El día siguiente al juicio amaneció con una calma extraña, casi solemne, tras la bulliciosa celebración de la víspera. El eco de la música y las risas aún flotaba en el aire, pero todos se habían levantado tarde, arrastrando los efectos de la fiesta que se extendió hasta las primeras luces del día. Las calles de Úbeda, que la noche anterior habían estado llenas de júbilo, amanecieron desiertas, con apenas alguna vecina que, bostezando y estirándose, barría la entrada de su casa o recogía las mesas que habían quedado fuera. Unos pocos rezagados, aún somnolientos, cruzaban la plaza con paso lento, mientras el aroma a pan recién horneado comenzaba a impregnar el aire.
Ni el canto del gallo que anunciaba el amanecer, ni el cacareo de las gallinas en el corral, ni el mugido de la vaca y el ternero, ni los rebuznos de las mulas, ni el balido de las dos cabras, lograron romper el sueño profundo de los miembros de la familia. Solo cuando los rayos dorados del sol comenzaron a incidir directamente sobre las caras de Antonia y Juan, estos se despertaron, sorprendidos por lo tarde que era.
—¡Despierta, Juan! —dijo Antonia, tocando suavemente su hombro—. Ya es hora, hemos dormido demasiado.
Juan, con los ojos entrecerrados por el cansancio y el exceso de vino, se estiró y, viendo el sol muy elevado, rápidamente despertó a los demás. Era un día diferente al resto, uno en el que la celebración había dejado su huella, pero la vida debía seguir su curso.
Ni bien se levantaron, sin perder tiempo en desayunar, se dirigieron al corral a atender a los animales. Antonia, siempre tan hacendosa, se dirigió hacia la vaca para ordeñarla y asegurarse de tener leche fresca para el día. Mientras tanto, Catalina, con su agilidad habitual, comenzó a preparar algo para el resto de la familia, aunque sabían que no podrían sentarse a comer hasta que terminaran las labores. Con su carácter amable y generoso, aprovechó para preparar algo sencillo pero nutritivo.
Juan y Gonzalo se encargaron de limpiar las jaulas de las gallinas y de los conejos, mientras les disponían grano y hierbas para su alimentación. El sonido de los animales picoteando y el aroma del campo parecían calmar la atmósfera, que aún conservaba algo de la alegría de la víspera. Diego y Martín, igualmente ocupados, se encargaron del establo de las mulas, limpiando su espacio y disponiendo hierba fresca para ellas. Cada uno, con su tarea bien definida, trabajaban en silencio, aunque sus miradas se cruzaban de vez en cuando con sonrisas cómplices.
Una vez que los animales estuvieron atendidos y la familia se aseó en el pozo del patio, todos se reunieron en la cocina. Catalina ya había dispuesto la mesa con esmero. La leche, recién hervida, con achicoria aromatizaba el aire, y sobre la mesa había trozos de queso, tocino, gachas y tostadas con miel, un manjar sencillo pero delicioso. La familia se acomodó alrededor de la mesa, y la atmósfera, aunque tranquila, estaba cargada de un aire de satisfacción y paz.
Gonzalo y Catalina, sentados juntos, no ocultaban el amor que se profesaban. Se miraban con una complicidad que era evidente para todos. La felicidad de estar juntos, después de tanto tiempo ocultándose, era palpable en sus ojos. El resto de la familia los observaba sonriendo con complicidad. Sabiendo que el pleito había quedado totalmente a su favor, la calma reinaba en la familia.
Era un día para disfrutar de la calma, para descansar y celebrarlo en la intimidad. Ese día, las labores se dejarían para la mañana siguiente. La familia, ahora más unida que nunca, decidió pasar el día juntos. Conversaron, recordaron anécdotas divertidas, y se reían mientras la luz del día caía suavemente sobre la mesa. No había prisas, no había preocupaciones, solo la calidez de estar en casa, rodeados de los suyos.
Era el inicio de una nueva etapa. La familia había superado muchas adversidades, pero lo que quedó claro aquel día fue que la justicia, la verdad y el amor siempre encontrarían su camino.
Los días previos a la nueva audiencia ante el corregidor transcurrieron con una calma aparente. El sol brillaba sin tregua, pero en la casa, la tensión era palpable. La rutina de siempre, dedicada a las labores cotidianas de la casa, de la huerta, del olivar y de los animales, parecía transitar por una senda de normalidad que, sin embargo, no lograba disimular la inquietud que se había apoderado de Catalina. Cada vez que sus manos tocaban la tierra o levantaba el cubo de agua, su mente se desviaba hacia lo sucedido en el cortijo de Baños de la Encina. Sentada junto al pozo del patio, a su mente llegaban recuerdos del pasado reciente y preocupaciones por el futuro.
Diego se acercó a ella.
—¿Estás bien, Catalina? —preguntó, mirándola con preocupación.
—No lo sé... —respondió ella, secándose las manos en el delantal—. Cada vez que pienso en lo que pasó... no puedo dejar de sentirme atrapada en eso. ¿Qué será de nosotros si todo sale mal? Don Gil tiene mucho poder y nosotros solo somos labriegos. puedo dejar de sentirme atrapada en eso. ¿Qué será de nosotros si todo sale mal? Don Gil tiene mucho poder y nosotros solo somos labriegos.
Diego asintió, sabiendo que las palabras no serían suficientes para aliviar su angustia, pero también comprendía que todo lo que podía hacer era apoyarla.
—Lo que diga el corregidor será justo, Catalina. No estás sola. Nosotros estamos contigo —dijo Diego con firmeza, dándole una ligera palmada en el hombro.
A pesar de la promesa, Catalina no podía dejar de preocuparse. ¿Qué sucedería si Don Gil lograba manipular la situación? En su mente, los recuerdos del cortijo la acosaban constantemente, cada uno más vívido que el anterior...
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