Cómo dije la semana pasada, esta semana hablaremos del gazpacho y de la porra.
¿Qué es un
gazpacho? dices mientras clavas en mi pupila
tu pupila azul…
Una mezcla
de distintos productos. Pueden ser exclusivamente vegetales, o una combinación
de vegetales y productos de origen animal. Entre los primeros están las
distintas formas de prepararlo en Andalucía y Extremadura: básicamente el
mismo, con variaciones según el lugar y quienes lo elaboren. Como ejemplo del
segundo, el gazpacho manchego (1).
Me voy a referir al gazpacho andaluz-extremeño. No voy a definirlo, sino a atenerme a la receta tal cual es. Tal como lo hacían mis abuelas, mi madre y tantas otras mujeres antes de que llegaran las «modernidades».
Gazpacho andaluz-extremeño:
Ingredientes. 9 imprescindibles y dos optativos:
- Tomate de calidad maduro. Muy importante que se de buena calidad. Que
sepa a tomate (2).
- Pimiento verde italiano.
- Pepino —alternativo el
incluirlo en la batidora—.
- Dientes de ajo.
- AOVE (aceite de oliva virgen extra). (2).
- Pan duro de hogaza. Desde hace mucho tiempo, lo sustituyo por
almendras.
- Agua muy fría.
- Sal.
- Vinagre de Jerez. (2).
- Pimiento rojo para darle color y quitar acidez al tomate (3).
- ¿Cebolla? Depende. Yo a veces sí, otras no (3).
Cantidades al gusto de cada uno, dependiendo de la consistencia que se quiera. Yo lo tomo como bebida, en vaso o en una jarra grande, siempre recién sacada del congelador.
He dicho que lo describiría como lo hacían mis abuelas… No del todo. Ellas lo preparaban a mano, en un lebrillo, añadiendo los ingredientes poco a poco. Los trituraban por partes, o todo junto, que también lo vi.
¿Cómo lo hago yo?
Tras lavar bien los vegetales y cortarlos, los pongo en una batidora de vaso
muy potente. Lo trituro todo muy bien. Si fuera necesario, le añado un poco de
agua para facilitar el triturado. Después lo paso por un pasapurés para
eliminar las semillas del tomate, aunque a veces, gracias a la potencia de la
batidora, queda tan homogéneo que me ahorro ese paso si no lo hago para otros.
Luego, lo vuelvo a poner en la batidora. De nuevo le añado agua, para darle la
densidad que me apetezca en ese momento. Siempre como bebida, como ya he dicho,
pero unas veces lo hago más espeso y otras menos.
Mientras se va batiendo, voy agregando AOVE poco a poco y a velocidad media —es
un capricho, pero creo que se integra mejor—. Sal y vinagre, sin pasarse. Vamos
probando hasta dar con el tono deseado. Mejor quedarse corto y ajustar en el
vaso de cada uno. No pasa nada.
Como lo tomo
a modo de bebida, no lo acompaño con nada. Cuando lo hago para
invitados, pico en trozos pequeños pimiento verde y rojo, pepino, cebolla, pan
frito en cuadraditos… y que cada quien se sirva.
El
gazpacho es más que una sopa fría: es el alma líquida del verano ibérico. En él
se mezclan el sol del tomate, la frescura del pepino, la viveza del pimiento y
la hondura del pan y el ajo, todo ligado por el oro del aceite de oliva. Es
sencillez elevada a arte, medicina contra el calor y herencia de siglos. En una
sola cucharada cabe la sabiduría de Andalucía y Extremadura: la de quienes
aprendieron a convertir lo humilde en manjar y lo cotidiano en celebración.
Pocos platos dicen tanto con tan poco. El gazpacho no se come, se honra.
Ahora, como
malagueño, me voy a referir a la porra (4).
¿Qué es? Un
gazpacho espeso acompañado de huevo duro y jamón cortado en taquitos o en finas
lochas. También puede llevar atún o bonito; a mí me gusta en escabeche (5). En Villanueva del Trabuco, y proximidades, lo llaman «porra fría», y
una anfitriona me dijo que la porra está en su punto cuando la cuchara se
sostiene de pie. Me pareció muy exagerada, pero ahí queda la referencia.
La
porra antequerana es un himno espeso al corazón de Andalucía. Más densa que el
gazpacho, más rotunda en sabor, es el abrazo contundente del tomate maduro, el
pimiento y el ajo, el pan asentado y el puro aceite de olivas que brilla como
oro viejo. No refresca: sacia. No acompaña: reina. En ella está la fuerza de la
campiña malagueña, el saber antiguo de los patios y las eras, el almuerzo de
quienes trabajan la tierra. Servida bien fría, coronada con huevo duro, jamón o
atún, la porra no pide permiso: conquista. Es Andalucía servida en plato, con
cuchara y con orgullo.
Importantísimo: ambos platos se han de servir
fríos. Unas horas de reposo en la nevera. Es básico que estén bien fríos: a
temperatura ambiente no es lo mismo. En Zafra,
bellísimo pueblo pacense, pregunté a una mujer mayor cómo lo hacían para
llevarlo al campo y que se mantuviera frío. Me dijo: Rara vez lo llevábamos al campo para que comieran los hombres. Cuando
era el caso, comprábamos hielo, que poníamos en tinajas, y en ellas los
recipientes con el gazpacho. Añadió que lo habitual era tenerlo en casa, esperándolos,
para que se refrescaran a la vuelta de la jornada.
(1) La primera vez que pedí gazpacho en
La Mancha, iba camino de Madrid. Cuando me lo trajeron, no tuve más remedio que
devolverlo. No era el plato que esperaba, precisamente. En el restaurante lo
tomaron a bien y no me lo cobraron.
(2) El éxito de un gazpacho son los
ingredientes. Si no son de buena calidad, no triunfarás.
(3) Pimiento
rojo y cebolla. Optativos.
(4) No confundir con el salmorejo. Son
primos.
(5) He encontrado varias veces los tres
ingredientes juntos. Yo no lo hago así. No lo veo. Pero para gustos, tenemos el
culo: cada quien tiene el suyo.
NOTA— Así como la paella «admite hasta chorizo», el gazpacho
extremeño/andaluz y la porra en modo alguno admiten cambios sustanciales. Sólo en las cantidades.
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