El sol se había ocultado tras los montes cuando Martín, Diego y Catalina dejaron atrás la imponente sierra. La jornada había sido extenuante, con caminos pedregosos y descensos abruptos que castigaban sus cuerpos y ponían a prueba su resistencia. Al llegar a las inmediaciones de Baños de la Encina, el paisaje comenzó a transformarse. Los olivares se extendían en hileras interminables, como guardianes inmóviles bajo un cielo que empezaba a teñirse de púrpura.
—Estamos cerca de algún lugar habitado —comentó Martín, mirando el contorno de un cortijo que se recortaba contra el horizonte—. Tal vez podamos encontrar un sitio donde pasar la noche.
Diego, agotado, suspiró.
—Con tal de no dormir al raso otra vez, cualquier sitio servirá. Mis huesos no aguantan más frío.
Catalina, siempre más precavida, frunció el ceño.
—Debemos tener cuidado. No sabemos si ese cortijo está habitado. Si nos descubren, podríamos meternos en problemas.
Aun así, la necesidad apremiaba. Con pasos sigilosos, se acercaron al cortijo, un conjunto de edificios blancos con tejados de tejas rojizas. El silencio de la noche solo era interrumpido por el canto de los grillos. Las ventanas estaban cerradas y no se veía humo en la chimenea principal, lo que les hizo pensar que tal vez no había nadie en la casa.
—Allí, el granero —susurró Martín, señalando una estructura al otro lado del patio—. Podríamos refugiarnos ahí por esta noche.
Se deslizaron en la oscuridad, evitando los pocos rayos de luna que se colaban entre los árboles. Martín abrió la puerta del granero con cuidado, procurando no hacer ruido, y los tres entraron. El olor a heno fresco los recibió, junto con la penumbra apenas rota por las rendijas de la madera, que dejaban pasar la luz de la luna.
—Aquí estaremos a salvo —dijo Diego, dejándose caer sobre un montón de paja con un suspiro de alivio.
Catalina exploró el lugar con la ayuda de una pequeña lámpara que llevaba consigo. Fue entonces cuando notó algo colgando de una viga en el fondo del granero.
—Mirad esto —llamó en voz baja.
Al acercarse, descubrieron varias chacinas colgadas: jamones, chorizos y morcillas. Era un hallazgo inesperado, pero en su hambre y cansancio les pareció un regalo caído del cielo.
—¡Por fin algo de suerte! —exclamó Diego, salivando al ver los embutidos.
—No podemos coger demasiado —advirtió Catalina, siempre consciente del riesgo—. Si alguien viene a inspeccionar, no deben notar nuestra presencia.
Martín asintió y tomó un cuchillo de su cinturón para cortar con precisión. Pronto tuvieron en sus manos un par de chorizos y una buena tajada de jamón. Se sentaron sobre el heno, compartiendo la comida bajo la luz tenue de la lámpara.
El sabor salado y ahumado de las chacinas les devolvió un poco de fuerzas. Diego, que parecía revivir con cada bocado, no pudo evitar bromear:
—Si cada jornada termina con un banquete como este, no me quejo de los caminos.
—Siempre encuentras algo que celebrar —replicó Catalina con una sonrisa cansada, mientras se limpiaba las manos en la falda.
Martín, más callado, masticaba en silencio, observando las sombras que se movían en las paredes del granero. Sus ojos se entrecerraron, como si su mente ya estuviera planeando la jornada siguiente.
—Esto me recuerda cuando me encontré en medio de…
—¡No! —gritaron al unísono Catalina y Diego—. Otra aventura, ahora no.
—Descansemos. Mañana hemos de salir antes del amanecer —dijo firmemente Catalina—. Si alguien viene aquí, no nos pueden encontrar.
Antes de dormirse, Catalina recordó los momentos vividos en la sierra con Alonso Quijano, su fiel escudero y Cardenio, Con la mirada pensativa dijo a sus amigos: ¿Qué será de quienes dejamos atrás? La locura de Don Alonso, la paciencia del noble Sancho y las desdichas de Cardenio. Son historias para no olvidarlas. Dignas de ser escritas.
Los otros asintieron, conscientes de la necesidad de precaución. Se acomodaron como pudieron entre la paja, arropados con sus capas para protegerse del frío de la noche. Afuera, el viento susurraba entre los olivos, pero dentro del granero, la tranquilidad de aquel refugio les permitió, por primera vez en días, dormir con la sensación de cierta...
Cuando cerraron los ojos, cansados pero satisfechos, el granero quedó en silencio, con el aroma del heno y las chacinas aún flotando en el aire, como un recordatorio de que, incluso en los momentos más difíciles, la fortuna a veces sonreía a quienes se atrevían a buscarla.
El amanecer trajo consigo el fresco de la mañana y una luz suave que teñía los olivares de dorado. Martín, Diego y Catalina abandonaron el granero con el mayor sigilo, asegurándose de no dejar rastro de su breve estancia. El cortijo quedaba atrás, silencioso y dormido, mientras ellos avanzaban por el camino polvoriento hacia el pueblo que se vislumbraba en la lejanía.
Caminaron sin detenerse, dejando atrás el cansancio de la jornada anterior y confiando en que, en el pueblo, podrían encontrar alguna oportunidad para continuar su viaje con más recursos. Cuando llegaron a Baños de la Encina, poco antes del mediodía, el sol ya brillaba con fuerza, proyectando sombras sobre las calles empedradas del lugar. Admiraron el imponente castillo de Burgalimar, cuyas torres y murallas parecían custodiar el paso del tiempo.
