Cuando la Luna se encuentra baja en el cielo, su luz debe atravesar una mayor
porción de la atmósfera terrestre antes de llegar a nuestros ojos. Esta
atmósfera está compuesta por partículas diminutas —principalmente moléculas de
nitrógeno y oxígeno— que dispersan la luz. Este fenómeno, conocido como dispersión de Rayleigh, es el mismo que tiñe de tonos
cálidos los amaneceres y atardeceres.
Las
partículas atmosféricas dispersan de forma mucho más eficiente las longitudes
de onda cortas (azul y violeta) que las largas (naranja y rojo). Por ello,
cuando la luz de la Luna recorre una gran distancia a través del aire, las
ondas cortas se desvían y no alcanzan nuestros ojos. Lo que vemos es el
predominio de las longitudes más largas, que dan a la Luna un aspecto
anaranjado o rojizo.
Proceso:
I.
Luna cercana al horizonte: La luz atraviesa una capa más densa y
extensa de atmósfera. Gran parte de las ondas cortas (azules) se dispersan
lateralmente, dejando pasar sobre todo las más largas (rojas y naranjas).
II.
Luna en tránsito superior: Cuando asciende hacia lo alto del
cielo, su luz recorre una porción mucho más delgada de atmósfera. La dispersión
de ondas cortas disminuye, y llega a nuestros ojos una gama más completa de
colores. Así percibimos el tono natural de la Luna: un gris pálido.
Conviene
recordar que el verdadero color de la superficie lunar es gris, debido a
minerales como el basalto y la anortosita. Las variaciones cromáticas que
apreciamos son consecuencia de la atmósfera terrestre, no de la Luna en sí.
La dispersión de Rayleigh
La luz blanca del Sol está compuesta por todos los colores del espectro
visible, cada uno con su propia longitud de onda. Los colores como el azul y el
violeta tienen longitudes más cortas, mientras que el naranja y el rojo son más
largas. Las partículas de la atmósfera, al ser mucho más pequeñas que estas
longitudes de onda, dispersan con mayor eficacia las más cortas. El violeta,
aunque se dispersa incluso más que el azul, apenas lo percibimos porque el ojo
humano es menos sensible a él y parte es absorbida por la atmósfera.
Efectos en el cielo:
I.
Cielo azul: Durante el día, la luz solar recorre una
trayectoria corta en la atmósfera. Las ondas azules se dispersan en todas
direcciones, llenando el cielo de ese color, mientras que el Sol se ve blanco o
amarillento por la pérdida parcial de tonos azules.
II.
Amaneceres y atardeceres: Cuando el Sol se encuentra en el
horizonte, la luz atraviesa más atmósfera. Las ondas cortas se dispersan por
completo y solo las largas alcanzan nuestros ojos, tiñendo el cielo de rojos y
naranjas.
En
definitiva, la Luna baja y anaranjada no cambia de color: es nuestra atmósfera
la que pinta su luz antes de que llegue a nosotros.
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