcertado:

¿Qué quiere decir exactamente?

Que traten a las mujeres como iguales en cuanto a respeto, no como sirvientas —respondió Malintzïn, con voz firme y clara traducida con la misma energía por Aguilar.


La tensión se disipó y los hombres comenzaron a prestar atención a su consejo. Alonso la observaba, reconociendo la autoridad que ejercía y el respeto que generaba sin imposición, solo con claridad y sentido común.

Pasadas tres semanas tras las bodas, una noche, mientras la brisa del mar acariciaba las tiendas del campamento, Alonso se sentó junto a ella:

Marina, nunca había conocido a alguien que hablara con tanta claridad… incluso para un capitán, tu voz tiene peso.

Lo sé —dijo Malintzïn con una sonrisa discreta—. Y debes acostumbrarte, Alonso: no siempre podrás decidir todo solo. La estrategia, la palabra y la información valen más que la fuerza bruta.

Entonces… confío en que me enseñes —respondió él, aceptando su rol y su sabiduría.


Malintzïn asintió apenas. Esa noche comprendió que su posición no dependía solo de su capacidad para traducir, sino de su inteligencia, su prudencia y su habilidad para manejar a quienes la rodeaban: soldados, mujeres y su propio esposo, Alonso Hernández Portocarrero.

Cuando la noche se instaló sobre el campamento y el silencio envolvió las tiendas, Alonso y Malintzïn se retiraron a su tienda. Lejos de miradas ajenas, sus manos se buscaron con delicadeza y deseo. Los besos y caricias se sucedieron con una mezcla de pasión y ternura, descubriendo la intimidad de sus cuerpos y el lenguaje de sus emociones. Cada gesto consolidaba un vínculo de confianza y cercanía, uniendo no solo cuerpos, sino sentimientos y voluntades. Aquella noche, el afecto y el deseo se entrelazaron con la estrategia de su nueva vida compartida, fortaleciendo la posición de Malintzïn dentro del campamento.



Al despuntar el día, el campamento despertaba lentamente. La bruma de la madrugada se retiraba con parsimonia, dejando ver tiendas de lona húmedas por el rocío y brasas humeantes en los fuegos todavía encendidos. Hernán Cortés, inclinado sobre un mapa extendido sobre una mesa de campaña, delineaba la próxima marcha hacia los pueblos vecinos, mientras sus oficiales debatían en voz baja los detalles de la logística. Los primeros rayos de sol iluminaban los rostros cansados de los soldados y el murmullo lejano del río se mezclaba con los relinchos de los caballos.

Malintzïn ya estaba preparada. La vida compartida con Alonso de Puertocarrero le había dado equilibrio y fortaleza, cualidades que trascendían su condición de mujer. Sus pasos eran silenciosos, pero cada gesto tenía peso; cada mirada, intención. Observaba a los hombres moverse, percibía sus dudas, sus temores y sus ambiciones, y sabía cómo intervenir para transformar la tensión en cooperación. No era solo intérprete de lenguas, sino traductora de actitudes y silencios, mediadora entre culturas y puente entre la autoridad de Cortés y las realidades de la expedición.

Mientras caminaba entre las tiendas, sentía el hilo invisible de su influencia recorrer el campamento. Sus consejos y sus gestos podían abrir caminos donde las armas no bastaban, suavizando rencores y construyendo alianzas. Cortés la respetaba como esposa de su capitán y consejera, consciente de que la fuerza de su inteligencia resolvía problemas que la espada solo complicaría. Los soldados la reconocían de manera instintiva, incluso sin comprender del todo su alcance.


Aun así, en su interior convivían la responsabilidad y la nostalgia. La brisa traía aromas de tierra húmeda y sonidos lejanos de la selva, recordándole vidas y mundos que había dejado atrás. Cada pensamiento de aquel pasado podía llenar su pecho de melancolía, pero la presencia de Alonso le devolvía seguridad y complicidad. Con él a su lado, su influencia cobraba sentido: el campamento, las decisiones, los hombres, todo parecía fluir bajo un orden sutil que no dependía de la disciplina militar, sino de la inteligencia, la paciencia y el corazón. En ese instante, Malintzïn comprendió que la verdadera batalla, a veces, no se libraba con la espada, sino con la mirada, la palabra y la fuerza silenciosa de quien sabe guiar sin imponer.


sábado, 27 de septiembre de 2025

33. «Donde Diego y Martín hablan de irse de Úbeda y se lo comunican Catalina y a la familia»

 Han pasado casi dos meses desde que don Gil fue apresado y puesto ante la justicia. Ni Catalina, ni Diego, ni Martín corren ya peligro. La casa de Juan y Antonia había recuperado la tranquilidad y, con ella, una rutina que hacía tiempo parecía inalcanzable.

Sin embargo, en el corazón de Diego y Martín se agitaba una inquietud distinta. Llevaban días dándole vueltas a la idea de reanudar el viaje hacia Sevilla. Allí esperaban encontrar una oportunidad para embarcarse hacia las Américas, donde el futuro prometía fortuna y aventura. Pero no era fácil tomar la decisión de marcharse, y menos aún encontrar la manera de comunicárselo a Catalina.

