Es otoño y la vida en las tierras de Fuente el Fresno era sosegada El ambiente en el pueblo comenzaba a agitarse con los preparativos para la fiesta de Santa Cecilia. Las calles se engalanaban con cintas y flores, y los habitantes se afanaban en dejar todo listo para una de las festividades más importante del año. La ermita, situada en un cerro a las afueras, también recibía atención par parte de los vecinos. Se encalaban sus paredes y se reparaban desperfectos. Sin embargo, Martín y Diego tenían en mente un plan distinto, uno que no tenía que ver con las celebraciones.
Martín: (mientras reparaba un arado en la herrería) —Dos semanas… Ese es el tiempo que tenemos para planearlo todo. Con el pueblo lleno de gente y el bullicio de la fiesta, nadie se dará cuenta de nada.
Diego: (sentado cerca, afilando su navaja) —Lo difísil será convencer a Catalina. No podemos apresurarla, pero estoy seguro de que aseptará. Cada vez que hablamos con ella, parese más desidida a dejar esa casa.
Martín: —Y si conseguimos que Tomás y Andrés nos echen una mano, será más fácil. Ellos son buenos para cubrirnos las espaldas.
Diego: —El carro de la familia de Tomás puede sernos muy útil para alejarnos del pueblo.
Ambos acordaron que la primera parte del plan sería hablar con Catalina y contarle sus intenciones. El domingo siguiente, aprovechando la excusa de una cacería en las Tablas de Daimiel, Diego y Tomás se dirigieron hacia los alrededores de la casa de los Mendieta.
Cargados con sus escopetas y un zurrón con algo de chorizo, pan y vino, caminaron hasta un prado cercano donde solían encontrar a Catalina cuidando de las ovejas. Como habían previsto, allí estaba, sentada sobre una roca, vigilando a los animales mientras el viento jugaba con los pliegues de su falda.
Diego: (levantando la mano en un gesto amistoso) —¡Catalina! ¿Nos esperabas?
Catalina levantó la vista, sorprendida, pero al reconocerlos, les dedicó una sonrisa que denotaba la confianza que había ido construyendo con ellos.
Catalina: —No, pero ya me extrañaba no veros por aquí en tanto tiempo. ¿De caza otra vez?
Martín: (riendo mientras señala el zurrón) —Caza sí, pero de perdices y buenos liebres. Aunque hoy también queremos hablar contigo.
Catalina frunció el ceño, algo desconcertada, mientras los jóvenes se sentaban en el suelo cerca de ella. Diego, con un tono calmado pero directo, tomó la palabra.
Diego: —Catalina, sabemos que tu situasión en esa casa no es fásil. Hemos hablado mucho, y creemos que podemos ayudarte… si tú lo permites.
Catalina los miró con atención, aunque no dijo nada. Su expresión, mezcla de curiosidad y cautela, les dio el impulso necesario para continuar.
Martín: —Queremos sacarte de aquí, Catalina. Con las fiestas de Santa Cecilia, habrá tanta gente en el pueblo que nadie notará nada. Será el momento perfecto.
Diego: (añadiendo con firmeza) —Nosotros tampoco estamos atados al pueblo. Podemos irnos contigo y empesar de nuevo en otro lugar. Ya pensaremos a dónde, pero lejos de aquí, donde no tengas que soportar esa vida.
Catalina apartó la mirada hacia las ovejas, mordiéndose el labio con nerviosismo. Por unos instantes, pareció querer decir algo, pero la duda la detenía. Finalmente, habló, con voz temblorosa.
Catalina: —¿Y si algo sale mal? ¿Y si nos descubren? Mi tía... mi tío... No se quedarán tranquilos si desaparezco. Recurrirán a la justicia.
Diego: (acercándose un poco más) —No va a salir mal, Catalina. Nos ocuparemos de que nadie se dé cuenta de nada. Andrés y Tomás nos ayudarán en lo que sea nesesario. No tienes que preocuparte por eso.
Martín: (intentando suavizar el ambiente) —Además, piensa en lo que te espera si te quedas aquí. No hay nada que te retenga, ¿verdad?
Catalina guardó silencio, pero finalmente asintió lentamente. Sus ojos reflejaban miedo, pero también una chispa de esperanza.
Catalina: —Lo pensaré. Si vais a ayudarme, no quiero ser una carga para vosotros.
