Al amanecer la luz entra por la ventana, un susurro de luz que disipa la penumbra. Ella observa, no por costumbre, tampoco por necesidad. La habitación, suspendida entre el sueño y la realidad, aún conserva el desorden de la noche. Su cabello, aún revuelto, refleja la pasión vivida.
Mientras el
mundo exterior parece seguir su curso inalterable, ella solo tiene una
preocupación: ella misma. Lo ve alejarse por la acera, las manos en los
bolsillos, la cabeza gacha. No hay un adiós formal, solo un «cuídate» que él ha
susurrado en la penumbra del pasillo, una frase que delata un afecto fugaz.
Ella no espera nada, pues sabe que solo ha sido una aventura efímera más.
Lo ve
desaparecer entre la multitud y, sin dramatismo, suelta la cortina. Se da la vuelta
y, en voz baja, concluye: «A la ducha y un café. Esta es la cuestión».

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