lunes, 1 de septiembre de 2025

22. «La estrella guía. La chimenea y la curiosidad de Antonia»

 Antonia, al ver a los jóvenes salir, se acomodó cerca del fuego con un libro en las manos. Sabía que aquella noche el bullicio de la taberna no la inquietaría, así que, con una sonrisa tranquila, abrió «La Celestina», había aprendido a leer en su niñez gracias a unas monjas con las que había trabajado en un convento del pueblo. Aunque no era una lectora habitual, aquella obra le ofrecía una especie de escape, una manera de adentrarse en otras historias. La luz de las llamas de la chimenea iluminaba las páginas mientras ella se sumergía en las palabras: «Lucrecia—  Ya me duele a mí la cabeza de escuchar, y no a ellos de hablar ni los brazos de retozar ni las bocas de besar. ¡Andar!, ya callan, a tres me parece que va la vencida...»

Desde su lugar, Antonia observó a Catalina, que había quedado sola en la casa con Gonzalo. Antonia no era tonta y había notado la forma en que Gonzalo miraba a la muchacha. Algo había cambiado en el aire desde la llegada de Catalina, y aunque el comportamiento de Gonzalo parecía ser cortés y algo distante, Antonia tenía sus sospechas.

Cuando Catalina se levantó para acercarse a Gonzalo, una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Antonia. Los vio caminar juntos hacia la puerta que daba al patio, y su mente comenzó a trabajar. ¿Qué pasaría si esa cercanía de Gonzalo y Catalina no era solo casualidad? Quizás había algo más en el aire. Algo que había estado germinando sin que nadie lo hubiera notado.


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