jueves, 4 de septiembre de 2025

23. «La Estrella guía. El patio iluminado por la Luna»...

Quiero dedicar este capítulo a Guillem López Galí, fiel seguidor de este relato. Muchas gracias, Guillem.

Catalina, que ya había estado buscando una excusa para salir al aire libre, tomó la iniciativa. Sin pensarlo mucho, se acercó a Gonzalo, quien, aunque había estado tranquilo hasta ese momento, ahora parecía un tanto intranquilo por el hecho de que Catalina lo invitara a salir.

¿Te gustaría salir al patio? —preguntó ella, mirando a Gonzalo con una sonrisa que casi se podía considerar desafiante. Sabía que él no iba a rechazar la idea, pero había algo en su tono que dejaba claro que ella también sentía una necesidad de aire fresco, de escapar del ambiente pesado que se había creado tras los últimos días.

Gonzalo, intimidado y después de de un breve momento de duda, asintió, aunque no de inmediato. Sin decir palabra alguna, se levantó y caminó tras ella hacia la puerta que daba al patio trasero.

El aire nocturno les dio la bienvenida en cuanto salieron. La luna llena brillaba iluminando el patio. El aroma de las flores, combinado con el fresco de la noche, los envolvía en una atmósfera tranquila pero cargada de algo sutil, algo que ambos sentían pero que aún no sabían cómo nombrar. Los pasos de Catalina eran suaves, casi cautelosos, pero en el fondo había algo liberador en ese pequeño paseo. Al llegar al centro del patio, Catalina se detuvo y respiró hondo.

La Luna está preciosa esta noche, ¿no crees? —comentó Catalina, mirando hacia arriba, como si la tranquilidad de la noche pudiera borrar todo lo que había sucedido antes.

Gonzalo la observó en silencio durante unos segundos, su mirada suave y casi melancólica. No podía dejar de notar cómo el rostro de Catalina se iluminaba bajo la luz de la Luna, cómo su presencia parecía llenar el espacio de una calma extraña. Algo más profundo y sereno que cualquier conversación que hubieran tenido antes.

Sí, es una noche especial. —dijo, casi sin pensarlo, acercándose un poco más a ella. Su tono de voz era bajo, como si temiera romper la calma que se había formado entre ellos.

Catalina, con una sonrisa más relajada, se volvió hacia él. La cercanía de Gonzalo la hacía sentirse extraña, pero en el fondo de su ser, algo le decía que esta conversación, este momento, era lo que necesitaba. Como si de alguna manera, encontrar la paz en Úbeda, en esa casa, también significara encontrar algo más en su interior.

Mientras ambos se quedaban en silencio, disfrutando de la quietud de la noche, Antonia, desde la ventana de la casa, observaba con una ligera sonrisa. Sabía que algo estaba naciendo entre ellos, algo que cambiaría el curso de los días por venir. No sabía si sería algo duradero o si solo sería un capricho del momento, pero la conexión entre Gonzalo y Catalina no podía pasarse por alto.

El aire fresco de la noche los envolvía mientras caminaban despacio por el patio. La luz de la Luna, ya descendiendo en el cielo, bañaba el suelo de piedra, proyectando sombras alargadas de los árboles cercanos. Catalina, sentada en el pozo, deslizó los dedos sobre la piedra fría, disfrutando de la sensación en su piel. Gonzalo la observaba en silencio, sin atreverse a acortar la distancia entre ellos.

La Luna siempre me ha gustado —dijo Catalina, sin mirarlo directamente—. Es testigo de muchas cosas que nadie más ve.

Gonzalo sonrió, cruzando los brazos sobre su pecho.

¿Y qué crees que está viendo esta noche?

Catalina se giró lentamente hacia él, con una sonrisa enigmática en los labios. Caminó con paso seguro hasta quedar apenas a un par de palmos de distancia. Sus ojos obscuros brillaban con un matiz travieso mientras levantaba la mano y, con la yema de los dedos, rozaba la tela de la camisa de Gonzalo, justo sobre su pecho.

Tal vez… —susurró, sin apartar la mirada de la suya—, está viendo a un muchacho que no se atreve a tomar lo que quiere.



Catalina se giró lentamente hacia él, con una sonrisa enigmática en los labios. Caminó con paso seguro hasta quedar apenas a un par de palmos de distancia. Sus ojos obscuros brillaban con un matiz travieso mientras levantaba la mano y, con la yema de los dedos, rozaba la tela de la camisa de Gonzalo, justo sobre su pecho.