Desde que se conocieron y tomaron la determinación de viajar juntos en Fuente el Fresno, habían atravesado caminos polvorientos, sorteado peligros y compartido penalidades que los habían convertido en compañeros inseparables. Separarse de Catalina, después de todo lo vivido, les pesaba en el alma. No querían que la despedida fuera dolorosa ni que ella sintiera que la dejaban atrás sin más.

También estaba el asunto de Juan y Antonia. La pareja los había acogido sin pedir nada a cambio, ofreciéndoles techo, comida y protección cuando más lo necesitaban. No querían marcharse sin demostrar su gratitud ni dar la impresión de que, ahora que el peligro había pasado, simplemente se desentendían de ellos.

Una tarde, mientras Catalina ayudaba a Antonia en la cocina, Martín y Diego salieron al patio para discutir por última vez lo que harían.

 —Martín, han sido días maravillosos aquí en Úbeda. Tus tíos nos han acogido muy bien y Catalina... Catalina está feliz con Gonzalo —dijo Diego.

Lo sé, Diego. Pero no podemos olvidar nuestro sueño, nuestra promesa —respondió Martín.

Sevilla y luego las Américas... Lo sé. Pero, ¿cómo se lo diremos a Catalina? Y a tus tíos, que nos han abierto su casa y su corazón.

No lo sé. Pero tenemos que encontrar el momento y las palabras adecuadas.

¿Qué tal si hablamos con Catalina primero? Ella entenderá nuestra necesidad de seguir adelante.

Sí, pero también debemos considerar cómo se sentirá al saber que nos vamos y que ella se queda.

Tienes razón. Pero tenemos que intentarlo.

¿Qué tal si hablamos con ella mañana por la mañana? Así tendremos tiempo para pensar en lo que vamos a decir.

Me parece bien. Y después podemos hablar con tus tíos.

Sí, pero eso será más difícil. Les debemos mucho.

Lo sé. Pero también tenemos que pensar en nuestro futuro.

Tienes razón. Debemos ser valientes y decirles la verdad.

Juntos encontraremos las palabras adecuadas.

Eso espero.

Martín, ¿qué crees que hará Catalina?

No lo sé, Diego. Ella está enamorada de Gonzalo y es feliz aquí. Tiene la familia que merece.

Sí, pero también es una mujer fuerte e independiente.

Tienes razón. Tomará la decisión que sea mejor para ella.

Eso espero.

Diego y Martín se quedaron en silencio, mirando el cielo estrellado, pensativos.

Durante la cena el ambiente era relajado, pero Martín y Diego sabían que pronto cambiaría.


Martín se levantó, seguido por Diego. Ambos se dirigieron a Juan y al resto de la familia.

Tío Juan, tía Antonia, Catalina, Gonzalo —comenzó Martín, su voz un poco temblorosa—. Diego y yo tenemos que hablar con ustedes sobre algo importante.

Juan, que estaba sentado en su sillón, asintió con la cabeza.

Decidnos, muchachos. ¿Qué pasa?

Diego tomó la palabra, mirando a todos a la cara.

Como saben, llegamos a Úbeda huyendo de don Gil. Gracias a ustedes, hemos encontrado aquí un hogar y un refugio. Pero ahora que don Gil está preso y Catalina está a salvo, sentimos que ha llegado el momento de seguir nuestro camino.

Un silencio incómodo llenó la habitación. Catalina bajó la mirada, sintiendo una punzada de tristeza en el pecho.

¿Qué queréis decir? —preguntó Juan, frunciendo el ceño.

Queremos decir que vamos a retomar nuestro viaje a Sevilla —respondió Martín—. Ya no tiene sentido que nos quedemos aquí.

Catalina levantó la cabeza, sorprendida.

¿Y tú, Catalina? —preguntó Diego, notando su silencio—. ¿Qué piensas hacer?

Catalina dudó un momento, pero finalmente respondió:

Yo... yo me quedaré aquí.

La respuesta alivió a Gonzalo, Juan y Antonia, pero en Martín y Diego dejó una punzada de decepción.

Juan se aclaró la garganta y, con una mirada firme pero llena de esperanza, intervino:

Chicos, escuchadme un momento. Sabemos de vuestro deseo de aventura, pero pensad en lo que tenéis aquí. Úbeda es un buen lugar para prosperar. Podéis aprender un oficio, ayudar en los negocios del pueblo y, con el tiempo, construir un futuro seguro. No todo lo que importa está más allá de Sevilla o en las Américas.

Antonia añadió, con voz suave pero convincente:

No os obligamos a quedarte, pero aquí tenéis la oportunidad de crecer sin riesgos innecesarios. Podréis ayudar a Catalina, a Gonzalo, y a nosotros. Tenéis un hogar, amigos y respeto. ¿No es eso también un tesoro?

Martín y Diego se miraron, meditando en silencio las palabras de Antonia y Juan. Sabían que había verdad en lo que decían, pero la llamada de la aventura seguía latiendo en sus corazones.

Como quieras —dijo Martín, esforzándose por disimular su tristeza.

Nos vamos —añadió Diego, con un gesto firme—. Les deseamos lo mejor en todo lo que hagan en sus vidas. Nunca les olvidaremos. Y tú, Catalina, sabemos que serás feliz. Te lo mereces.

