miércoles, 24 de septiembre de 2025

32. «La estrella guía. Viernes. Día de mercado»

 Así fueron transcurriendo los días, con la calma habitual de la rutina, pero el peso de los acontecimientos recientes nunca dejó de acechar la mente de Catalina. Era viernes, día de mercado en el pueblo, y como siempre, Antonia, Catalina y Gonzalo se levantaron temprano para preparar los productos que llevarían. El carro, cargado con animales y verduras, esperaba en el umbral de la casa. Antonia revisaba que todo estuviera en orden, mientras Catalina y Gonzalo se aseguraban de que los animales estuvieran listos para el viaje.

¿Todo listo, hija? —preguntó Antonia, mientras recogía unas cestas con huevos frescos.

Sí, madre. Ya está todo. —Catalina intentó sonreír, pero sus ojos no lograban esconder la preocupación que la atenazaba.

Gonzalo, al ver la tensión en el rostro de Catalina, decidió hablar para aliviar la carga del momento.

No te preocupes, mi vida. Todo irá bien hoy. Será otro día como siempre. —dijo Gonzalo con un tono tranquilo, aunque la ansiedad también se reflejaba en sus ojos.

Antes de partir, se despidieron de Juan, Martín y Diego, que se quedarían en casa ocupándose de la huerta y el olivar, además de algunas reparaciones en la cuadra.

Que os vaya bien en el mercado. —Juan les dijo mientras ajustaba el sombrero y se dirigía hacia el olivar con Martín y Diego.

El viaje hacia el mercado se hizo en silencio, con los tres concentrados en sus pensamientos. Al llegar a la plaza, la escena era la de siempre, con los puestos de fruta, carne y pescado seco y ahumado repartidos por el espacio. Sin embargo, un ambiente extraño flotaba en el aire. Los murmullos entre los vendedores y los compradores se entrelazaban, y poco a poco Catalina fue escuchando fragmentos de conversación que no podía ignorar.

¿Oíste lo de don Gil? —preguntó una mujer a otra, mirando a Catalina de reojo mientras acomodaba un cesto de patatas

Sí, parece que se ha escapado. El corregidor lo había citado para que declarara, pero nada. Ahora, hasta han mandado a buscarlo. —respondió la otra con tono de indignación. —Esto solo refuerza lo que todo el pueblo sabe: que la acusación contra él es más que cierta. Lo que hizo a Catalina... no tiene perdón.

Catalina apretó los dientes, sintiendo que el estómago se le apretaba al escuchar sus palabras. Los comentarios continuaron, cada vez más fuertes, como si todos en la plaza supieran lo que había sucedido.

Antonia, que había estado escuchando en silencio, se acercó rápidamente a Catalina, notando su inquietud.

Tranquila, hija. La justicia se encargará de todo. —le susurró, poniéndole la mano sobre el brazo.

Pero Catalina, que ya no podía ocultar su ansiedad, murmuró con voz quebrada:

Y si no... ¿Y si él sale de su escondite? ¿Y si viene a vengarse de mí? No estoy tranquila, madre...

Antonia, al ver el miedo en los ojos de su hija, giró hacia Gonzalo.

Gonzalo, llévatela a casa ahora mismo. Quédate con ella. Yo me quedo aquí a vender, y le dirás a tu padre que venga pronto. —dijo con firmeza, y sin esperar respuesta, tomó las riendas del carro y se dirigió a su lugar en el mercado.

Gonzalo asintió y, tomando suavemente la mano de Catalina, la guio hacia el camino de regreso.

Vamos, mi amor. Te acompañaré hasta que te sientas mejor. —dijo Gonzalo en voz baja, dándole una ligera sonrisa que no lograba ocultar su preocupación.

Catalina no dijo nada. Tomó la mano de Gonzalo con fuerza y, juntos, llegaron a casa. Catalina se quedó en el interior, mientras Gonzalo se dirigía a la cuadra para darle el aviso a su padre. Al verlo, le preguntó preocupado por el motivo de su llegada temprana.

¿Qué pasa? —le preguntó, alzando una ceja.

Ya madre te contará —respondió Gonzalo, intentando no preocuparle demasiado—. Ve con ella, que está sola.

Cuando Gonzalo entró en la casa, encontró a Catalina cabizbaja, con la cara entre las manos y sollozando en silencio. La idea de que Don Gil pudiera estar cerca, observándola desde las sombras, la hizo sentirse más vulnerable que nunca. El miedo a lo desconocido la envolvía, aunque al mismo tiempo no podía evitar pensar que la justicia finalmente se había puesto en marcha y que, de alguna manera, nada podría detenerla ahora.

Gonzalo se sentó a su lado, abrazándola con ternura. Le dio un suave beso en la mejilla, tratando de calmarla, aunque sabía que no era fácil. Catalina se abrazó fuertemente a él, buscando consuelo en su cercanía, y por un momento, el mundo exterior pareció desvanecerse, como si el único refugio posible estuviera en sus brazos...

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