Catalina se acercó un poco más, con la luna aún bañando sus rostros en plata. Gonzalo mantenía la mirada fija en ella, como si cada palabra que dijera fuera una nota en una melodía que no quería perderse.

¿Ves esa constelación? —dijo Catalina, señalando hacia el cielo con la mano que antes había rozado su camisa—Orión. El cazador. Yareaj le dicen los hebreos.

Gonzalo siguió la dirección de su dedo, encontrando las tres estrellas alineadas del cinturón, y luego el resto de la figura que se dibujaba entre las estrellas.

Siempre me ha fascinado —continuó ella, con voz suave—. Orión representa la búsqueda. El deseo de alcanzar algo que parece imposible. En la mitología, era valiente, arrogante a veces, pero también trágico. Como si el cielo lo hubiera atrapado justo en el momento en que más deseaba algo.

Gonzalo la miró, intrigado por la mezcla de ternura y misterio en sus palabras.

¿Y tú? —preguntó él, apenas susurrando—. ¿Qué estás buscando?

Catalina sonrió, esta vez con un matiz más íntimo, más vulnerable.

Tal vez lo mismo que él —respondió—. Algo que me haga sentir viva. Algo que no se pueda explicar con palabras, pero que se sienta aquí —y colocó su mano sobre su pecho, justo donde antes había tocado el suyo.

El silencio volvió a envolverlos, pero esta vez no era incómodo. Era como si Orión, desde lo alto, los estuviera observando con complicidad.

Gonzalo tragó saliva, sintiendo el calor del cuerpo de Catalina tan cerca. Su corazón latía con fuerza, pero no se movió. Catalina, con una lentitud calculada, deslizó sus dedos hasta su cuello, dejando un rastro de calor en su piel.—¿Y tú qué crees que quiero? —preguntó él en voz baja.

Catalina inclinó ligeramente la cabeza y su aliento rozó el rostro de Gonzalo. Sus labios quedaron peligrosamente cerca de los suyos, apenas separados por un suspiro.




 —Eso deberías decírmelo tú —murmuró, con una sonrisa apenas perceptible.

Gonzalo exhaló con fuerza, como si estuviera librando una batalla interna. Sus manos temblaban ligeramente cuando las posó en la cintura de Catalina, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la tela.

Catalina… —susurró su nombre, como una advertencia.

Pero ella no se apartó. Al contrario, se acercó un poco más, dejando que sus labios rozaran suavemente los de él en un beso fugaz, apenas un roce que hizo que la piel de Gonzalo se erizara. Luego, se retiró apenas, mirándolo con una mezcla de desafío y deseo:

Dime que no lo deseas y me iré —le dijo, con voz baja pero firme.

Gonzalo cerró los ojos un instante, luchando contra la tentación. Pero cuando volvió a abrirlos, vio la forma en que Catalina lo miraba, con un fuego inconfundible en los ojos.

Entonces, sin pensarlo más, la tomó por la nuca y la besó con ansia contenida, dejando que todo lo que había estado reprimiendo durante días se desbordara en ese instante bajo la Luna.

El beso comenzó con suavidad, pero Catalina no tardó en profundizarlo. Se aferró a la camisa de Gonzalo, atrayéndolo más hacia ella, sintiendo su cuerpo ceder ante su insistencia. Sus labios se movían con confianza, saboreando la mezcla de nervios y deseo en la respuesta de él.

Cuando se separaron, apenas el tiempo suficiente para respirar, Catalina dejó escapar una risa baja, casi un susurro, y deslizó las manos por sus hombros, deteniéndose un instante antes de bajar por sus brazos.

No pareces tan tímido ahora… —murmuró, con una sonrisa pícara.

Gonzalo, aún con la respiración entrecortada, deslizó los dedos por la línea de su mandíbula, pero ella tomó su muñeca y la bajó hasta su cintura, guiándolo a que la sostuviera con más firmeza. Luego, con movimientos lentos, comenzó a caminar hacia atrás, arrastrándolo con ella hasta quedar apoyada contra la pared de piedra.



 —¿Estás jugando conmigo, Catalina? —preguntó él en voz baja, con un tono en el que se mezclaban la diversión y el anhelo.

¿Te parece un juego? —respondió ella, alzando una ceja, sin dejar de mirarlo.