La conversación murió ahí, pero la tensión siguió flotando en el aire. Catalina sentía el peso de sus propias dudas, atrapada entre el amor que la ataba a Gonzalo y el impulso de seguir otro camino...



jueves, 25 de septiembre de 2025

3. «Malintzïn. La ceremonia de un nuevo mundo»

Tras varios días en la playa y los campamentos cercanos, Cortés comprendió que era necesario dar legitimidad y orden a la entrega de las mujeres, como le sugerían constantemente Jerónimo de Aguilar y Fray Bartolomé de Olmedo. No solo se trataba de tratarlas bien; debían ser integradas según las costumbres españolas, lo que incluía el bautismo y la bendición de un matrimonio formal.

Antes de cualquier emparejamiento —dijo Cortés a Malintzïn—, habréis de ser bautizadas. La fe y el respeto de nuestra cultura deben acompañaros.

Aunque no comprendía del todo la ceremonia, Malintzïn intuía que aquel ritual establecía un nuevo marco de respeto entre ambos mundos. El bautismo no solo ofrecía protección a las mujeres, también creaba un espacio común donde las normas, los vínculos y las promesas pudieran ser reconocidas por todos:

El bautismo dará legitimidad a los matrimonios —dijo, con voz firme Jerónimo—. Solo así los soldados las respetarán, y ellas podrán sentirse protegidas. Fray Bartolomé asintió reflejando una muestra de victoria.

Aquel domingo, Fray Bartolomé acompañado por Jerónimo de Aguilar como traductor y asistente, realizó la ceremonia de bautismo de las jóvenes. Cada una recibió un nombre cristiano, y Malintzïn pasó a ser conocida como Marina, un gesto que la unía simbólicamente al mundo de los conquistadores.

Después del bautismo, Cortés, siguiendo las indicaciones de Malintzïn, organizó las bodas ceremoniales. Cada mujer fue casada con un capitán o soldado que pudiera cuidarla y respetarla, atendiendo tanto a la prudencia como a la afinidad entre ambos que en días pasados habían estudiado cuidadosamente junto con Jerónimo y la aprobación de los interesados.

Finalmente, llegó el turno de Malintzïn. Su esposo habría de ser Alonso Hernández Portocarrero, un hombre de carácter noble y prudente, que podía respetarla y protegerla dentro del campamento. El capitán de máxima confianza de Cortés. Malintzïn y Portocarrero días atrás habían establecido una relación de confianza que les llevó a la decisión de casarse.


Cuando la ceremonia terminó, el sol iluminaba la playa con sus últimos rayos con tonos dorados y violeta. Malintzïn contempló a las demás mujeres, ahora bautizadas y casadas, y comprendió que había pasado de ser una entregada a convertirse en una pieza clave dentro del orden de la expedición. Su posición frente a Cortés y su papel como mediadora y consejera comenzaban a consolidarse.

En los días siguientes, Malintzïn, junto a la colaboración de Jerónimo, supervisó todo el proceso. Su voz comenzó a tener peso: evaluaba situaciones y corregía malentendidos entre hombres y mujeres. Su influencia crecía con cada decisión. Sabía que estaba aflorando un mundo nuevo. Jerónimo tradujo cuidadosamente las palabras, asegurándose de que ambos entendieran la ceremonia y la importancia de su nuevo estatus.

En los días siguientes, españoles e indígenas, ya unidos en matrimonio, convivían con curiosidad y respeto. Era inevitable que surgieran pequeños malentendidos: gestos mal interpretados, palabras traducidas al pie de la letra, silencios que generaban inquietud entre los recién casados. Jerónimo intervenía con paciencia, aclarando cada confusión, mientras Malintzïn aprendía a convertir la traducción en mediación, y la mediación en influencia. Su presencia no solo facilitaba el entendimiento: comenzaba a modelar el vínculo entre culturas.

El vínculo con Cortés se reforzaba, basado en respeto mutuo, necesidad estratégica y confianza. Malintzïn ya no era solo intérprete; se estaba convirtiendo en una figura indispensable en la organización, protección y diplomacia de la expedición.


miércoles, 24 de septiembre de 2025

32. «La estrella guía. Viernes. Día de mercado»

 Así fueron transcurriendo los días, con la calma habitual de la rutina, pero el peso de los acontecimientos recientes nunca dejó de acechar la mente de Catalina. Era viernes, día de mercado en el pueblo, y como siempre, Antonia, Catalina y Gonzalo se levantaron temprano para preparar los productos que llevarían. El carro, cargado con animales y verduras, esperaba en el umbral de la casa. Antonia revisaba que todo estuviera en orden, mientras Catalina y Gonzalo se aseguraban de que los animales estuvieran listos para el viaje.

¿Todo listo, hija? —preguntó Antonia, mientras recogía unas cestas con huevos frescos.

Sí, madre. Ya está todo. —Catalina intentó sonreír, pero sus ojos no lograban esconder la preocupación que la atenazaba.

Gonzalo, al ver la tensión en el rostro de Catalina, decidió hablar para aliviar la carga del momento.

