lunes, 25 de agosto de 2025

18. «La estrella guía. Encuentro en una taberna de Úbeda»

Tras la comida, los tres amigos, acompañados de Gonzalo, se dirigieron a la taberna cercana. Estaba llena aquella tarde. El humo de los candiles se mezclaba con el aroma del vino, de las viandas y el sonido de las voces que se entrecruzaban en un murmullo constante. Catalina, Martín, Gonzalo y Diego habían terminado la jornada y decidieron ir a tomar un trago antes de regresar a casa. Encontraron una mesa en un rincón algo apartado y pidieron vino y algo de pan con queso.

Todavía me cuesta creerlo —dijo Martín, dando un trago a su jarra—. Aquel hombre estaba completamente convencido de que era un caballero andante.

Más que convencido, diría yo que vivía en un mundo distinto —comentó Diego, esbozando una sonrisa—. Nunca había visto a nadie hablar con tanto fervor sobre gigantes invisibles, liberar cadenas de presos, gobernar ínsulas…

¡Y cómo se nos presentó! —dijo Diego—: Yo soy un caballero andante, y mi ejercicio es andar por el mundo enderezando tuertos y desfaciendo agravios*.

Catalina, que había permanecido en silencio, apoyó un codo sobre la mesa y sonrió.

Pero admitid que tenía algo especial. Algo que hacía que no pudiéramos simplemente reírnos de él y seguir nuestro camino.

En ese momento, una voz se alzó junto a ellos.

Perdonadme, amigos, pero no he podido evitar escuchar vuestra conversación. ¿Decís que habéis encontrado a un caballero andante?

Los cuatro levantaron la vista y vieron a un hombre que se había acercado con discreción. No era especialmente alto ni fuerte, pero su mirada era intensa y perspicaz. Llevaba una capa algo gastada, y su ropa, aunque cuidada, mostraba signos de muchos caminos recorridos.

Así es —respondió Martín con curiosidad—. ¿Y vos sois…?

Miguel de Cervantes, a vuestro servicio —dijo el hombre con una leve inclinación de cabeza—. Si no os incomoda, ¿podría acompañaros? Lo que contáis me intriga.

Catalina le hizo un gesto para que tomara asiento, el hombre se sentó con ellos, apoyando las manos sobre la mesa con interés.


Decidme, ¿cómo era ese caballero?

Alto, delgado, de aspecto noble pero… algo desastrado —explicó Diego—. Montaba un caballo flaco como un saco de huesos y llevaba una armadura vieja que parecía haber visto tiempos mejores. Estaba acompañado de su escudero… Sancho.

Y no paraba de hablar de su dama —añadió Catalina—. Decía que todas sus hazañas eran en honor de una tal… Dulcinea. A la que mandaba mensajes de su amor con todo aquel a quien socorría.

Miguel de Cervantes mostró asombro y sonrió.
—¿Dulcinea? Vaya… ¿Y su escudero?

¡Oh! ¡Ese sí que era un personaje! —respondió Martín, riendo—: gordo, con una barriga que parecía haber probado todas las tabernas del reino. Muy hablador y siempre preocupado por la comida.

Pero también leal —dijo Catalina—. No sé por qué, pero me dio la sensación de que, aunque veía la locura de su señor, no podía abandonarlo.

Miguel se quedó pensativo, tamborileando los dedos sobre la mesa.
—Interesante… ¿Y decís que lo visteis en Sierra Morena?

Sí —respondió Diego—. Nos encontramos con ellos en un camino de la sierra. El caballero hablaba de penitencias y de cómo había decidido retirarse a vivir como un ermitaño por amor.

¡Ah! —exclamó Miguel con entusiasmo—. Un caballero andante haciendo penitencia por su dama… Es digno de una historia.

Los tres jóvenes se miraron entre sí.
—¿Os interesa lo que os contamos, señor Cervantes? —preguntó Martín.

Miguel sonrió y dio un trago a su vino.
—Más de lo que imagináis. Creo que esta historia tiene algo especial… algo que merece ser contado. ¿Os dijo de dónde venían y hacia dónde iban?

Catalina, intrigada, lo observó con atención.
—Sí, pero no lo recuerdo ahora… ¿Os acordáis vosotros?

Martín y Diego la miraron con dudas.
—No recuerdo. Lo dijo Sancho, el escudero, pero no lo recuerdo ahora —dijo Martín.
—Yo tampoco —añadió Diego—. Creo que son de algún lugar de La Mancha, pero no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que su amada, Dulcinea, era de El Toboso, pues así la nombraba: «Dulcinea del Toboso».

Muy interesante. De El Toboso… —dijo Saavedra, quedando pensativo por unos instantes.

¿Os dedicáis a escribir? —preguntó Catalina, devolviendo al momento a Miguel.

Cuando la vida me lo permite —respondió con una leve sonrisa—. Soy recaudador de impuestos al servicio de Su Majestad. Cuando dispongo de tiempo, suelo tomar notas de lo que veo y oigo para, tal vez, en un futuro, transformarlo en historias. Y os aseguro que lo que habéis visto en los caminos no será olvidado.

Gonzalo, que observaba curioso y asombrado las historias de su primo y sus amigos, se dirigió al recaudador de impuestos:

Perdonad mi curiosidad, señor Cervantes, pero tenéis el brazo izquierdo impedido. ¿Cómo os arregláis para vuestro trabajo? Tendréis ocasiones en las que habréis de defenderos de aquellos que no quieran pagar tributos o traten de rebajarlos empleando cierta intimidación.

Miguel de Cervantes esbozó una leve sonrisa.

Mi curioso amigo… Perdí la movilidad del brazo durante la Batalla de Lepanto. Más de veinte años hace ya. Y no sólo sufrí la herida en el brazo, que quedó inútil, sino que también recibí dos arcabuzazos en el pecho. Gracias a la rapidez de mi hermano Rodrigo y a los galenos del barco, logré sobrevivir.

Hizo una breve pausa antes de añadir:

En cuanto a la defensa, vienen conmigo dos alguaciles que me guardan en mi labor.

Tenéis, sin duda, historias para contar —comentó Gonzalo, intrigado.

Cervantes asintió y, con un tono más grave, añadió:

También, junto a mi hermano, estuve preso en Argel durante cinco años. Fuimos capturados por piratas de Berbería.

Varios libros necesitaréis para contar vuestra historia, señor Cervantes —dijo Catalina con una sonrisa.

Miguel de Cervantes bebió un sorbo de vino antes de responder:

Jóvenes, muchas gracias por vuestro relato. Ahora debo retirarme. Mañana parto temprano hacia la corte para dar cuenta de mi trabajo.

Los cinco alzaron sus copas en un último brindis, sin saber que aquella conversación, aquella noche en una taberna de Úbeda, sembraría la semilla de una de las historias más grandes jamás contadas.

Cuando Cervantes se marchó, Diego suspiró y comentó:

Una vida intensa la de este hombre… Batallas, prisión en Argel, recaudador de impuestos, escritor en su tiempo libre. Quién sabe si su nombre perdurará a lo largo de los tiempos.


*Tomado literalmente de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha.

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