viernes, 13 de febrero de 2026

«Las aventuras de Diego de Arrigorriaga y Martín de Escalona hacia las Américas» 3

Empieza la vigilancia

La mañana comenzaba a despuntar sobre los tejados de Sevilla cuando Diego, con la capa recogida y el rostro aún marcado por el sueño, se apostó en una esquina discreta frente a la casa de doña Leonor. El aire era fresco, y las campanas de San Lorenzo anunciaban la misa de ocho. A esa hora, las calles aún estaban medio vacías, con algún vendedor de pan y las primeras criadas cruzando con cestas cubiertas.

Leonor salió puntual, vestida con sobriedad: mantilla oscura, paso firme, mirada baja. Diego la siguió a distancia, cruzando plazas y callejones hasta la iglesia. Entró sin mirar atrás. Diego se quedó fuera, fingiendo revisar una hoja de cuentas. El murmullo de los rezos se escapaba por las puertas entreabiertas.

Media hora después, Leonor salió y tomó rumbo al convento de las Jerónimas. El edificio, de muros altos y portón de madera, parecía tragarse a quien entraba. Diego se apoyó en una columna cercana, observando cómo las monjas abrían la puerta sin decir palabra. Durante ese tiempo, pasó un aguador, dos niños corrieron con una cuerda, y un anciano se detuvo a bendecirse frente al convento.

Leonor salió con el mismo paso sereno y se dirigió hacia la casa de sus padres, una vivienda elegante en la calle Cuna, con balcones de hierro forjado y macetas de geranios. Diego se colocó frente a una tienda de telas, fingiendo interés por un paño de lino. La puerta se abrió, Leonor entró. Una hora después, volvió a salir con una bolsa de tela cerrada con cordón. No parecía pesada, pero la sujetaba con ambas manos.

Entonces comenzó a callejear por el barrio de Santa Cruz. Diego tuvo que apurar el paso, esquivando carros y y grupos de niños jugando. Leonor parecía no seguir una ruta fija: cruzó la plaza de Doña Elvira, giró por la calle de las Cruces, se detuvo brevemente frente a una fuente, y finalmente llegó a un caserón de fachada blanca, con portón de madera y aldaba de hierro en forma de mano.

Entró sin llamar. Diego se colocó en una esquina desde la que podía ver la puerta. Dos horas pasaron. El sol ya estaba alto, y la calle comenzaba a llenarse de vida. Un vendedor de naranjas gritaba su mercancía, una mujer discutía con un mozo por el precio de unos huevos, y Diego, paciente, no apartaba la vista.

Finalmente, Leonor salió. La bolsa seguía en su mano, parecía no tener peso alguno. No miró a nadie. Tomó rumbo directo a su casa, sin detenerse. Diego la siguió hasta verla entrar, luego se retiró por una calle lateral, con la mente llena de preguntas.

¿Qué había en esa bolsa? ¿Quién vivía en el caserón? ¿Por qué el recorrido parecía tan meticuloso y a la vez tan natural?

Por la tarde, fue Martín quien se apostó frente a la casa de doña Leonor en el barrio de San Lorenzo, donde ella vivía con su esposo. Desde media tarde, se mantuvo en la sombra de una carpintería cerrada, con la capa recogida y los ojos atentos a la puerta principal. El sol fue bajando, los vecinos regresaban de sus quehaceres, y las campanas comenzaron a anunciar el anochecer.

Pero Leonor no salió.

Ni una criada, ni un mensajero, ni un movimiento en las ventanas. Martín esperó hasta que las farolas fueron encendidas y el bullicio se apagó. Finalmente, se retiró con paso firme y fue en busca de Diego.

Lo encontró en su cuarto, repasando mentalmente el recorrido de la mañana.

Nada —dijo Martín—. No ha salido desde que volvió de casa de sus padres. He estado allí hasta que encendieron los faroles.

Diego asintió, se puso la capa y juntos caminaron hacia la taberna del Águila Negra.

Allí, entre el humo de las velas y el murmullo de los parroquianos, Ciutti los esperaba con tres vasos ya servidos.

¿Y bien?

Diego habló primero, luego Martín completó. Ciutti escuchó en silencio, girando el vaso entre los dedos.