No esperó respuesta. En lugar de eso, se alzó ligeramente sobre la punta de los pies y volvió a besarlo, esta vez con un hambre mayor. Sus dedos recorrieron la línea de su espalda, sintiendo la tensión en su cuerpo. Gonzalo reaccionó con un leve suspiro contra su boca, pero no se resistió.

Catalina deslizó las manos hasta el borde de su camisa, jugando con el tejido, rozando su piel con las yemas de los dedos, provocándolo con caricias ligeras. Gonzalo, que hasta entonces había dejado que ella marcara el ritmo, dejó escapar un leve gruñido y la estrechó más contra él, atrapándola entre su cuerpo y la pared.

Ahora sí pareces decidido —murmuró ella con una sonrisa, sintiendo cómo la respiración de Gonzalo se volvía más pesada contra su cuello.

Cuidado con lo que provocas, Catalina…

Pero ella no tenía ninguna intención de detenerse. Se apartó apenas lo suficiente para deslizar los dedos por su mandíbula y obligarlo a mirarla de frente.

No quiero que te detengas.

Las palabras encendieron algo en Gonzalo. Sus labios volvieron a encontrarse en un beso más profundo, más posesivo. Sus manos exploraban sin prisa pero sin pausa, descubriendo la piel tibia de Catalina bajo la tela de su ropa.

El perfume de las flores y la brisa nocturna los envolvían, pero nada de eso importaba. En ese momento solo existían ellos, entre susurros, caricias y el deseo que se encendía entre sus cuerpos bajo la mirada indiferente de la luna.

Gonzalo dejó escapar un suspiro contra la piel de Catalina, con los labios apenas rozando la línea de su mandíbula. Sus manos, ahora más seguras, descendieron por su cintura, acariciando la curva de sus caderas con una mezcla de devoción y urgencia contenida.

Catalina sonrió contra su boca, disfrutando de la manera en que él temblaba bajo sus caricias.

Eres todo un caballero… —susurró, con un matiz provocador en la voz—. Pero no quiero que lo seas esta noche.

La declaración quedó suspendida entre ellos como un desafío. Gonzalo entrecerró los ojos, como si buscara en su expresión alguna duda, algún titubeo, pero lo único que encontró fue determinación y deseo.

Catalina… —dijo su nombre en voz baja, como si saborearlo en sus labios fuera suficiente para incendiarlo.

Ella le tomó la mano y la deslizó por la curva de su espalda hasta el borde de su vestido, donde la tela se volvía más ligera. La piel se estremeció bajo el roce, pero Catalina no retrocedió. Al contrario, acercó su rostro al de él antes de susurrar:

¿Vas a seguir preguntando… o piensas hacer algo?

Gonzalo dejó escapar un suspiro tembloroso, y fue ahí cuando algo en él se rompió.

De un solo movimiento, la giró y la apoyó contra la pared de pozo, atrapándola con su cuerpo. Sus labios descendieron por su cuello, trazando un sendero de besos ardientes, mientras sus manos exploraban sin prisas, con la devoción de quien descubre algo sagrado.

Catalina echó la cabeza hacia atrás, entrecerrando los ojos, dejando que él tomara el control. Su piel ardía bajo sus caricias, y el mundo a su alrededor se desvanecía, reducido solo al latido apresurado de sus corazones y al fuego que los consumía.

El murmullo de la noche los rodeaba, el aroma de las flores se mezclaba con el calor de sus cuerpos. La luna seguía brillando en lo alto, testigo silenciosa de una pasión que llevaba demasiado tiempo esperando.

Gonzalo deslizó las manos por la tela del vestido de Catalina, sintiendo el contorno de su cuerpo bajo sus dedos, la calidez de su piel aún a través de la tela fina. Catalina lo miraba con una mezcla de desafío y entrega, con los labios entreabiertos, respirando el deseo que vibraba entre ambos.

No sabes cuánto he pensado en esto… —murmuró él, con la voz cargada de anhelo—. Tal vez no sea el lugar. Estamos muy expuestos.

Catalina sonrió, acariciando su rostro con suavidad antes de enredar los dedos en su cabello, atrayéndolo hacia ella.

Entonces, deja de pensarlo… —susurró contra su boca, antes de besarlo con urgencia.

Sólo Yare´ach* (pronunciado yareaj) será nuestro testigo. Ella iluminará nuestro encuentro.