No te preocupes, mi vida. Todo irá bien hoy. Será otro día como siempre. —dijo Gonzalo con un tono tranquilo, aunque la ansiedad también se reflejaba en sus ojos.

Antes de partir, se despidieron de Juan, Martín y Diego, que se quedarían en casa ocupándose de la huerta y el olivar, además de algunas reparaciones en la cuadra.

Que os vaya bien en el mercado. —Juan les dijo mientras ajustaba el sombrero y se dirigía hacia el olivar con Martín y Diego.

El viaje hacia el mercado se hizo en silencio, con los tres concentrados en sus pensamientos. Al llegar a la plaza, la escena era la de siempre, con los puestos de fruta, carne y pescado seco y ahumado repartidos por el espacio. Sin embargo, un ambiente extraño flotaba en el aire. Los murmullos entre los vendedores y los compradores se entrelazaban, y poco a poco Catalina fue escuchando fragmentos de conversación que no podía ignorar.

¿Oíste lo de don Gil? —preguntó una mujer a otra, mirando a Catalina de reojo mientras acomodaba un cesto de patatas

Sí, parece que se ha escapado. El corregidor lo había citado para que declarara, pero nada. Ahora, hasta han mandado a buscarlo. —respondió la otra con tono de indignación. —Esto solo refuerza lo que todo el pueblo sabe: que la acusación contra él es más que cierta. Lo que hizo a Catalina... no tiene perdón.

Catalina apretó los dientes, sintiendo que el estómago se le apretaba al escuchar sus palabras. Los comentarios continuaron, cada vez más fuertes, como si todos en la plaza supieran lo que había sucedido.

Antonia, que había estado escuchando en silencio, se acercó rápidamente a Catalina, notando su inquietud.

Tranquila, hija. La justicia se encargará de todo. —le susurró, poniéndole la mano sobre el brazo.

Pero Catalina, que ya no podía ocultar su ansiedad, murmuró con voz quebrada:

Y si no... ¿Y si él sale de su escondite? ¿Y si viene a vengarse de mí? No estoy tranquila, madre...

Antonia, al ver el miedo en los ojos de su hija, giró hacia Gonzalo.

Gonzalo, llévatela a casa ahora mismo. Quédate con ella. Yo me quedo aquí a vender, y le dirás a tu padre que venga pronto. —dijo con firmeza, y sin esperar respuesta, tomó las riendas del carro y se dirigió a su lugar en el mercado.

Gonzalo asintió y, tomando suavemente la mano de Catalina, la guio hacia el camino de regreso.

Vamos, mi amor. Te acompañaré hasta que te sientas mejor. —dijo Gonzalo en voz baja, dándole una ligera sonrisa que no lograba ocultar su preocupación.

Catalina no dijo nada. Tomó la mano de Gonzalo con fuerza y, juntos, llegaron a casa. Catalina se quedó en el interior, mientras Gonzalo se dirigía a la cuadra para darle el aviso a su padre. Al verlo, le preguntó preocupado por el motivo de su llegada temprana.

¿Qué pasa? —le preguntó, alzando una ceja.

Ya madre te contará —respondió Gonzalo, intentando no preocuparle demasiado—. Ve con ella, que está sola.

Cuando Gonzalo entró en la casa, encontró a Catalina cabizbaja, con la cara entre las manos y sollozando en silencio. La idea de que Don Gil pudiera estar cerca, observándola desde las sombras, la hizo sentirse más vulnerable que nunca. El miedo a lo desconocido la envolvía, aunque al mismo tiempo no podía evitar pensar que la justicia finalmente se había puesto en marcha y que, de alguna manera, nada podría detenerla ahora.

Gonzalo se sentó a su lado, abrazándola con ternura. Le dio un suave beso en la mejilla, tratando de calmarla, aunque sabía que no era fácil. Catalina se abrazó fuertemente a él, buscando consuelo en su cercanía, y por un momento, el mundo exterior pareció desvanecerse, como si el único refugio posible estuviera en sus brazos...

31. «La estrella guía. El nuevo juicio»

El día de la audiencia contra Don Gil llegó, y la familia entera acompañó a Catalina. Cuando llegaron al ayuntamiento, muchos vecinos ya se encontraban reunidos frente a las puertas. Los murmullos de solidaridad se mezclaban con los sonidos de los pasos apresurados de los que iban entrando a la casa consistorial.

Uno de los vecinos, Tomás, el buhonero, se acercó a Catalina y la miró con una expresión de apoyo.

No te preocupes, Catalina. Sabemos que lo que dices es cierto —le dijo en voz baja, antes de darle un abrazo breve pero reconfortante—. No estás sola en esto. Muchos hemos visto lo que Don Gil es capaz de hacer.

Con un nudo en la garganta, Catalina asintió y, en silencio, se adentró en el edificio, acompañada de Diego y Martín. La tensión era palpable, pero el apoyo de los suyos le dio algo de fuerza.

Catalina fue la primera en ser llamada. El corregidor la miró desde su escritorio con una expresión impasible advirtiéndole que tenía la obligación de decir la verdad. Cuando ella comenzó a hablar, su voz, aunque temblorosa, no dejó de ser firme.

