Bajo las estrellas titilantes del cielo de la sabana, los niños de la aldea se reúnen alrededor del fuego. El anciano Ole Kinyua, envuelto en su shúkà rojo y con los ojos tan sabios como los baobabs, empieza su relato mientras el viento acaricia las llanuras:
«Escuchen, hijos de la tierra… les contaré la leyenda de Muwanga,
el león que nació de un rayo.
Hace muchas lunas atrás, cuando la luz de la noche luchaba con la luz del día por el dominio del cielo, la tierra estaba sumida en el caos. Las bestias peleaban entre sí, los ríos huían bajo tierra y los árboles lloraban hojas secas. Fue entonces que Ngai, el dios de las alturas, lanzó un rayo sobre una colina sagrada. De entre las llamas no nació ceniza… nació un Muwanga. Su melena ardía como fuego contenido y su mirada traía paz o guerra, según lo merecieran los corazones.
Muwanga no cazaba como los demás. Él escuchaba los susurros de los vientos y
los secretos de las piedras. Caminaba entre los vivos y los espíritus. Decían
los sabios que cuando rugía, no solo temblaban los animales: temblaban también
los miedos del corazón humano.
Un día, el gran león se paró frente a una grieta en la tierra por donde
escapaba la armonía. Con un rugido profundo, cerró la herida del mundo. Desde
entonces, su espíritu vela por la sabana. A veces, si escuchan con atención
durante el viento nocturno, podrán oír su rugido lejano... no de furia, sino de
protección.
Y por eso, hijos míos, —dice Ole Kinyua con voz suave—, nunca teman al león
cuando lo vean caminando sin hambre. Puede que sea Muwanga, y entonces sabrán
que están bajo el cuidado del guardián eterno.»

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