Entonces el movimiento fue sólo por la mañana. Interesante. El caserón, la bolsa, la visita al convento… y luego, encierro.

¿Qué hacemos mañana? —preguntó Martín.

Ciutti sonrió, esa sonrisa suya que nunca era del todo clara.

Mañana, seguimos. Pero esta vez, quiero que uno de vosotros se acerque al caserón una hora antes de la posible llegada de Doña Leonor. No entrar, no tocar. Sólo observar. Y si hay alguien que entra antes o después de ella, quiero saber quién es. Que le siga y que no le pierda hasta que llegue a su destino. Una vez allí, preguntar a la gente sobre quien puede ser. Con disimulo. Si es necesario sobornar a alguien, aquí tenéis unos reales para ello — dijo Ciutti depositando una pequeña bolsa de cuero sobre la mesa que Martín recogió.

La vela parpadeó. Afuera, la noche sevillana seguía viva. Dentro, los tres hombres se preparaban para un juego que apenas comenzaba.

La taberna del Águila Negra estaba más animada que de costumbre. El humo de las velas se mezclaba con el aroma de guisos y vino nuevo. Ciutti, al ver entrar a Diego y Martín, alzó la mano con entusiasmo.

¡Una jarra de vino, y que no escatimen en pan ni en carne! —gritó al tabernero—. Hoy ha sido un buen día, y quiero celebrarlo con mis nuevos amigos.

Martín sonrió, sorprendido por el gesto. Diego se sentó con cautela, observando cómo Ciutti servía el vino con generosidad.

¿Y qué ha pasado hoy? —preguntó Diego.

Un encargo bien pagado, una deuda saldada, y una carta que nos puede abrir las puertas de Las Indias. Nada mal para un hombre que llegó a Sevilla con una capa raída y un nombre que nadie recordaba.

Martín se inclinó, curioso.

¿Y cómo fue eso? ¿Cómo llegaste aquí?

Ciutti se acomodó, tomó un trozo de pan y comenzó a hablar con voz más baja, como si tejiera una historia que sólo ellos debían escuchar.

Serví a don Antonio de la Torre durante tres años. Un hombre astuto, comerciante de especias y telas. Aprendí a leer cartas, a negociar con catalanes que querían hacer negocio en el Nuevo Mundo, y a escuchar sin que me vieran. Me movía entre almacenes, conventos y casas nobles. Y cuando don Antonio murió, me quedé con lo aprendido… y con algunos contactos que aún me deben favores.

¿Y don Juan? Cómo entraste a su servicio?

Don Juan era un joven aristócrata rico, inquieto y dado a aventuras amorosas y desafíos. Necesitaba un criado astuto, discreto y cómplice, alguien capaz de ayudarlo en sus tramas sin cuestionarlas. Sabía de mi por mis artes con Don Antonio. Su oferta era imposible de rechazar. Aventuras, buena cama y buena paga por guardarle las espaldas y ser su mensajero cunado fuera necesario.

Diego bebió un sorbo, pensativo.

¿Y América?

Ah, América… —Ciutti sonrió, mirando la llama de la vela como si viera el reflejo del mar—. Tengo un primo en Veracruz. Dice que allí se necesitan hombres que sepan moverse sin hacer ruido. Que hay oro, pero también secretos. Y que quien sabe escuchar puede vivir sin cargar sacos ni doblar la espalda.

Martín se rió.

Entonces, en cuanto tengamos oportunidad, nos embarcaremos hacia Nueva España.

Exacto. Sevilla es hermosa, sí, pero América… América es otra historia.

La comida llegó: carne guisada con romero, pan recién horneado, y una jarra más de vino. Los tres brindaron, y por un momento, el rincón de la taberna se llenó de promesas, de historias pasadas y de futuros aún por escribir.

6. Continúa la vigilancia. Sin resultados.

Durante dos días, la rutina de vigilancia se volvió casi monótona. Diego y Martín se alternaban en los turonos de mañana y tarde. Se apostaban con discreción frente a la casa de Leonor. Procuraban tener la mayor de las discreciones. Pero Leonor no ofrecía novedades.

Cada jornada comenzaba igual: salía temprano, con paso sereno, rumbo a misa. La seguían hasta la iglesia de San Lorenzo, donde permanecía poco más de media hora. Luego, sin desvíos ni encuentros, caminaba hacia la casa de sus padres en la calle Cuna. Allí se quedaba una hora, a veces menos, y regresaba a su hogar sin detenerse.