Desde el primer día que llegué al cortijo de Baños de la Encina —empezó—, noté que Don Gil me miraba de una manera distinta, como si me viera como algo más que una simple criada.

El corregidor, detrás de la mesa, se inclinó levemente hacia adelante mostrando interés, pero no interrumpió.

Cada día que pasaba, él se acercaba más, me hacía hablar a solas o me pedía que fuera a su despacho. Me dijo que si le concedía mis favores, podría vivir una vida mejor.

Las palabras de Catalina resonaron en la sala como un eco doloroso. El corregidor no mostró emoción alguna, pero la sala se llenó de un silencio pesado. Catalina continuó:

Hubo ocasiones en las que me arrinconó... intentó besarme y tocó mi cuerpo. En esos momentos, me sentí humillada, atrapada, aterrada. No sabía qué hacer...

Un sollozo se le escapó, y con las manos temblorosas, secó las lágrimas que caían de sus ojos.

¿Y qué hiciste entonces? —preguntó el corregidor, su voz fría como el metal.


Catalina tragó saliva y miró al juez con determinación.

Les conté lo que estaba pasando a mis amigos, a Diego y a Martín. Y cuando las circunstancias lo permitieron, decidimos escapar. No podía seguir viviendo así.

El corregidor la observó en silencio antes de darle la orden de salir de la sala.

Gracias, Catalina. Te llamaremos nuevamente cuando hayamos escuchado a los demás.

Ella volvió a su lugar con lágrimas en los ojos, pero con una sensación extraña de alivio al saber que había dicho toda la verdad.

A continuación, fueron llamados Diego y Martín. Ambos ratificaron lo dicho por Catalina, con palabras simples pero firmes.

Lo que ha dicho Catalina es la pura verdad —dijo Diego al corregidor, mirando a los ojos de su amigo—. Nosotros estábamos allí, notamos el cambio de carácter de Catalina con el paso de los días.

Martín asintió con la cabeza.

Lo que Don Gil hizo no fue más que una vergüenza, una infamia —añadió. Entre los hombres del cortijo corrieron rumores de la actitud del dueño. Tratamos de hablar con Catalina, pero callaba. Lo hacía para no preocuparnos. Así fue, hasta que ya no pudo más y nos contó todo. Ahí fue cuando decidimos escapar.

Con las declaraciones de ambos, el corregidor les informó que se reunirían nuevamente una semana después, tras escuchar a Don Gil y poder estudiar todo con calma. Con todo estudiado, decidiría abrir un nuevo juicio si hubiera motivos.

Cuando salieron del ayuntamiento, el número de vecinos reunidos había crecido considerablemente. La multitud se apiñaba a las puertas de la casa consistorial, mostrando su apoyo sin dudarlo.

¡Catalina, Diego, Martín! —gritó Tomás desde la multitud—. Sabemos que decís la verdad. No estáis solos. ¡Toda el pueblo está con vosotros!

Las palabras del vecino resonaron entre los presentes, y un suspiro colectivo se sintió en el aire.

El regreso a casa, arropados por Antonia, que abrazaba a Catalina con amor maternal, Juan y Gonzalo, fue en silencio, la gente caminaba en fila, el peso de la situación les envolvía. Una vez en la casa, el mediodía estaba ya alto, y decidieron pasar la tarde en casa, alejados de la tensión del mundo exterior. Catalina, con la cabeza llena de pensamientos, se dirigió al corral.

Vamos, que la vaca no va a esperar —dijo Gonzalo, intentando aligerar el ambiente.

Catalina sonrió débilmente, agradecida por la normalidad de la tarea.

Sí, vamos a ordeñar. Al menos por un rato, que todo parezca como antes —respondió ella, intentando encontrar consuelo en las pequeñas rutinas del día a día.

Sin embargo, todos sabían que el futuro seguía siendo incierto. Las tareas del campo y de la huerta quedaron para el día siguiente. Ese día, como si el tiempo quisiera ofrecerles un respiro, las tareas se redujeron a lo estrictamente necesario. Sin embargo, en la casa de Catalina, el futuro se sentía suspendido en el aire, como una sombra que aún no se atrevía a desvelar su verdadero rostro...

lunes, 22 de septiembre de 2025

2. «Malintzïn. La palabra es poder»

Los días siguientes en la playa y en los campamentos cercanos fueron de observación y aprendizaje. Malintzïn permanecía atenta a cada gesto, cada palabra, cada reacción de los soldados, los indígenas y Cortés. Jerónimo de Aguilar se convirtió en su guía constante, repitiendo sonidos, explicando significados y corrigiendo errores.

Pero no solo le enseñaba a hablar. Una tarde, mientras el sol descendía sobre las tiendas y los mástiles de los barcos proyectaban sombras largas sobre la arena, Jerónimo extendió unas hojas de papel sobre una mesa y le fue mostrando los símbolos que componían el modo de hablar de los españoles. En pocos días, ella los memorizó y aprendió a combinarlos.

Ahora escribe —le dijo con voz serena—. Las palabras no solo se dicen; también se trazan. Así dejan huella.