Diego: (con una leve sonrisa) —No eres una carga, Catalina. Solo queremos que tengas la vida que mereses.
La tarde llegaba, tiñendo el cielo de tonos anaranjados. Catalina se levantó con el palo en la mano, mirando hacia el sendero que la llevaba de vuelta a casa.
Catalina: —Dejadme pensar unos días. Pero gracias... por todo.
Martín: —Tómate tu tiempo, Catalina. Solo asegúrate de estar lista cuando llegue el momento.
Los jóvenes la observaron mientras regresaba hacia la casa, cuidando del pequeño rebaño que caminaba delante de ella. Diego y Martín permanecieron en el prado unos minutos más, hablando en voz baja sobre los detalles del plan antes de emprender el camino de vuelta al pueblo. La decisión final estaba en manos de Catalina, pero ambos confiaban en que aceptaría
El miércoles siguiente amaneció con el bullicio habitual del mercado semanal. Carros cargados con mercancías llegaban desde los alrededores, y los mercaderes instalaban sus puestos en la plaza de Fuente el Fresno. El aire olía a frutas frescas, especias y el ocasional aroma a pescado seco, mientras las voces de los comerciantes se mezclaban con las de los compradores.
Catalina llegó al mercado junto a su tía, quien llevaba una cesta vacía en un brazo y un gesto severo en el rostro. Catalina, en silencio, seguía sus pasos mientras su tía regateaba con los vendedores. Era una de las pocas ocasiones en las que la joven podía salir de la casa, pero incluso entre la multitud, su figura delgada y su actitud reservada parecían pasar desapercibidas para la mayoría.
Sin embargo, no para Diego, que estaba en la taberna ayudando a atender a los parroquianos. Desde la puerta, vio a Catalina detenerse un instante en la plaza y girar la cabeza hacia el mesón. Su mirada era fugaz, pero el joven percibió en ella algo más que curiosidad: un destello de urgencia, como si quisiera comunicar algo sin palabras.
Diego: (murmurando para sí mismo) —¿Qué estás pensando, muchacha?
Esperó un momento hasta que vio que la tía de Catalina se sumergía en un puesto de verduras, discutiendo animadamente con el vendedor. Aprovechando el descuido, Andrés se dirigió al dueño del mesón:
Diego: —Voy a salir un momento, jefe. No tardaré.
Dueño: (gruñendo, pero asintiendo) —Anda, pero vuelve rápido. Ya sabes cómo se pone esto a estas horas.
Diego cruzó la plaza con paso decidido, cuidando no llamar demasiado la atención. Cuando llegó a donde estaba Catalina, ella levantó la vista y le dedicó una leve sonrisa, aunque su nerviosismo era evidente.
Diego: (hablando en voz baja) —Catalina, ¿todo bien? ¿Quieres desirme algo?
Catalina miró rápidamente hacia el puesto donde estaba su tía, asegurándose de que seguía distraída, antes de responder.
Catalina: (con voz apurada) —Sí. Quiero que sepáis que… que estoy de acuerdo. Estoy dispuesta a irme con vosotros.
Diego parpadeó, sorprendido por la determinación en sus palabras, pero no perdió tiempo en responder.
Diego: —¿Estás segura? ¿Sabes lo que significa? No habrá vuelta atrás.
Catalina asintió, apretando las manos sobre su falda.
Catalina: —Estoy segura. No aguanto más en esa casa. Lo he pensado, y esta es mi única oportunidad.
Diego vio en sus ojos algo más que miedo: vio una mezcla de desesperación y esperanza. Sabía que Catalina había llegado al límite y que estaba dispuesta a correr cualquier riesgo para cambiar su vida.
Diego: (con firmeza) —Bien. No te preocupes. Vamos haser que esto salga bien. Pero mantente alerta, y no digas nada a nadie. Lo tendremos todo listo para las fiestas.
Catalina asintió nuevamente, justo antes de que su tía alzara la voz desde el puesto cercano.
Tía: (gritando) —¡Catalina! ¿Qué haces ahí parada? Ven aquí de una vez.
Catalina se giró rápidamente, lanzándole una última mirada a Diego antes de apresurarse hacia donde estaba su tía. Diego, por su parte, dio media vuelta y regresó a la taberna con una expresión de satisfacción.
Diego: (pensando para sí mismo) —Listo. Ahora sí, esto va en serio.
