viernes, 29 de agosto de 2025

20. «La estrella guía. Una jornada en el olivar»

El Sol apenas despuntaba en el horizonte cuando la familia salió de casa rumbo al olivar. La brisa de la mañana aún era fresca, pero pronto el calor del día se haría sentir entre los surcos de tierra y las copas de los olivos. Juan iba al frente, seguido por Diego y Martín, que cargaban herramientas y sacos vacíos para recoger las aceitunas. Catalina caminaba junto a Antonia, mientras Gonzalo cerraba el grupo tirando de dos mulas y gesto absorto.

Hoy nos espera un buen día de trabajo —comentó Juan, mirando el campo con ojos de hombre curtido en la labor—. Hay que revisar los olivos, ver qué ramas necesitan poda y recoger lo que haya caído al suelo.

Y sacar los brotes nuevos —añadió Antonia—, que si no los controlamos, nos darán más problemas que frutos.

Martín suspiró, con una sonrisa resignada.

Siempre hay más trabajo del que parece.

Eso lo dices porque aún no has agarrado la tijera podadora —bromeó Juan, dándole un leve codazo. —Ya verás tus manos al terminar el día.


El grupo llegó al olivar y, sin perder tiempo, comenzaron con sus tareas. Catalina y Antonia se encargaban de recoger las aceitunas caídas y separarlas en los sacos, mientras Juan y los muchachos trepaban a los árboles con escalas para cortar las ramas secas y revisar el estado de los frutos. Gonzalo, aunque trabajaba con diligencia, no perdía oportunidad de observar a Catalina de reojo, admirando la forma en que se movía con destreza entre los árboles, sus manos ágiles y su mirada concentrada.

A media mañana, el calor empezaba a hacerse notar. Juan se detuvo un momento para secarse el sudor de la frente con el antebrazo y miró el trabajo avanzado.

Vamos bien. En un rato haremos un descanso para comer.

Las palabras fueron bien recibidas, y aunque todos siguieron con su tarea, el pensamiento de un descanso con algo de pan, queso y vino fresco les dio nuevas energías.


El descanso del mediodía

Bajo la sombra de un olivo centenario, la familia extendió un paño en el suelo y sacó los alimentos que habían traído en cestas. Antonia repartió el pan, queso, tocino, mientras Juan destapaba la bota de vino y la pasaba entre los hombres. Catalina sirvió agua fresca en unos vasos de barro y los ofreció con naturalidad, pero Antonia, con una sonrisa pícara, cruzó los brazos y miró a su marido con fingida indignación.


 —¿Y para nosotras no hay vino?

Juan se rió por lo bajo y negó con la cabeza.

El agua es mejor para la sed.

Antonia chasqueó la lengua con desdén y señaló la bota con un leve movimiento de la cabeza.

El agua «pa´» bañarse y «pa´» las ranas, que nadan bien.

Los hombres estallaron en carcajadas, y Catalina, divertida por la ocurrencia, levantó la mano en señal de apoyo.

Yo digo lo mismo. Si hay vino para ellos, también para nosotras.

Juan suspiró, sabiendo que estaba en minoría, encogiendo los hombros, le pasó la bota primero a Antonia y luego a Catalina, que bebieron con gusto.

Ah, eso sí —añadió Juan, con una sonrisa de triunfo—, como se os suba a la cabeza el vino y trabajéis menos esta tarde, no os quiero oír quejaros.

Las risas continuaron unos minutos más, mientras el grupo disfrutaba del breve descanso antes de volver a la dura labor de la tarde.

Gonzalo, con disimulo, se sentó junto a Catalina, fingiendo que lo hacía sin pensar, aunque en su interior sabía perfectamente lo que hacía.

¿Cansada? —le preguntó en voz baja, con una sonrisa de medio lado.

Catalina, que estaba cortando un trozo de tocino, alzó la vista y le devolvió la sonrisa.

Un poco, pero nada que no pueda soportar.

Gonzalo asintió, observándola con atención.

Eres más fuerte de lo que pareces.

Catalina arqueó una ceja, divertida.

¿Y cómo crees que parezco?

Gonzalo se rió entre dientes, algo nervioso al darse cuenta de que la había metido en un pequeño aprieto.

Solo digo que… no todo el mundo se acostumbra tan rápido al trabajo en el campo. Tú pareces haberlo hecho sin problemas.

Catalina aceptó el cumplido con una leve inclinación de cabeza, pero antes de que pudiera responder, Martín interrumpió la conversación.

Vaya, vaya… ¿De qué habláis tan en secreto?

Gonzalo se sonrojó apenas un instante, pero antes de que Catalina pudiera decir nada, respondió con rapidez:

De lo que nos queda por hacer.

