La tarde se hacía presente cuando Diego y Martín atravesaron los primeros callejones del pueblo, cansados pero satisfechos tras la larga caminata. Las calles estaban ahora tranquilas, solo animadas por el sonido lejano de un par de voces y el trote de algún caballo que regresaba al establo.
Al llegar a la plaza, encontraron a Andrés y Tomás esperándolos junto a la fuente, con unas jarras de vino y un cesto con pan tocino y queso. Andrés tenía la guitarra apoyada contra la piedra y, como siempre, una sonrisa traviesa en los labios.
Andrés: (alzando la jarra en señal de saludo) —¡Por fin aparecéis! ¿Qué hacéis que tardáis tanto? ¿Es que os habéis perdido entre las lagunas?
Tomás: (riendo) —O peor aún, ¿es que no habéis cazado nada y os ha dado vergüenza volver?
Martín
dejó el zurrón con las pocas piezas que habían conseguido sobre el
borde de la fuente y se dejó caer en un banco cercano.
Martín:
—Algo hemos cazado, no te preocupes. Pero no íbamos con prisa,
¿verdad, Diego?
Diego,
que parecía más pensativo que de costumbre, sonrió de lado y se
dejó caer junto a Martín.
Diego:
—No, aunque la caza no fue lo más interesante del día.
Andrés: (curioso) —¿Y qué fue entonces? ¿O es que habéis encontrado un tesoro entre las lagunas?
Tomás: (con picardía) —¿O acaso habéis visto a alguna moza por allí?
Martín
y Diego intercambiaron una mirada rápida, pero ninguno respondió de
inmediato. Andrés, siempre perspicaz, tomó un trozo de queso del
cesto y lo ofreció a Diego, cambiando el tono de la
conversación.
Andrés:
—Bueno, sea lo que sea, ya lo contaréis cuando queráis. Mientras
tanto, hemos traído lo necesario para otra tarde de dados y cartas.
¿Os apuntáis o vais a poneros serios?
Martín: (recogiendo los dados del zurrón con una sonrisa) —¡Por supuesto que nos apuntamos! Aunque esta vez, Andrés, prepárate para perder.
Tomás: —Eso habrá que verlo, herrero. Hoy Andrés y yo os vamos a dejar secos.
El grupo estalló en carcajadas mientras se acomodaban junto a la fuente. Las primeras tiradas de dados comenzaron a decidir las reglas del juego, mientras el queso, el tocino y el vino corrían entre bromas y chanzas. Diego, aunque algo más reservado que de costumbre, se dejó llevar por el buen ambiente, aunque en el fondo de su mente seguía resonando la conversación con Catalina y la necesidad de hacer algo por ella.
Andrés:
(entonando con la guitarra)
«Entre
dados y coplas,
corren
los cuentos,
que
al vino y al queso
se
los llevan los vientos.»
Las risas resonaron en la plaza, y la tarde pronto dio paso a una noche cargada de camaradería, con el vino calentando los corazones y el espíritu de los jóvenes, que disfrutaban de la vida mientras en sus mentes se dibujaban los retos que el futuro les traería.
La tarde avanzaba entre risas, dados y tragos de vino. Las jarras ya iban por la mitad cuando Tomás, mientras barajaba las cartas para una partida improvisada, levantó la vista hacia Martín, frunciendo el ceño como si algo acabara de ocurrírsele.
Tomás: —Oye, Martín, una cosa… Si veníais de las Tablas, para volver al pueblo teníais que haber pasado por delante de la casa de los Mendieta. ¿O me equivoco?
Martín,
que en ese momento estaba masticando un trozo de queso, se detuvo un
instante antes de responder, intentando mantener un aire
despreocupado.
Martín:
—Pues… sí, por ahí pasamos. ¿Por qué lo preguntas?
Tomás: (arqueando una ceja) —Porque está claro que no os habéis cruzado con ninguno de ellos en el camino. Y si lo hubierais hecho, estoy seguro de que habría sido el primer tema que sacarías, con lo chismoso que eres.