Por la tarde, Martín o Diego la esperaban. Pero la puerta permanecía cerrada. Las ventanas, en penumbra. Ningún mensajero, ninguna visita. Sólo el sonido lejano de los vendedores y el canto ocasional de un canario en alguna azotea.

Al final del segundo día, los dos se reunieron en la taberna del Águila Negra. Esta vez no había celebración, sino reflexión.

Si oculta algo, lo hace bien —dijo Diego, removiendo el vino en su vaso de barro.

O simplemente no hay nada que ocultar —añadió Martín, mirando a Ciutti.

Ciutti, más serio que de costumbre, se acarició la barba.

A veces el silencio también habla. Si no hay movimiento, es porque se prepara. O porque sabe que la observan.

La vela parpadeó. Afuera, Sevilla seguía viva. Dentro, los tres hombres comenzaban a entender que el misterio de doña Leonor no se resolvería con simples paseos.

7. La vigilancia da un giro inesperado

La mañana había comenzado como las anteriores: cielo despejado, campanas de San Lorenzo marcando las ocho, y el murmullo de Sevilla despertando entre puestos de fruta y pasos apresurados. Doña Leonor siguió la rutina habitual: misa de ocho, visita al convento d ella Jerónimas, a sus padres y se encaminó hacia el barrio de Santa Cruz entrando en el caserón con la recia puerta de madera. Martín, apostado frente al caserón del barrio de Santa Cruz, observaba con paciencia. Leonor había entrado hacía más de dos horas, y todo parecía seguir el patrón de días anteriores. Pero entonces, el silencio se rompió. Un grito agudo, de mujer, atravesó la puerta cerrada. Fue breve, pero suficiente para que varios transeúntes se detuvieran. Martín se incorporó de inmediato. La aldaba de hierro en forma de mano parecía temblar en su sitio.

La puerta se abrió de golpe. Una mujer joven, vestida con ropajes sencillos, salió corriendo, con el rostro desencajado.

¡Ayuda! ¡Por favor, que alguien venga!

Martín no lo dudó. Cruzó la calle en dos zancadas y se acercó.

¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado?

La mujer lo miró, temblando.

Dentro… la señora… se ha desmayado… creo que está herida.

Martín empujó la puerta, que había quedado entreabierta, y entró. El interior era oscuro, con olor a incienso y humedad. Un pasillo estrecho conducía a una sala donde, sobre un diván, Leonor yacía inconsciente, con el rostro pálido y una mano sobre el pecho. A su lado, una mesa con papeles, una bolsa abierta, y un frasco roto en el suelo.

La joven del hábito entró detrás.

Estábamos hablando… y de pronto se ha puesto pálida… ha dicho algo sobre su esposo… y se ha desplomado.

Martín se arrodilló junto a Leonor, sin saber si debía tocarla. Su respiración era débil, pero presente.

Hay que llevarla a casa —dijo—. O buscar a alguien que sepa qué hacer.

Al decir esto, le pareció ver una sombra fugaz que desaparecía por el portón de madera. Martín se levantó de golpe y corrió hacia la puerta, pero ya era tarde. En el umbral, sin embargo, algo brillaba entre las losas: un estilete poco común de hoja fina, con empuñadura labrada en forma de serpiente. Lo recogió con cautela y lo guardó bajo la capa.

Más tarde, Leonor fue acostada en una cama del mismo caserón. La joven le humedecía la frente con agua de azahar. Martín permanecía cerca, en silencio.

Leonor abrió los ojos lentamente. Miró a la joven, luego a Martín.

¿Quién es él?

Martín se inclinó, con voz serena.

Me llamo Antonio, señora. Pasaba por aquí y escuché el grito de esta muchacha pidiendo socorro.

Leonor lo observó unos segundos, como si intentara recordar algo. Luego cerró los ojos de nuevo, agotada.

Martín se quedó quieto, con el estilete oculto y la intuición de que aquel objeto sería clave en lo que estaba por venir.