Pues lo que nos queda es mucho —añadió Antonia, dando un gran mordisco a su pan—. Así que mejor comed y descansad bien, que la tarde será larga.

Catalina no dijo nada, pero miró a Gonzalo de reojo, divertida por su reacción. Él, por su parte, se concentró en comer, sin querer dar más pie a las bromas de los demás.

La tarde en el olivar

Después del descanso, volvieron al trabajo. Juan y Diego se encargaron de los árboles más alejados, mientras Martín y Gonzalo continuaban con la poda. Antonia y Catalina siguieron con la recolección, aunque Catalina no pudo evitar notar que, cada tanto, Gonzalo encontraba una excusa para acercarse a donde estaba ella.

El Sol avanzaba lentamente por el cielo, tiñendo el paisaje con tonos dorados. La jornada se alargó hasta que la luz comenzó a descender, y Juan, satisfecho con el trabajo, decidió que era momento de volver a casa. Antes, tomó la bota de vino y la alzó para beber unos tragos. Viendo que no salía nada, apretó aún más el pellejo. Al no salir nada, se dirigió a los muchachos para recriminarles el haberla vaciado.

Nosotros no hemos sido —dijo Martín—. Mira a la tía y a Catalina.


Las dos estaban sentadas bajo un olivo, riendo y cantando con las voces un tanto discordantes:

«Me dijo “fen desfacito”
y yo fui con alegría,
“guando” vi que abrió la “buerta”,
ya no era mediodía…
¡y salí “guando” amanecía!

Llevas flores en el “felo”
y “glafeles” en la falda,
pero donde más me gustan
no los luces, niña guapa…
¡y bien sabes dónde faltan!

Dice el “gura· del “gonvento”
que el “becado” es mala cosa,
pero anoche en “fu” cintura
se me “olfidan” las misas
y me sobran hasta las “drosas”.»

Cuando terminaron el fandanguillo, ante la mirada de los hombres, y tratando de levantarse apoyadas la una en la otra, tropezaban una y otra vez, sin conseguir ponerse en pie. Esto provocaba las risas del resto del grupo. Hasta las mulas parecían reír con sus rebuznos.

El grupo, aún entre risas, recogió las herramientas y sacos, emprendiendo el regreso con el cansancio reflejado en sus rostros, pero también con la satisfacción de una jornada bien aprovechada. Mientras caminaban, Gonzalo se acercó nuevamente a Catalina, esta vez sin necesidad de excusas.

¿Me dejarás acompañarte de vuelta?

Catalina lo miró de reojo, con una sonrisa apenas disimulada.

Si puedes seguirme el ritmo.

Gonzalo rió y, sin dudarlo, aceleró el paso para no quedarse atrás.

Mientras, Juan al ver a su mujer andar con «dificultad» le preguntó:

Antonia, ¿te encuentras bien? Estás más roja que un tomate… ¿has bebido mucho?

¡Ay, Juan! No es para tanto… Solo un par de copas. El vino me sube rápido, ya sabes cómo soy.

Eso parece. Estás dando tumbos como si hubieras bailado toda la noche. Mejor si te sientas un rato, ¿no?

¡No estoy tan mal! Solo que me siento ligera, como flotando… Un poco mareada, tal vez, pero nada grave.

Sí, claro, como que no. Mira que te lo dije, que no tomaras más después de los primeros tragos ¡Siempre eres igual!

Es que el vino me da vida, Juan. No me regañes, que no estoy tan mal. Solo un ratito de descanso y ya verás.

Bueno, tú sabrás. Pero que no se te olvide que después hay que recoger todo esto. Y tú, en ese estado, mejor no te acerques a las herramientas.

Antonia, mirando a su marido, aún con la voz «desentonada»:

«La cama está hecha con prisas,
y el sudor se va derramando,
me susurras que me deseas,
y en tus bajos estoy viendo…»

Juan, algo cohibido, le tapó la boca, lo que provocó las risas del resto.



La llegada a la casa

El grupo llegó a la casa después del largo día de trabajo en el olivar. El Sol ya se había puesto completamente, y el cielo estaba teñido de fuertes tonos anaranjados y morados. Las primeras estrellas comenzaban a asomar. Catalina sintió el alivio de estar de vuelta, aunque sus músculos aún palpitaban por el esfuerzo, y el vino. La jornada había sido dura, pero el cansancio era un buen recordatorio del trabajo bien hecho.

