El aula de la escuela estaba impregnada de ese olor mezcla de tiza, pupitres de madera ajada por el paso del tiempo y el sol que entraba a media mañana por los ventanales. Las paredes mostraban mapas, carteles con conjugaciones, operaciones matemáticas y el retrato de dos señores que nos dijeron que uno era «el caudillo de España por la gracia de Dios, y el otro José Antonio». Tampoco faltaba entre ambos el inevitable crucifijo. Pero el verdadero corazón de la clase era Don Fernando, siempre con su traje gris, que aunque lo alternaba con otro azul marino, camisa clara y gafas redondas que parecían reflejar un brillo de bondad.
—Buenos días, muchachos —decía con su voz suave y
pausada—. Hoy, como todos los días, vamos a cuidar nuestro lenguaje. Recordad:
la v y la b no suenan igual… y la y y la ll tampoco.
Aquella frase era casi su lema. Lo repetía con la
calma de quien sabe que la repetición hace raíces.
—A ver, Juan —dijo un día, mientras paseaba entre los
pupitres—, dime «vinoteca» y «binomio».
Juan dudó un instante.
—Vinoteca… binomio.
—¿Veis? —comentó Don Fernando, mirando al resto de la
clase—. En «vinoteca» el labio inferior toca los dientes, y en «binomio» se
juntan los labios. Son dos sonidos distintos. No permitáis que el oído os
confunda.
Se inclinó entonces hacia la pizarra y escribió con
letra clara: llama y yema.
—Ahora, escuchad bien: lla-ma, con un sonido más suave
y lateral… y ye-ma, que empieza más de frente. No es lo mismo.
Pedro, desde el fondo, levantó la mano.
—Pero, Don Fernando… si suenan casi igual.
Don Fernando sonrió con paciencia.
—Por eso os insisto todos los días. Porque cuando
hablamos bien, pensamos mejor. Y quien distingue las palabras, distingue las
ideas.
La clase entera repetía tras él:
—Vaca… burro… llama… yate…
Y él corregía con suavidad, acercándose a cada
pupitre, ajustando un gesto de labios o un movimiento de lengua, como si
estuviera afinando un instrumento.
No se cansaba. Esa era su mayor virtud: la paciencia.
Mientras otros maestros imponían disciplina con la voz alta o el gesto severo,
Don Fernando guiaba con la calma de quien confía en que sus alumnos llegarán a
la meta.
En los dictados, la escena se repetía.
—Voy a dictar despacio… y vosotros vais a escuchar, no
solo las letras, sino los sonidos.
Comenzaba con frases sencillas: «La vaca blanca bebe
en el valle verde.»
Se oía el surcar de los lápices sobre el papel. Cuando
terminaba, pasaba por las filas revisando los cuadernos. Si encontraba un
error, se inclinaba y decía en voz baja, al tiempo que daba una leve colleja:
—Esto que has puesto es una b, pero yo he dicho una v.
Escucha otra vez… vaca. ¿Ves la diferencia?
Y el alumno asentía, corrigiendo la letra con cuidado.
A veces, para reforzar la y y la ll, inventaba
pequeños diálogos:
—Imaginad que un niño llora: «lloro porque se me cayó
la llave al lago». Ahora cambiamos: «yo juego en el yate amarillo». ¿Veis cómo
cambia la música de las palabras?
El día que un alumno lo decía perfecto, él no lo
pasaba por alto. Sonreía con satisfacción y decía:
—Muy bien… así me gusta. Hablar bien es quererse a uno
mismo.
Con el tiempo, la clase entera empezó a ser reconocida
por su forma clara y correcta de hablar. Incluso otros profesores lo
comentaban. Y todos sabían que el mérito era de Don Fernando y su insistencia
diaria: la v no es b, y no es ll.
El último día de curso de 1971, un alumno se levantó y
dijo:
—Maestro… gracias por enseñarnos a hablar bien.
Don Fernando sonrió, y con esa voz suya, pausada y
clara, respondió:
—Gracias a vosotros… por aprender a escuchar.
Epílogo
Años después, ya jubilado, Don Fernando estaba sentado
en su sillón preferido, junto a la ventana por la que entraba una luz dorada de
tarde. Llevaba un jersey cómodo, sus inseparables gafas y una leve sonrisa que
parecía nacer de un pensamiento lejano.
Esa escena —un hombre mayor, en paz consigo mismo, la
mirada serena y el sol bañando el salón— parecía congelada en un cuadro. Si
alguien lo hubiera visto desde fuera, habría sentido que estaba contemplando a
un maestro que, aun sin tener ya alumnos, seguía pensando en ellos, uno por
uno, con el mismo cariño de entonces.
Cerró los ojos y, casi sin darse cuenta, pronunció en
voz baja:
—La v y la b… la y y la ll… siempre distintas.
Era su manera de seguir enseñando, aunque las paredes
del aula hubieran quedado atrás hacía décadas. Y en esa soledad tranquila, con
Bach como telón de fondo, sintió la misma satisfacción que entonces: la de un
trabajo bien hecho, que seguía vivo en las voces de aquellos niños que, ahora
adultos, tal vez todavía pronunciaban con cuidado cada palabra.
Miles de alumnos pasamos por sus manos y aprendimos de sus palabras. Con el paso del tiempo, hemos perdido esa diferenciación de
sonido entre «y» y «ll», entre «v» y «b», pero lo que no hemos perdido es su
recuerdo. Sus alumnos tenemos algo en común, al menos con quienes coincido: el
cariño que conservamos hacia el recuerdo de Don Fernando cuando hablamos de
nuestros tiempos escolares en la escuela de Larrasquitu, hoy en día
desaparecida.

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