Sayf ibn Malik había servido con lealtad como capitán de la guardia del sultán en Granada. El más bravo de sus guerreros y en el que tenía depositada toda su confianza. Su más fiel apoyo ante las intrigas palaciegas y en el campo de batalla. Su espada había protegido los muros de la Alhambra y su voz firme había resonado en aquellos patios de mármol. Pero su destino cambió cuando se cruzó en el camino de Aisha, la primera esposa de Abú ul-Hasan 'Alí ibn Sa‘ad, Mulay Hasan. El sultán nazarí del Reino de Granada.
Su amor fue clandestino, tejido en las sombras de la noche cuando el sultán se ausentaba de Granada y en los pasillos secretos de la ciudad palatina. Sabían que aquello era un juego temerario, pero la pasión fue más fuerte que el miedo… hasta que los descubrieron.
Mulay Hasan, cegado por la furia, juró que Sayf no vería otro amanecer. La muerte era el castigo justo para su traición. Sin embargo, la suerte quiso que el capitán lograra escapar. Huyó de Granada sin saber cuál sería el destino de Aisha, sin poder huir con ella.
Cruzó las montañas nevadas que veía desde la Alhambra, llegó hasta el mar, pero algo extraño comenzó a suceder. A medida que se alejaba, el tiempo parecía desmoronarse a su alrededor. Caminaba sin rumbo fijo, los días y las noches se desdibujaban, y su cuerpo nunca sentía hambre ni sed. Era como si su castigo fuera no morir, sino vagar eternamente.
Los años y los siglos pasaron sin que se diera cuenta… Hasta hoy.
Sayf emergió de la torre, tambaleante, sintiendo por primera vez en siglos el peso de la realidad. El aire era distinto, más frío, cargado con un olor extraño que no pertenecía a las tierras que conocía. La Luna se alzaba sobre un horizonte que ya no reconocía.
Su mano aún buscaba el mango de su alfanje. Sus ropajes de bravo guerrero nazarí permanecían incólumes, su piel, intacta a pesar del tiempo transcurrido. No sentía el hambre de los hombres, ni el cansancio de los vivos. Pero estaba allí. Había vuelto.Frente a él, el paisaje del pueblo se extendía bajo una luz artificial que le resultaba imposible de comprender. Edificios de líneas rectas, caminos de «piedra negra», luces sin fuego. La sombra de la torre seguía proyectándose a su espalda, pero su reino había desaparecido: Granada.
La palabra ardió en su mente como un eco lejano. ¿Dónde estaba su ciudad? ¿Dónde estaban los muros carmesíes de la Alhambra?
Pero nada de eso importaba. Solo un nombre seguía latiendo en su pecho: Aisha.
Dio un paso hacia adelante y el suelo pareció temblar bajo sus pies. No tenía respuestas, solo un anhelo. Siglos de errar lo habían traído hasta este instante.
Mientras, cuesta abajo, se dirigía hacia es extraño pueblo, a mitad de camino escuchó una voz: ¡Mi amor, espera!

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