domingo, 2 de noviembre de 2025

2. «Moonlight in Vermont» «I’ll Be Seeing You»

La calle olía a lluvia y del asfalto caliente ascendía pequeñas columnas de vapor. El eco del saxo se escapaba por la puerta entreabierta del club mientras de la voz de Helena surgía Summertime. Era como si aquel callejón a medio iluminar respirara en compás del Jazz. Amanda caminaba unos pasos por delante, el sonido de sus tacones marcaba un ritmo suave sobre el empedrado húmedo. Tom la seguía, hipnotizado por la curva de su espalda, por el brillo fugaz de su vestido bajo la farola.

Subieron en silencio tres pisos por una vieja escalera de madera. En cada rellano, el aire tenía el aroma cansado de los edificios donde el tiempo se ha detenido. Amanda abrió la puerta del apartamento sin mirar atrás. Era pequeño, pero todo en él tenía la calidez del desorden íntimo: un sofá de terciopelo verde, discos apilados junto a un tocadiscos portátil, una lámpara de pie con pantalla de tela y, sobre la mesa, una botella de brandy abierta a medio terminar. En una esquina, un gato de tres pelos dormía sobre una silla, indiferente a la escena.

Amanda dejó su bolso, encendió una vela y, sin prisa, puso un disco. La aguja cayó con un leve chasquido y empezó a sonar I’ll Be Seeing You.
—Siempre he creído que esta canción huele a noche —dijo, sirviendo dos copas de brandy.
—Y a despedida —añadió Tom.

Amanda lo miró un instante, como si aquella palabra le hubiese arañado un recuerdo. Luego sonrió.
—Tal vez. Pero las despedidas también pueden ser dulces… Dame unos minutos. Necesito cambiarme. Este vestido huele demasiado a humo. Ponte cómodo y sirve dos copas de brandy.

Tom asintió al tiempo que se desanudaba la corbata y la metía en el bolsillo de su chaqueta. Tomó dos copas de un mueble bar y sirvió las dos copas mientras recorría con la mirada el apartamento. Las luces de la ciudad se reflejaban en las gotas de agua pegadas a la ventana.

Al cabo de unos minutos, Amanda salió de la habitación. Se acercó despacio. La seda de su vestido negro de tirantas ajustado al talle de su cuerpo realzaba su figura. Tom la admiraba cuando le tendió la copa. El cristal tintineó con un sonido mínimo, casi un suspiro.
—Por las noches que no se repiten —dijo ella.
—Ni falta que hace —respondió él, sin saber que había querido decir ella, ni comprender su propia respuesta..

Amanda se sentó en el sofá y le hizo un gesto para que él también lo hiciera.

La música giraba, lenta, como si todo el aire del apartamento se moviera al compás del vinilo. Tom se sentó a su lado, sin tocarla, pero tan cerca que podía sentir el calor de su piel. El brandy le ardía en la garganta, pero era su cercanía lo que lo incendiaba.

Sonaba Nature Boy. El ambiente los envolvía como una cortina que caía suavemente sobre el último acto.

¿Sabes? —dijo ella, mirando el humo de su cigarrillo ascender en espiral—. Hay algo en ti que parece fuera de sitio. Como si no pertenecieras del todo a este tiempo.
Tom sonrió, algo incómodo.
—Tal vez porque aún no sé en qué tiempo estoy.

Amanda se inclinó hacia él.
—Entonces deja que esta noche te lo enseñe.

Y el resto quedó suspendido, como la nota de un saxo que no termina de apagarse, fundida en el perfume, el brandy y el eco lejano del jazz...

Amanda se acomodó en el sofá, cruzando las piernas con una lentitud calculada. El vestido se deslizó sobre su piel como una sombra líquida. Tom, aún con la copa en la mano, la observaba sin saber si debía hablar o simplemente dejarse llevar.

¿Siempre eres así de silencioso? —preguntó Amanda, con una sonrisa ladeada.

Tom se aclaró la garganta, incómodo por la pregunta y por el modo en que ella lo miraba, como si supiera algo que él aún no había descubierto.

No lo sé… Supongo que no estoy acostumbrado a este tipo de noche.

Amanda soltó una pequeña risa, baja, como el ronroneo del gato que seguía dormido en su rincón.

¿Y qué tipo de noche es esta?

Tom dudó. Buscaba una palabra que no sonara ingenua ni demasiado entregada.

Una noche que parece tener dueño.

Amanda se inclinó hacia él, el cigarrillo entre los dedos, el humo dibujando espirales entre ambos.

¿Y te incomoda que no seas tú?

Tom la miró. No era arrogancia lo que había en su tono, era certeza. Ella sabía lo que provocaba, y no pedía permiso para hacerlo.

Me desconcierta —admitió él.

Amanda se acercó un poco más, hasta que sus rodillas se rozaron.

Entonces déjate desconcertar. No tienes que entenderlo todo. Solo sentirlo.

Tom bajó la mirada a su copa. El brandy temblaba levemente, como si también estuviera nervioso.

No suelo dejar que me lleven —dijo, casi en un susurro.

Amanda apagó el cigarrillo en el cenicero, se inclinó aún más y le habló al oído:

Entonces esta noche será la excepción.

Y en ese instante, Tom comprendió que no estaba frente a una mujer que se conquista, sino a una mujer que se vive.

El vinilo giraba cada vez más lento, como si también se rindiera al peso de la noche. Un leve chasquido marcó el final de Nature Boy, y el silencio que siguió no fue vacío, sino denso. Amanda se levantó sin decir nada, caminó hacia el tocadiscos y retiró la aguja con delicadeza. El crujido final se apagó como una respiración contenida.

A veces el silencio es más sincero que cualquier canción —dijo, sin mirarlo.

Tom la observaba desde el sofá, con la copa aún en la mano. El brandy ya no ardía, pero algo en él seguía encendido...

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