lunes, 24 de marzo de 2025

«Don Juan. El maestro de lenguaje»

 


      En la escuela del barrio de al lado, formada por módulos prefabricados, Don Juan, un maestro de la «vieja escuela», daba clases de lenguaje a los alumnos de 4º, 5º y 6º. De los que castigaban en la palma de la mano o en la punta de los dedos; de los que daban tirones de las patillas o nos ponían de rodillas con los brazos en cruz, sosteniendo pesados libros. Era conocido en todo el barrio no solo por sus métodos, sino también por su dedicación y su obsesión con la buena ortografía y oratoria. Para él, cada tilde, cada coma y cada punto eran como notas musicales en una sinfonía: imprescindibles para crear armonía.

     Cada mañana, Don Juan llegaba a clase con su cara siempre seria. Nunca se le vio una sonrisa bajo sus ya canosos y poblados bigote y barba, pero siempre traía un desafío para que sus alumnos aprendiéramos a escribir, hablar y leer correctamente, y sobre todo, a comprender lo que leíamos. Al principio, a sus alumnos no nos hacía mucha gracia, porque pensábamos que las reglas eran demasiado complicadas. Pero Don Juan tenía una forma especial de enseñar: convertía la ortografía en un juego.

     Por ejemplo, organizaba las «Batallas de las Letras», donde dividía la clase en equipos y teníamos que corregir frases con errores. También ideaba concursos para corregir palabras homónimas mal utilizadas, como «tubo» y «tuvo». Incluso, los viernes organizaba «El Viernes de la Gran Redacción», donde los mejores obtenían como premio no salir a la pizarra o al «estrado» la semana siguiente.

     Sin embargo, lo más especial de Don Juan era cómo nos hacía entender que la ortografía y la oratoria no eran solo cuestión de reglas, sino de respeto hacia uno mismo y hacia los demás: «Cuando escribimos y hablamos bien —decía— demostramos cuidado, claridad y consideración por quienes leen y escuchan nuestras palabras». Con el tiempo, sus alumnos no solo mejoramos la oratoria y la ortografía, sino que comenzamos a disfrutar de ellas. Incluso, algunos comenzaron a escribir cuentos, poemas y cartas para sus familias, orgullosos de cada palabra bien escrita.

     El tiempo pasó. A algunos nos trasladaron a una escuela nueva en nuestro barrio, Iralabarri. «Irala» en habla habitual: moderna, amplia y con buenas instalaciones. Años después, algunos de sus alumnos/nas, estábamos en clases separadas de las niñas, se convirtieron en periodistas o maestros/as. Pero todos siempre recordábamos al excéntrico pero apasionado Don Juan en nuestras charlas sobre recuerdos infantiles. Los que fuimos sus alumnos en el barrio coincidíamos en nuestras conversaciones sobre aquella escuela de barracones prefabricados en Larrasquitu y sobre él: su estricta disciplina. Todos estábamos de acuerdo en que fue muy importante para nuestra formación. A pesar de los recuerdos de sus severos castigos, todos reconocíamos que fue fundamental en nuestra formación. No solo se preocupaba por inculcarnos un buen uso del idioma, sino también por nuestro comportamiento como futuros ciudadanos. No era extraño que impartiera castigos cuando, en el camino hacia la escuela o nuestras casas —camino que compartíamos con él durante un buen trecho— nos veía hacer alguna pillería o trastada. Incluso contaba con el beneplácito de nuestros padres. De nada servía quejarnos a ellos sobre su dureza; la respuesta solía ser: «Eso te hará un hombre».

     Con el cambio de colegio, todo cambió. Llegaron otros métodos, más modernos; otros profesores, más jóvenes. Aunque aún vivíamos en dictadura, sus últimos coletazos, ya no se cantaban, con el brazo derecho en alto, himnos «patrióticos» en formación antes de entrar a las aulas. Surgió una relación de casi colegueo con los profesores, excepto con Ana, la profesora de sociales, que, pese a ser aún joven, guardaba las formas. Elena, la profesora de lenguaje, ya había pasado la cincuentena y tenía una ayudante, Mari Carmen, que… Elena, siendo buena maestra, no tenía el don de Don Juan. Sus clases eran distintas: casi no había dictados ni redacciones, tampoco castigos severos. No, es que no castigaba. Simplemente recomendaba repasar la lección.

     Hoy, 24 de marzo de 2024, una amiga me ha hecho recordar a Don Juan. Aunque él ya hace muchos años que no está en este mundo, su legado vive en cada tilde bien colocada y en cada palabra bien escrita y dicha por sus alumnos. Fumaba Celtas sin boquilla continuamente. Vestía siempre de traje oscuro. Tenía una cartera de cuero marrón ya ajada por los años. Gracias, Don Juan. ¡Y cómo dibujaba...!

https://www.youtube.com/watch?si=nSUEyvZfcMJAU-sJ&v=Vl5r7ixRg0s&feature=youtu.be






No hay comentarios:

Publicar un comentario

A mis, pocos, pero queridos lectores

Llevo un tiempo sin publicar las continuaciones de los relatos que estoy desarrollando. Estoy atravesando un pequeño parón creativo. Tengo a...