El beso fue más profundo esta vez, más hambriento. Gonzalo la apretó contra él, sintiendo la firmeza de su cuerpo moldearse al suyo. Sus manos descendieron por su espalda, explorando con más confianza, y cuando Catalina se arqueó hacia él, un gemido quedó atrapado entre sus labios.

El aire nocturno era cálido, pero no tanto como el fuego que ardía entre ellos. Gonzalo deslizó los labios por su cuello, probando la suavidad de su piel con besos lentos que la hicieron estremecerse. Catalina se aferró a sus hombros, buscando su calor, su tacto, la necesidad latiendo en su pecho como una urgencia imposible de ignorar.

*Yare´ach. Luna en hebreo.

Las manos de Gonzalo encontraron la cinta que sujetaba su vestido y, con una mirada de permiso, comenzó a deshacer el nudo. Catalina no se detuvo. En su mirada no había recato, sino desafío, entrega, y algo más peligroso: un deseo que la consumía tanto como a él.

Aquí, bajo Yare´ach… —susurró ella, deslizando los labios por su oído—. ¿O prefieres que entremos?

Gonzalo tragó saliva, con el pulso acelerado. No estaba seguro de qué responder, porque en ese momento solo podía pensar en ella, en su piel, en la manera en que su cuerpo encajaba contra el suyo.

Pero Catalina ya había tomado la decisión. Tomándolo de la mano, lo guio hacia un rincón más resguardado del patio, donde la sombra de un árbol cubría el suelo de luz y sombras. Se detuvo allí, sosteniéndole la mirada, y con la lentitud de quien sabe que el momento es suyo, dejó caer el vestido por debajo de sus hombros, exponiendo su piel a la noche.


Gonzalo contuvo el aliento.

Dime que me deseas tanto como yo a ti… —susurró Catalina, con una sonrisa que no dejaba espacio para dudas.

Gonzalo no respondió con palabras. Se acercó y la tomó entre sus brazos, dejando que sus besos fueran la única respuesta que necesitaba.

Catalina sintió el temblor leve en las manos de Gonzalo cuando él deslizó los dedos por sus hombros, siguiendo el camino que había dejado la tela de su vestido al caer. Sus labios continuaban explorándola, presionando besos ardientes en la curva de su cuello, ahora con el pelo recogido en una trenza, descendiendo con hambre contenida por su clavícula.

Ella, sin prisa pero con firmeza, deslizó sus manos por el pecho de Gonzalo, notando la tensión de sus músculos bajo la tela de la camisa. La sensación de su respiración entrecortada contra su piel la hizo sonreír. Disfrutaba viéndolo perder el control poco a poco, sintiendo el poder que tenía sobre él.

Entonces la notó. La evidencia de su deseo contra su bajo vientre, atrapada entre ellos cuando él la acercó más hacia sí. Catalina exhaló un gemido cargado de expectativa y se arqueó suavemente contra él, buscando más de esa sensación, provocándolo.

Gonzalo cerró los ojos por un instante, conteniendo un gemido en su garganta.

Catalina… —su voz sonó grave, quebrada por el deseo.

Ella sonrió con atrevimiento, deslizándole las manos por la espalda, disfrutando del estremecimiento que causaba en él:

Te deseo… —susurró contra su oído, y luego, rozando los labios con los suyos, añadió—: Y sé que tú me deseas también.

Gonzalo no pudo más. Su control se rompió cuando Catalina se apretó contra él, excitándolo sin pudor. Sus manos descendieron por la curva de su espalda hasta aferrarla con firmeza por la cintura, atrayéndola aún más, haciéndole sentir sin reservas cuánto la deseaba.

No sabes lo que me haces… —murmuró con un jadeo, rozando su nariz contra la de ella, respirándola, absorbiendo su calor.

Catalina lo miró a los ojos, desafiándolo con una sonrisa cargada de intención:

Entonces, déjame mostrarte…

Catalina no apartó la mirada cuando deslizó las manos por el pecho de Gonzalo, sintiendo su respiración entrecortada, su cuerpo ardiendo bajo la ropa. Quería verlo rendirse por completo, sentir su deseo sin restricciones.

Gonzalo tembló cuando ella se apretó más contra él, su vientre rozando la firmeza que lo delataba. La caricia provocadora le arrancó un gruñido bajo y gutural. Catalina lo sintió vibrar en su pecho, provocándole un escalofrío de placer.

No juegues conmigo… —susurró él, su voz grave y áspera.