Andrés
dejó de rasguear su guitarra, mirando a Martín con una sonrisa de
complicidad.
Andrés:
—Vamos, Martín. Tomás tiene razón. ¿Qué pasó allí? Algo
hubo, seguro.
Martín
suspiró, dándose cuenta de que no tenía escapatoria. Lanzó una
mirada rápida a Diego, que permanecía en silencio, con los ojos
fijos en los dados sobre la mesa. Finalmente, Martín se encogió de
hombros y decidió hablar.
Martín:
—No pasamos por la casa. Antes de llegar, vimos a Catalina en un
prado cercano. Estaba apacentando unas ovejas.
Tomás
dejó las cartas a un lado, inclinándose hacia adelante con
interés.
Tomás:
—¿Catalina? ¿La sobrina de los Mendieta? ¿Y qué hacíais
vosotros hablando con ella?
Diego: (levantando la vista con calma) —No hablábamos con ella. Simplemente coincidimos. Y ya que estábamos, nos quedamos un rato para hablar.
Andrés: (riendo con tono burlón) —Coincidisteis, claro… ¿Y qué os contó la muchacha?
Martín
miró a Diego, dejando que él decidiera cuánto revelar. Diego tomó
aire antes de responder, manteniendo un tono serio.
Diego:
—Nos contó un poco de su vida, Andrés. No tiene una vida fácil
en esa casa.
El
tono despreocupado de Andrés se desvaneció al escuchar aquello,
mientras Tomás fruncía el ceño.
Tomás:
—¿Qué significa «no tiene una vida fácil»?
Martín: (sacudiendo la cabeza) —Significa que lo que se rumorea sobre los Mendieta parece cierto. Catalina no es feliz allí, y no es porque no lo intente.
Andrés: (cruzándose de brazos) —Siempre se ha dicho que la tía es una arpía y que el tío no mueve un dedo para protegerla. Pero, ¿qué vais a hacer vosotros con eso?
Diego
fijó su mirada en Andrés, con una determinación que no dejaba
lugar a dudas.
Diego:
—No lo sé todavía, pero no pienso quedarme de brazos cruzados. Si
podemos hacer algo por ella, lo haremos.
Tomás: —¿Y cómo piensas hacerlo sin que los Mendieta os vean como una amenaza? Ya sabes cómo son. Si creen que te estás metiendo donde no te llaman, las cosas pueden ponerse feas.
Martín: (interviniendo) —Lo sabemos, Tomás. Pero no podemos simplemente mirar hacia otro lado. Catalina nos pidió que no nos acercáramos demasiado a la casa, y respetaremos eso. Pero si podemos ayudarla de alguna manera, lo haremos.
Andrés
se rascó la barbilla, pensativo, antes de asentir con un leve
suspiro.
Andrés:
—Bueno, muchachos, supongo que algo de razón tenéis. Pero no
hagáis ninguna tontería. Si vais a mover ficha, pensadlo bien.
Tomás: (con una sonrisa de lado) —Y si necesitáis ayuda, avisad. No me gusta lo que se dice de esa familia, pero tampoco quiero que Catalina siga viviendo así.
El ambiente, aunque más serio que antes, no perdió del todo su calidez. Martín sirvió más vino en las jarras, y Andrés, como si quisiera cambiar de tema, volvió a rasguear la guitarra, entonando una tonadilla ligera para aliviar la tensión. Sin embargo, en el fondo, los cuatro sabían que aquello no quedaría solo en palabras. Catalina había plantado una semilla en ellos, y tarde o temprano, harían algo para cambiar su destino.
«Si
en la fuente hay vino,
que
brote entero,
y
en la mesa buen queso,
que
cante el herrero.»
Las notas juguetonas de la guitarra de Andrés lograron disipar parte de la tensión en el aire, devolviendo las risas y las bromas al grupo. Martín agitó los dados en su mano, retando con una sonrisa a Andrés y Tomás.