Antonia, como siempre, se encargó de organizar el regreso. Tras un breve descanso junto al pozo del patio, todos se dirigieron hacia el interior de la casa. Los mulos fueron desenganchados y llevados al cobertizo por Gonzalo, mientras los otros tres hombres recogían las herramientas y las bolsas con las aceitunas recogidas.

La casa estaba tranquila, pero la fragancia del campo, mezclada con el aroma de la tierra y el viento fresco, se colaba por las ventanas abiertas. Antonia comenzó a sacar las cazuelas y utensilios necesarios para la cena mientras Catalina preparaba la mesa. La cocina se llenó de actividad; las ollas de barro se colocaron sobre el fuego, y el crujir de los leños acompañaba los ruidos de la preparación.


Preparativos para la cena

Catalina se movía con agilidad entre la cocina y el patio, recogiendo los ingredientes necesarios para la cena. Un caldo de gallina con hierbas y un poco de arroz para darle consistencia sería el plato principal. Mientras tanto, Juan recogía del pequeño huerto: pepinos, calabacín, cebollas y hierbas aromáticas para preparar una ensalada. Las manos de Catalina se movían con destreza, pero sus pensamientos, por alguna razón, volvían una y otra vez a Gonzalo.

Él, después de ayudar a recoger, se había quedado cerca de la casa, apoyado en una pared y observando el bullicio del interior. Cada vez que Catalina se giraba, él parecía estar más cerca. Había algo en su actitud que la hacía sentir una mezcla de inquietud y curiosidad. No era la primera vez que se encontraba con un hombre que le prestaba atención, pero había algo diferente en Gonzalo, algo que despertaba su interés.

Mientras Catalina pelaba unas patatas, sus ojos se encontraron con los de Gonzalo. Él le sonrió ligeramente, y ella, en respuesta, sonrió también, aunque con una leve timidez. No era una sonrisa forzada, sino una expresión genuina que ambos compartían sin necesidad de palabras.

La cena empezó a tomar forma, con el bullicio habitual de la cocina. El sonido de las cazuelas, el chisporroteo de las brasas y el aroma de la comida llenaban el aire. Catalina se acercó a la mesa, donde Martín y Juan ya se habían sentado, y empezó a servir los platos. La luz de las velas brillaba tenuemente en la mesa, creando un ambiente cálido y acogedor. El vino se sirvió generosamente para los hombres, mientras Antonia y Catalina lo rebajaban con agua y azúcar.


La cena

El grupo se sentó en silencio por un momento, disfrutando del primer bocado de la comida. El caldo de gallina estaba delicioso, y el arroz se deshacía en la boca. Antonia se mostró satisfecha con su trabajo, mientras Martín y Diego conversaban sobre el trabajo hecho. Trabajo al que no estaban acostumbrados y se notaba en sus manos. Aun así, se mostraban satisfechos. Era el modo de agradecer la acogida que les habían dado en aquella casa.

Catalina, sin embargo, sentía que su atención no estaba completamente en la conversación. Sus ojos a menudo se deslizaban hacia Gonzalo, que estaba sentado justo enfrente de ella. Él la miraba de vez en cuando, pero de forma sutil, como si también estuviera intentando entender algo entre ambos. Había una especie de compenetración tácita, una conversación no dicha que los rodeaba.

¿Cómo va todo, Gonzalo? —le preguntó Catalina, rompiendo el silencio que se había formado entre los dos:

Va bien. Bastante bien. Vuestra llegada, días pasados, ha sido una bocanada de aire fresco. —Su tono era calmado, pero sus ojos brillaban con un interés genuino. —Catalina asintió, su sonrisa siendo un reflejo de la misma complicidad que él había expresado.

Aquí el trabajo nunca se acaba, pero al menos la compañía hace que todo sea más fácil.

Gonzalo tomó un trago de vino y la observó con más detenimiento, notando los pequeños detalles: el modo en que su cabello caía con naturalidad sobre sus hombros, sus manos que siempre parecían en movimiento, como si estuviera buscando hacer algo incluso en los momentos de calma. La conversación continuó, pero el ambiente se tornó más relajado, con risas compartidas y el sonido de los vasos de barro al ser depositados en la mesa de madera. Catalina, aunque disfrutaba de la compañía de todos, sentía que la conexión con Gonzalo era algo distinto. No sabía hacia dónde podría llevar esto, pero en su corazón, un pequeño brote de curiosidad había comenzado a crecer y, por primera vez en mucho tiempo, se permitió pensar en lo que podría ser un futuro fuera de la rutina de su vida en el campo. Comenzaba a sentir algo nuevo en su interior, algo que ningún otro muchacho había despertado; ni siquiera Diego y Martín, con quienes ya tenía una relación de meses atrás, pero que no pasaba más allá de una amistad profunda...


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