¿Y si quiero jugar? —Catalina deslizó los dedos hasta el borde de su camisa, tirando suavemente del cordón que la mantenía ajustada.

Gonzalo apretó los dientes cuando sintió el ligero roce de sus uñas contra su piel.

Catalina… —la advirtió, pero su voz carecía de convicción.

Ella sonrió con satisfacción al notar cómo su cuerpo traicionaba su intento de autocontrol.

Shhh… —susurró, llevando un dedo a sus labios antes de mordisquear su lóbulo con lentitud, sintiendo cómo se estremecía.

Gonzalo cerró los ojos y aferró su cintura con más fuerza, sus dedos clavándose en la tela de su vestido, luchando entre el deseo y la razón.

Si sigues así… no voy a poder detenerme.

Catalina inclinó el rostro y rozó su nariz con la de él, su aliento tibio mezclándose con el suyo.

¿Y quién te ha pedido que lo hagas? —murmuró contra sus labios antes de besarlo con hambre renovada, con la urgencia de quien quiere probar el fuego sin miedo a quemarse.

La respiración de Gonzalo se volvió más pesada, su pecho subía y bajaba con un ritmo descontrolado. Ya no podía contenerse más. Con un movimiento firme, tomó a Catalina por los hombros y la cintura, guiándola hacia el suelo con cuidado, sin apartar sus labios de los suyos.

Catalina jadeó suavemente cuando sintió el frío del suelo en su espalda, en contraste con el calor abrasador de los cuerpos que se buscaban sin reservas. Gonzalo la cubría con su propio cuerpo, sus manos recorriendo la silueta de Catalina con una mezcla de ternura y deseo.

La Luna iluminaba el patio, proyectando sombras sobre la pared del pozo que los protegía de cualquier mirada indiscreta. El aroma de las flores flotaba en el aire, envolviéndolos en una burbuja de sensaciones.

Gonzalo deslizó los labios por su cuello, besando con devoción cada rincón de su piel expuesta. Catalina arqueó la espalda, entregándose a la intensidad de su toque, guiándolo a donde ella quería sentirlo.

Los susurros se mezclaban con el murmullo del viento, el roce de las telas, los latidos acelerados, el deseo convertido en necesidad. No había dudas, no había frenos, solo la pasión consumiendo cada rincón de sus cuerpos, enredándolos en un momento que ninguno de los dos olvidaría.

La respiración entrecortada de Gonzalo se mezclaba con los susurros de la noche mientras Catalina, con una decisión inquebrantable, tomaba el control del momento. Sus manos firmes se deslizaron sobre su pecho, y con un movimiento ágil, lo obligó a recostarse sobre el suelo de piedra tibia.

Gonzalo apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Catalina se colocara sobre él, sus rodillas a cada lado de su cuerpo, sus ojos ardiendo con un fuego que él jamás había visto en ninguna mujer. La Luna iluminaba su figura, su cabello cayendo en suaves ondas sobre su rostro, su respiración agitada y sus labios entreabiertos en una mezcla de deseo y desafío.

No creas que serás tú quien lleve la iniciativa —susurró, con una sonrisa traviesa, deslizando las yemas de los dedos por su pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo la piel caliente.

Gonzalo la miraba embelesado, atrapado entre el asombro y la pasión desbordante. Sus manos se posaron en sus caderas con una mezcla de reverencia y hambre contenida, pero Catalina las tomó y las sujetó con firmeza sobre el suelo, inclinándose hasta que sus labios apenas rozaron los suyos:

Déjate llevar —le susurró contra la boca, su aliento cálido encendiendo aún más la urgencia en él.

Y Gonzalo, perdido en la sensación, obedeció. No había más mundo que el de ella, no había más tiempo que el de aquella noche, y juntos se abandonaron al vértigo del placer, envueltos en el aroma de las flores y el canto lejano de los grillos.

Catalina y Gonzalo permanecían en silencio, sus cuerpos aún entrelazados mientras la brisa nocturna acariciaba su piel. Sus respiraciones, antes agitadas, ahora se habían calmado, acompasadas en un mismo ritmo pausado. Catalina apoyaba la cabeza en el pecho de Gonzalo, escuchando el latido aún acelerado de su corazón, mientras él deslizaba los dedos con suavidad por su espalda desnuda, disfrutando de la tibieza de su piel.

El murmullo de la noche los envolvía, pero pronto fue interrumpido por unas voces que se acercaban desde la calle. Primero un murmullo, luego risas, y enseguida, un canto desafinado que anunciaba la llegada de Juan, Martín y Diego, completamente embriagados tras su estancia en la taberna.