Malintzïn observó el ppapel como quien contempla un mapa secreto. Jerónimo tomó su mano con delicadeza y dibujó con ella la primera letra: una “S” firme, curvada como una serpiente. Luego la soltó, y ella continuó sola, formando la palabra “Señor” con trazo tembloroso pero decidido.

Cada tarde, entre traducciones y silencios, practicaban juntos. Jerónimo le mostraba cómo unir las letras, cómo repetir los sonidos en su mente mientras la tinta se secaba. Malintzïn aprendía con rapidez, no solo el alfabeto, sino el poder de escribir lo que otros solo decían.

Pronto comenzó a escribir palabras nuevas: Nueva España, Cortés, capitán, Jerónimo, soldado, caballoNo eran solo vocablos; eran herramientas. Con cada línea trazada, sentía que tejía un puente entre mundos, uno que no dependía solo de la voz, sino de la permanencia del signo. Aprendía con presteza el idioma de aquellos barbudos llegados en naves que parecían palacios. Hombres dispuestos para la guerra y ansiosos de riquezas, pero que ella trataría de llevar por otros caminos trazados no con espadas, sino con palabras que perduran.

Malintzïn le escuchaba, repitiendo los sonidos con cuidado. Cada sílaba era un hilo que le permitiría construir su propia voz ante los conquistadores. Pronto se dio cuenta de que no bastaba con aprender las palabras; había que entender las intenciones detrás de ellas.

Esa noche, mientras los soldados dormían y el fuego crepitaba bajo las estrellas, Malintzïn se sentó junto a unos papeles que Jerónimo había dejado sobre una mesa. Tomó la pluma con decisión, mojó la punta en tinta y comenzó a escribir sin ayuda.

Primero trazó, negociación, paz, convivencia... Palabras que había escuchado, repetido, comprendido. No eran solo vocablos; eran herramientas. Con cada línea trazada, sentía que tejía un puente entre mundos, uno que no dependía solo de la voz, sino de la permanencia del signo.

Al amanecer, Cortés se acercó al pergamino y leyó en silencio. Frunció el ceño, luego alzó la vista hacia ella.

¿Esto lo escribiste tú? —preguntó.

Malintzïn asintió, sin bajar la mirada.

¿Y por qué estas palabras?

Porque son los caminos que existen —respondió ella, en un castellano aún imperfecto, pero claro.

Cortés guardó silencio. Jerónimo, a su lado, sonrió con discreción. La joven que había llegado como ofrenda ahora escribía el lenguaje del poder. Y lo hacía con intención.

El capitán extremeño se retiró a su tienda con el pergamino en la mano. Con él iba Alonso Hernandez de Portocarrero, uno de sus capitanes; el capitán en quien más confiaba. Lo había leído varias veces, como si las palabras escritas por Malintzïn pudieran revelar algo más que su significado literal. Negociación. Paz. Convivencia. Caminar... No era una lista cualquiera. Era una declaración.

Se sentó con la mirada fija en las palabras trazadas con pulso firme. No eran torpes ni infantiles. Eran seguras, meditadas. No solo había aprendido a escribir: había elegido qué escribir.

Tiene intención. Aprende muy rápido. Es muy inteligente. —murmuró, casi para sí mismo.

Desde fuera de la tienda, Malintzïn se había acercado sin hacer ruido. La hoja de papel que había escrito había desaparecido del lugar donde lo dejó, y la curiosidad —entretejida con una intuición aguda— la llevó a seguir los pasos de Cortés.

La lona apenas se movía con el viento nocturno, y entre sus pliegues, las voces se filtraban como hilos de humo.

¿La muchacha? —preguntó Portocarrero.

Sí. No solo traduce. Piensa. Elige. Nos observa.

El capitán frunció el ceño.

¿Y eso es peligroso?

Cortés sonrió, sin humor.

Eso es útil. Pero también exige cuidado.

Guardó el papel en su cofre personal, junto a mapas y cartas. No era un simple ejercicio de escritura. Era el primer gesto de alguien que empezaba a hablar en su lengua… pero no necesariamente en su favor.

Esa noche, mientras el campamento dormía y el mar susurraba en la distancia, Malintzïn volvió al pergamino. Sabía que Cortés lo revisaría. Sabía que cada palabra escrita era ahora una semilla en terreno vigilado.

Tomó la pluma con calma, mojó la punta con tinta, y escribió despacio, con pulso firme:

«El que no escucha, camina solo.»

Dejó la frase allí, entre los mapas y las listas de provisiones, como quien deja una piedra en el camino para que el otro tropiece.

Al amanecer, Cortés encontró el pergamino. Lo leyó en silencio. Pensativo, entendió que debía apoyarse en aquella mujer. Malintzïn se revelaba como la clave silenciosa para tratar de abrir puertas sin violencia.

Un día, mientras el capitán discutía con sus oficiales sobre qué camino tomar hacia un poblado cercano, un malentendido surgió de inmediato.
—¡Nos están engañando! —dijo uno de los capitanes en voz baja, refiriéndose a los indígenas.

Jerónimo tradujo al náhuatl con un matiz más áspero del necesario, y las palabras, al llegar a oídos de los nativos, sonaron como una acusación. Los hombres comenzaron a retroceder, mirándose entre sí con recelo y murmurando inquietos.