De vuelta en el mesón, mientras servía vino y viandas a los clientes, Diego no dejaba de pensar en la conversación con Catalina. Tenía claro que, a partir de ese momento, todo debía salir perfecto. No solo estaba en juego su plan, sino la libertad y el futuro de una muchacha que había depositado toda su confianza en ellos. Esa misma tarde habría de comentarle lo acaecido con Martín.
La tarde comenzaba en Fuente el Fresno, y los rayos dorados del sol se filtraban por las ventanas de la taberna. El ambiente estaba tranquilo, con apenas unos cuantos parroquianos sentados en las mesas de madera, charlando en voz baja mientras bebían. Martín entró al local con paso relajado, quitándose el polvo de las manos después de pasar varias horas en la herrería. Se acercó a la barra y pidió un vaso de vino al mesonero, dispuesto a disfrutar de un breve descanso antes de volver al trabajo.
Diego, que estaba detrás de la barra atendiendo a los clientes, lo vio entrar y se acercó rápidamente con una sonrisa cómplice.
Diego: (sirviéndole el vino) —¡Martín! Justo a tiempo. Tengo algo importante que contarte.
Martín alzó una ceja mientras tomaba el vaso, observando la expresión de su amigo.
Martín: —Venga, suelta. Con esa cara, diría que es algo bueno.
Diego se inclinó un poco hacia él, hablando en voz más baja para no ser escuchado por los demás.
Diego: —He hablado con Catalina esta mañana, en el mercado. La vi con su tía y aproveché un descuido para asercarme.
Martín dejó el vaso sobre la barra y lo miró con atención, sabiendo que el tema era serio.
Martín: —¿Y qué pasó? ¿Te dijo algo?
Diego: (asintiendo) —Sí. Lo ha pensado bien y… asepta. Está dispuesta a irse con nosotros. Dise que ya no aguanta más en esa casa.
Martín se recostó contra la barra, procesando la noticia. Había esperado esa respuesta, pero escucharla le dio un peso nuevo al plan que estaban tramando.
Martín: —Eso es una gran noticia, Diego. Pero ahora hay que ser más cuidadosos que nunca. Su tía y su tío no son tontos, y si ven algo raro, podrían sospechar.
Diego: —Lo sé. Catalina también tiene miedo de que algo salga mal, pero le prometí que la protegeríamos.
Martín tomó un sorbo de vino, pensativo, antes de responder.
Martín: —Bien. Entonces ya no hay vuelta atrás. Lo importante ahora es que ella se mantenga tranquila y no haga nada que llame la atención. Mientras tanto, nosotros nos ocuparemos de los preparativos.
Diego: —Exacto. Andrés y Tomás también están de nuestro lado, así que entre los cuatro podremos manejarlo.
Martín: (sonriendo levemente) —Parece que el destino nos ha puesto en este lío. Pero si conseguimos sacarla de ahí, valdrá la pena.
Diego asintió, golpeando suavemente la barra con los nudillos en señal de determinación.
Diego: —Valdrá la pena, Martín. Catalina merese algo mejor que lo que tiene ahora.
Martín levantó su vaso, brindando en silencio, y Diego lo acompañó con una sonrisa. Tras unos momentos, Martín se enderezó y terminó el vino de un trago.
Martín: —Bueno, será mejor que vuelva a la herrería antes de que el jefe me eche en falta. Pero mantenme informado, Diego. Si algo cambia, quiero saberlo de inmediato.
Diego: —No te preocupes, te lo contaré todo.
Martín salió de la taberna con pasos decididos, mientras Diego se quedó detrás de la barra, atendiendo a los pocos clientes que quedaban. El plan comenzaba a tomar forma, y la determinación de ambos jóvenes hacía que cada paso que daban se sintiera como un paso hacia un nuevo comienzo.
La casa de Andrés, situada al final de la Calle Real, en lo más alto del pueblo, se convirtió en el escenario en el que se trazaría el plan que llevaban tramando un tiempo. Esa noche, en torno a una mesa de madera cubierta con un mantel recién comprado, se reunieron Martín, Diego, Tomás y Andrés, junto con Joaquina, la mujer de Andrés, quien había preparado una cena sencilla pero abundante: pan recién hecho, caldo de ave, tortilla de espárragos, queso curado, algo de embutido y unas jarras de vino propio que parecían no vaciarse nunca…


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