Ay, virgen santa, lo que nos faltaba —susurró Catalina, alzando la cabeza con una sonrisa traviesa pero alerta.

Gonzalo rió por lo bajo, aunque aún con la respiración entrecortada.

Tendremos que darnos prisa… o nos encontrarán aquí.

Catalina, sin perder su desparpajo, se inclinó y dejó un último beso en los labios de Gonzalo antes de apartarse lentamente. Se vistió con rapidez, acomodándose la falda y alisando su cabello con las manos. Gonzalo la imitó, aunque aún con cierta torpeza, como si su cuerpo se negara a abandonar el calor de aquel momento.

Vamos —dijo ella, tomándolo de la mano y tirando de él hacia la puerta trasera de la casa.

Las voces de los hombres se hicieron más claras, y al doblar la esquina del patio, pudieron verlos. Juan iba en el centro, caminando con algo más de firmeza que los otros dos, mientras Martín y Diego se tambaleaban, apoyándose el uno en el otro.

¡Ea, que la noche aún es joven! —exclamó Martín, alzando una bota de vino vacía y sacudiéndola en el aire.

¡Mañana será otro día! —añadió Diego, riendo con voz pastosa.

Gonzalo y Catalina lograron entrar sin ser vistos, cerrando la puerta con cuidado. Catalina soltó un suspiro y miró a Gonzalo con una expresión divertida.

Hemos tenido suerte.

Mucha —respondió él, aún sintiendo el fuego en su piel por todo lo ocurrido momentos antes.

Desde el salón, Antonia alzó la vista del libro y miró a Catalina con suspicacia, notando el rubor en sus mejillas y la forma en que evitaba su mirada. Sonrió para sí misma y volvió a su lectura.

Mañana será otro día… —murmuró, repitiendo sin querer las palabras de Diego. Y qué día.

Juan, Diego y Martín entraron dando tumbos en la casa, entre risas y empujones torpes. Diego, en su intento por quitarse la chaqueta, tropezó con una silla y casi arrastró la mesa con él.

¡Vaya noche! —exclamó Martín, dejándose caer sobre un banco con una carcajada.

Antonia los observó con los brazos en jarras y una ceja arqueada.

¡Ea, que sois peor que un vendaval! Id ahora mismo al pozo a refrescaros antes de que os caigáis de bruces en la cama y mañana me maldigáis por el dolor de cabeza. Qué mañana tenemos mucha faena y tenéis que descansar.

Juan, que apenas se sostenía en pie, mirando a su mujer le dijo: —¿y guién fe ha ficho gue venimosf a dormirf? Venimosf a bor la guidarra.

Antonia, con los brazos en jarras, dirigió tal mirada a su marido y a los dos jóvenes, que sin dudas de ningún tipo entendieron lo que habrían de hacer. Los tres resoplaron, pero sabían que no valía la pena discutir con Antonia. Se levantaron con pesadez y fueron saliendo al patio, todavía entre risotadas.

Antonia, sin perder la compostura, giró la vista hacia Gonzalo, que permanecía en su sitio con una expresión demasiado tranquila… para su gusto.

Tú también, hijo. Estás colorado como un pimiento.

Gonzalo abrió la boca para replicar, pero al notar la mirada inquisitiva de su madre, prefirió no decir nada. Se encogió de hombros y salió tras los otros.

Entonces, Antonia miró a Catalina y con un gesto suave de la mano, la llamó.

Acércate, niña.

Catalina obedeció sin cuestionar, aunque sintió un leve cosquilleo en el estómago. Cuando estuvo lo bastante cerca, Antonia inclinó la cabeza de la muchacha con delicadeza y, con unos dedos firmes pero cuidadosos, le retiró unas briznas de hierba enredadas en su cabello.

El rubor subió al rostro de Catalina de inmediato. Antonia no dijo nada, pero la sombra de una sonrisa se dibujó en sus labios. Viendo marchar a la muchacha hacia su habitación, dijo:

Mañana será otro día —repitió, con el mismo tono enigmático de antes.

Catalina tragó saliva y asintió cabizbaja mientras caminaba por el pasillo que la llevaba a su alcoba.

Porque sí… mañana sería otro día. Pero lo que había ocurrido aquella noche quedaría entre ellos dos… y en el recuerdo de su piel...


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