¡Alto! —intervino Malintzin con firmeza, adelantándose—. Ellos no buscan enfrentamiento; solo señalan el camino.

El murmullo cesó poco a poco. Los soldados bajaron las armas, y los indígenas bajaron lentamente las lanzas, intercambiando miradas de alivio. Malintzin los miró a los ojos y sonrió apenas, consciente de que su intervención había evitado que un malentendido se convirtiera en tragedia.

Esa tarde, mientras caminaban entre los arbustos y la playa, Malintzïn empezó a usar lo aprendido de Jerónimo para intervenir ella misma:

Seguir el sendero del agua —Cortés asintió, sorprendido por la rapidez con que había aprendido.

Bien —dijo—. Confío en ti. —Su voz era firme, pero había un dejo de respeto que la mujer percibió con satisfacción.

A veces surgían pequeños momentos de humor involuntario. Un soldado señalaba algo, y Malintzïn lo traducía de manera demasiado literal. Cortés y Jerónimo se miraban y sonreían, mientras los indígenas fruncían el ceño ante el extraño castellano que llegaba filtrado por la traducción triple. Cada error se convertía en un aprendizaje, y cada éxito consolidaba la posición de Malintzïn como intérprete indispensable.

Con cada día que pasaba, Malintzïn comprendía mejor no solo las palabras, sino también las estrategias, los temores y los deseos de todos los presentes. Cortés empezaba a depender de ella cada vez más, no solo como intérprete, sino como consejera capaz de entender la psicología de los pueblos que iban encontrando. Jerónimo, paciente y atento, seguía resolviendo malentendidos, enseñando y permitiendo que la joven intérprete construyera su propia voz.

El sol se ocultaba detrás del horizonte, tiñendo el mar de naranja y violeta. Malintzïn observó a Cortés y a los soldados mientras organizaban el campamento. Sabía que cada palabra, cada gesto y cada decisión la acercaban a un lugar de poder dentro de aquella extraña alianza.

Había comenzado como una ofrenda de los tabasqueños; ahora se estaba convirtiendo en alguien capaz de influir, aprender y sobrevivir, tejiendo un vínculo que cambiaría la historia.

La tienda de lona que servía como vivienda para las jóvenes crujía suavemente con el viento. Dentro, las muchachas se habían reunido en círculo, sentadas sobre mantas e iluminadas por una lámpara de aceite. El día había sido largo, y la incertidumbre pesaba como el calor húmedo que no se disipaba.


Una de ellas, de rostro redondo y ojos brillantes de un azabache intenso, rompió el silencio:

—¿Y si nos llevan lejos? ¿Y si no volvemos a ver nuestras familias?

Otra, más joven, apretaba los puños sobre su regazo:

—No sabemos qué quieren de nosotras. No sabemos su lengua. No sabemos si nos respetarán.

Malintzïn las observó con calma. Su mirada recorría cada rostro, cada gesto. Sabía que el miedo era intenso, pero también sabía que el miedo podía volverse veneno si no se hablaba.

—Nos están tratando bien —dijo, con voz firme pero serena—. No como esclavas. No como botín. Cortés ha dado órdenes claras. Jerónimo traduce con cuidado. Y fray Bartolomé de Olmedo… él habla de respeto, de alma, de paz.

Las mujeres la miraron, algunas con escepticismo, otras con alivio. Malintzïn continuó:

—No podemos cambiar lo que ha pasado. Pero sí podemos decidir cómo enfrentar lo que viene. Si aprendemos su lengua, si entendemos sus gestos, si sabemos cuándo hablar y cuándo callar… podremos protegernos. Y quizás, influir.

Una de las mayores, que hasta entonces había guardado silencio, asintió lentamente.

—Tú ya los entiendes. Nosotras te seguiremos.

Malintzïn sonrió apenas. No era una sonrisa de triunfo, sino de compromiso. Se acercó al centro del círculo y tomó la mano de la joven que había hablado primero.

—No estamos solas. Estamos juntas. Y eso, aquí, es fuerza. Yo os enseñaré su lengua y sus símbolos.

Fuera, el mar seguía susurrando. Dentro, las mujeres se acomodaron para dormir, con el corazón aún inquieto, pero menos solo...




sábado, 20 de septiembre de 2025

30. «La estrella guía. El día siguiente al juicio»

 El día siguiente al juicio amaneció con una calma extraña, casi solemne, tras la bulliciosa celebración de la víspera. El eco de la música y las risas aún flotaba en el aire, pero todos se habían levantado tarde, arrastrando los efectos de la fiesta que se extendió hasta las primeras luces del día. Las calles de Úbeda, que la noche anterior habían estado llenas de júbilo, amanecieron desiertas, con apenas alguna vecina que, bostezando y estirándose, barría la entrada de su casa o recogía las mesas que habían quedado fuera. Unos pocos rezagados, aún somnolientos, cruzaban la plaza con paso lento, mientras el aroma a pan recién horneado comenzaba a impregnar el aire.