La habitación del caserón estaba en penumbra, con las cortinas entreabiertas dejando entrar una luz suave que apenas tocaba el rostro de Leonor. Acostada en la cama, con la frente aún húmeda por el paño que la joven le había colocado, Leonor respiraba con dificultad. Su mirada iba de la joven a Martín, que permanecía de pie, serio, con el estilete oculto bajo la capa.

No puedo más —dijo al fin, con voz quebrada—. No puedo seguir con esto.

Martín se acercó, sin decir nada. La joven se sentó junto a la cama, tomándole la mano.

Cada vez que venía aquí… era como morir un poco —continuó Leonor—. Ese hombre… ese miserable… fue alguien a quien quise, hace años. Antes de casarme. Y ahora me amenaza con contárselo todo a mi marido. Dice que si no le doy dinero, lo hará. Que inventará cosas. Que me arruinará.

La joven la miró con compasión. Martín frunció el ceño.

¿Y el dinero?

Lo tomaba de las cuentas de la casa. Pequeñas cantidades. Mi esposo no lo ha notado. Pero hoy… hoy quise terminar con esto. Le dije que no volvería. Que no le daría más. Y entonces… me empujó. Caí. Me golpeé la cabeza.

Martín se acercó aún más, con voz firme pero serena.

Escuche, señora. La mandaremos a casa en un coche de caballos. La joven la acompañará. Dígale a su marido que tropezó en la calle, que se sintió mal, y que esta muchacha la ayudó. No mencione nada más.

Leonor lo miró, con los ojos aún húmedos.

¿Y él?

Yo me encargaré —dijo Martín—. No volverá a molestarla. No volverá a acercarse a usted ni a su casa. Se lo prometo.

Leonor cerró los ojos, como si esa promesa le permitiera respirar por primera vez en días. Martín se volvió hacia la joven.

Prepárala. Yo buscaré el coche.

Y mientras salía del caserón, con el estilete aún oculto, Martín sabía que la vigilancia había terminado. Ahora comenzaba otra cosa. Algo más peligroso. Algo que requería no sólo ojos, sino decisión.

El sonido de los cascos sobre el empedrado anunció la llegada del coche. Martín descendió con paso firme, ajustándose la capa mientras cruzaba el umbral del caserón. Dentro, la luz seguía siendo tenue, pero Leonor ya estaba sentada al borde de la cama, vestida con discreta elegancia, el rostro aún pálido pero sereno.

Martín se acercó despacio. La joven que la había atendido permanecía a su lado, con las manos entrelazadas.

¿Señora —dijo Martín, con voz baja pero clara— tenéis algo que ocultar a vuestro marido?

Leonor lo miró, sorprendida por la franqueza. Tardó unos segundos en responder.

No, joven. Solo el chantaje económico. Me retenía aquí durante una o dos horas… para preparar un chantaje emocional por si no le entregaba el dinero. Pretendía hacer creer a mi marido que teníamos relaciones.

Martín asintió lentamente, sin apartar la mirada.

No se preocupe, señora. Yo me ocuparé de que eso no ocurra.

Leonor frunció el ceño, inquieta.

¿Pero cómo lo haréis?

Martín deslizó la mano bajo su capa y sacó el estilete. La hoja, aún limpia, brilló bajo la luz que entraba por la cortina entreabierta.

No creo que haya muchos estiletes como este en Sevilla —dijo—. Daré con ese hombre. Solo tenéis que decirme su nombre.

Alfonso de Santayana —Leonor observó en silencio a Martín. No preguntó más.

Entre la joven y Martín la ayudaron a levantarse. Leonor se apoyó en ambos con dignidad, sin mostrar debilidad. Al llegar al zaguán, Martín tomó un pañuelo de seda negro y lo colocó con delicadeza sobre su rostro, cubriéndolo.

Por precaución —murmuró— Decidle a vuestro marido que habéis tropezado en la calle y que esta joven os a acompañado hasta vuestra casa.

La puerta se abrió. El coche esperaba. Martín la ayudó a subir, y luego se volvió hacia la joven.

Acompañadla hasta su casa. No os separéis de ella.

La joven asintió. Martín cerró la portezuela, golpeó el lateral del carruaje, y lo vio alejarse por la calle estrecha, envuelto en la luz dorada del atardecer.

Quedó solo frente al caserón, con el estilete en la mano y una promesa por cumplir...

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