Martín: —Bueno, señores, antes de que se acabe el vino, propongo una última partida. La revancha está sobre la mesa.
Andrés: (alzando la guitarra como si fuera un arma) —¡Vamos a ello! Pero esta vez no pagaré ni una moneda más. Que conste que mi guitarra y yo jugamos por orgullo, no por monedas.
Tomás: (riendo mientras recoge los dados) —Hablas mucho, Andrés. A ver si esta vez no pierdes en la primera mano.
Diego,
que había estado más callado, alzó su jarra con una sonrisa
tranquila.
Diego:
—Os aviso: Andrés y yo estamos en racha. Más os vale tener
suerte.
La partida comenzó con entusiasmo renovado. Los dados rodaban por la mesa de madera, y las risas llenaban el ambiente cada vez que uno de los jugadores cometía un error o lograba una tirada inesperada. Andrés, siempre bromista, intentaba distraer a Martín con comentarios absurdos, mientras Tomás intentaba concentrarse en las reglas que parecían cambiar con cada ronda.
Finalmente, tras una mano particularmente desafortunada para Tomás y Martín, Andrés golpeó la mesa con ambas manos y lanzó un grito de victoria.
Andrés: —¡Y así se acaba el día, señores! ¡Otra vez habéis perdido!
Tomás: (dejándose caer hacia atrás con fingido dramatismo) —Esto es un robo. Seguro que Martín lleva dados trucados.
Diego: (riendo mientras recoge las monedas de su bolsa) —Si están trucados, Tomás, tú no te diste cuenta. Así que paga y calla. Además, cuando juego con amigos no uso dados trucados.
Entre risas por lo recién escuchado, los perdedores se resignaron a pagar lo consumido: las jarras de vino, el pan y el queso que Tomás compró por la mañana en el mesón. Martín hizo un gesto exagerado al entregar las monedas, como si aquello le dejara en la ruina.
Martín: —Que quede constancia de que esto es una contribución a la alegría de la tarde. No podréis decir que no soy generoso.
Diego: (guardando los dados con cuidado) —Generoso no sé, pero mal jugador, seguro.
El grupo estalló en carcajadas una vez más antes de empezar a recoger. La tarde había llegado a su fin, y el sol, ya oculto tras las colinas, dejaba paso a la brisa fresca de la noche. Con las jarras vacías y la guitarra a cuestas, Andrés y Tomás se despidieron de Diego y Martín en la plaza.
Andrés: —Bueno, muchachos, la próxima vez no habrá piedad. Nos toca ganar, y entonces vosotros pagaréis. Los dados los pondré yo.
Diego: (riendo) —Cuando queráis. Pero os aviso: no será fácil.
Tomás: —Ya veremos, Diego, ya veremos.
Con una última broma, Andrés y Tomás se perdieron por la Calle Real, tocando la guitarra y cantando coplas:
—«Despierta si estás dormida, tiempo tendrás de dormir, que mientras abres los ojos, entra mayo y sale abril»— dejando a Martín y Diego junto a la fuente. El ambiente estaba tranquilo ahora, y ambos se quedaron unos instantes en silencio, mirando cómo la luz de la luna comenzaba a reflejarse en el agua.
Martín: —Hoy ha sido un buen día, pero lo de Catalina no se me quita de la cabeza.
Diego: (con un tono serio) —A mí tampoco. Pero todo a su tiempo, Martín. Por ahora, sabemos que no estamos solos en esto.
Martín asintió, mientras ambos se despedían con un apretón de manos. Diego se dirigió a la taberna, donde tenía su habitación, mientras Martín tomaba el camino hacia la herrería. La noche, serena y silenciosa, parecía envolverlos, pero en el fondo ambos sabían que aquella jornada no había sido solo otra tarde más. Algo había cambiado, y el destino, aunque incierto, los llevaba hacia algo más grande...


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