Ni el canto del gallo que anunciaba el amanecer, ni el cacareo de las gallinas en el corral, ni el mugido de la vaca y el ternero, ni los rebuznos de las mulas, ni el balido de las dos cabras, lograron romper el sueño profundo de los miembros de la familia. Solo cuando los rayos dorados del sol comenzaron a incidir directamente sobre las caras de Antonia y Juan, estos se despertaron, sorprendidos por lo tarde que era.

¡Despierta, Juan! —dijo Antonia, tocando suavemente su hombro—. Ya es hora, hemos dormido demasiado.

Juan, con los ojos entrecerrados por el cansancio y el exceso de vino, se estiró y, viendo el sol muy elevado, rápidamente despertó a los demás. Era un día diferente al resto, uno en el que la celebración había dejado su huella, pero la vida debía seguir su curso.

Ni bien se levantaron, sin perder tiempo en desayunar, se dirigieron al corral a atender a los animales. Antonia, siempre tan hacendosa, se dirigió hacia la vaca para ordeñarla y asegurarse de tener leche fresca para el día. Mientras tanto, Catalina, con su agilidad habitual, comenzó a preparar algo para el resto de la familia, aunque sabían que no podrían sentarse a comer hasta que terminaran las labores. Con su carácter amable y generoso, aprovechó para preparar algo sencillo pero nutritivo.

Juan y Gonzalo se encargaron de limpiar las jaulas de las gallinas y de los conejos, mientras les disponían grano y hierbas para su alimentación. El sonido de los animales picoteando y el aroma del campo parecían calmar la atmósfera, que aún conservaba algo de la alegría de la víspera. Diego y Martín, igualmente ocupados, se encargaron del establo de las mulas, limpiando su espacio y disponiendo hierba fresca para ellas. Cada uno, con su tarea bien definida, trabajaban en silencio, aunque sus miradas se cruzaban de vez en cuando con sonrisas cómplices.

Una vez que los animales estuvieron atendidos y la familia se aseó en el pozo del patio, todos se reunieron en la cocina. Catalina ya había dispuesto la mesa con esmero. La leche, recién hervida, con achicoria aromatizaba el aire, y sobre la mesa había trozos de queso, tocino, gachas y tostadas con miel, un manjar sencillo pero delicioso. La familia se acomodó alrededor de la mesa, y la atmósfera, aunque tranquila, estaba cargada de un aire de satisfacción y paz.

Gonzalo y Catalina, sentados juntos, no ocultaban el amor que se profesaban. Se miraban con una complicidad que era evidente para todos. La felicidad de estar juntos, después de tanto tiempo ocultándose, era palpable en sus ojos. El resto de la familia los observaba sonriendo con complicidad. Sabiendo que el pleito había quedado totalmente a su favor, la calma reinaba en la familia.

Era un día para disfrutar de la calma, para descansar y celebrarlo en la intimidad. Ese día, las labores se dejarían para la mañana siguiente. La familia, ahora más unida que nunca, decidió pasar el día juntos. Conversaron, recordaron anécdotas divertidas, y se reían mientras la luz del día caía suavemente sobre la mesa. No había prisas, no había preocupaciones, solo la calidez de estar en casa, rodeados de los suyos.

Era el inicio de una nueva etapa. La familia había superado muchas adversidades, pero lo que quedó claro aquel día fue que la justicia, la verdad y el amor siempre encontrarían su camino.

Los días previos a la nueva audiencia ante el corregidor transcurrieron con una calma aparente. El sol brillaba sin tregua, pero en la casa, la tensión era palpable. La rutina de siempre, dedicada a las labores cotidianas de la casa, de la huerta, del olivar y de los animales, parecía transitar por una senda de normalidad que, sin embargo, no lograba disimular la inquietud que se había apoderado de Catalina. Cada vez que sus manos tocaban la tierra o levantaba el cubo de agua, su mente se desviaba hacia lo sucedido en el cortijo de Baños de la Encina. Sentada junto al pozo del patio, a su mente llegaban recuerdos del pasado reciente y preocupaciones por el futuro.


Diego se acercó a ella.

¿Estás bien, Catalina? —preguntó, mirándola con preocupación.

No lo sé... —respondió ella, secándose las manos en el delantal—. Cada vez que pienso en lo que pasó... no puedo dejar de sentirme atrapada en eso. ¿Qué será de nosotros si todo sale mal? Don Gil tiene mucho poder y nosotros solo somos labriegos. puedo dejar de sentirme atrapada en eso. ¿Qué será de nosotros si todo sale mal? Don Gil tiene mucho poder y nosotros solo somos labriegos.

Diego asintió, sabiendo que las palabras no serían suficientes para aliviar su angustia, pero también comprendía que todo lo que podía hacer era apoyarla.

Lo que diga el corregidor será justo, Catalina. No estás sola. Nosotros estamos contigo —dijo Diego con firmeza, dándole una ligera palmada en el hombro.

A pesar de la promesa, Catalina no podía dejar de preocuparse. ¿Qué sucedería si Don Gil lograba manipular la situación? En su mente, los recuerdos del cortijo la acosaban constantemente, cada uno más vívido que el anterior...



A mis, pocos, pero queridos lectores

Llevo un tiempo sin publicar las continuaciones de los relatos que estoy desarrollando. Estoy atravesando un pequeño parón creativo. Tengo a...