—Impresionante fortaleza —murmuró Martín, deteniéndose un momento para admirar su estructura—. Si sus piedras pudieran hablar, contarían historias de guerras y asedios.
—O de cómo los señores viven cómodamente mientras otros cargan con el peso del mundo —replicó Diego con tono pragmático, secándose el sudor de la frente.
Catalina sonrió ligeramente.
—Sea como sea, no nos quedemos aquí. La plaza parece ser el corazón del pueblo, y tal vez allí encontremos algo que nos ayude.
La plaza estaba animada, con pequeños puestos de carne, frutas, hortalizas, abalorios y telas. A un lado, dos hombres hablaban con un grupo de campesinos, buscando claramente a alguien que pudiera ofrecer sus manos para trabajar. Eran robustos, de piel curtida por el sol y con rostros que hablaban de largas jornadas al aire libre. Uno de ellos, un hombre alto con bigote espeso, alzó la voz:
—¡Se buscan jornaleros para un cortijo cercano! Trabajo honesto y comida asegurada. ¡Poca paga, pero buen trato, comida y cama garantizadas!
Martín intercambió una mirada con Diego y Catalina. La idea de tener un techo, comida y un propósito, aunque fuera temporal, resultaba demasiado buena para ignorarla.
—Nos ofrecemos los tres —dijo Martín con firmeza, dando un paso al frente.
Los dos hombres los observaron con cierto interés.
—¿Y qué habilidades tenéis? —preguntó el del bigote.
—Labores del campo, cuidado de animales… lo que nos echen encima —respondió Martín rápidamente, señalando a Diego y a sí mismo—. Ella —añadió, señalando a Catalina— tiene experiencia en labores domésticas.
Los hombres asintieron, satisfechos con la respuesta.
—Bien. Hay sitio para los tres. Si sabéis trabajar, no habrá problemas. El cortijo está a un par de leguas de aquí. Subid al carro y os llevaremos.
El carro era sencillo pero resistente, cargado con sacos de grano y herramientas agrícolas. Martín y Diego ayudaron a cargar algunas cajas, mientras Catalina se acomodaba en un rincón, con una sensación de inquietud que intentaba disimular. El viaje fue breve pero lleno de baches, y la sorpresa de los tres fue grande al reconocer el cortijo al que habían llegado.
—Este lugar… —murmuró Diego con una leve sonrisa incrédula—. Parece que la fortuna nos ha jugado una broma.
—Calla, no digas nada —advirtió Catalina en voz baja—. Lo que hicimos anoche no debe saberse.
Martín asintió, observando con detenimiento a los trabajadores que ya se encontraban en los campos y establos. Algunos levantaron la vista hacia ellos con curiosidad, pero la mayoría siguió con sus tareas.
Al descender del carro, uno de los hombres que los había contratado, el de bigote, les asignó sus labores.
—Vosotros dos, al campo —indicó, señalando a Martín y Diego—. Hay que atender los olivos y recoger lo que queda de la cosecha. También haréis turnos en el cuidado de los animales.
Luego, girándose hacia Catalina, continuó:
—Y tú, muchacha, irás al servicio de la casa. Haz lo que te pidan las señoras y encárgate de la cocina cuando te lo ordenen. Si trabajáis bien, os quedaréis; si no, os echaremos sin miramientos. Hoy descansaréis y conoceréis el cortijo y a quienes aquí trabajan. Mañana empezaréis al clarear el día.
Catalina inclinó la cabeza en señal de aceptación, mientras los tres intercambiaban una última mirada. Sabían que las jornadas serían largas y agotadoras, pero al menos tendrían un lugar donde quedarse y algo que llevarse a la boca.
Mientras Martín y Diego se encaminaban hacia lo que serían sus aposentos —un cobertizo compartido con otros jornaleros—, Catalina fue conducida al interior del cortijo. Allí, una mujer mayor, de aspecto severo y enérgico, le explicó sus tareas: debía limpiar, ayudar en la cocina y atender a las órdenes de los amos.
—Esto no será fácil, pero podría ser peor —se dijo Catalina, observando los muros encalados del cortijo y las sombras de las montañas a lo lejos.
Con determinación, los tres amigos se preparaban para afrontar lo que el destino les deparara. Ahora, empleados en aquel lugar que la noche anterior había sido solo un refugio provisional, mantenían firme su propósito: llegar a Sevilla, su última parada antes de embarcar hacia las Indias.
Al amanecer del día siguiente, mientras Martín y Diego se dirigían a los campos, Catalina fue nuevamente llevada al interior del cortijo. La misma mujer mayor, de gesto adusto y mirada aguda, le reiteró sus obligaciones: limpiar, ayudar en la cocina y obedecer sin cuestionar. Catalina asintió en silencio, ajustándose el pañuelo que cubría su cabello.
Antes de separarse para iniciar sus respectivas labores, los tres amigos se reunieron junto al carro que los había acompañado hasta allí. Se miraron con una mezcla de incertidumbre y determinación, sabiendo que a partir de ese momento cada uno enfrentaría su jornada por separado.
—Bueno, esto no es precisamente lo que imaginábamos cuando salimos de la sierra -dijo Diego con una sonrisa torcida, intentando aligerar el ambiente-, pero al menos no pasaremos frío esta noche.
—Y tendremos comida y unos reales que juntar para seguir camino, aunque nos cueste ganarlos —añadió Martín con seriedad—. Esto es solo un paso más en nuestro viaje. No perdamos de vista por qué estamos aquí.
Catalina asintió con firmeza.
—Recordad que somos un equipo, aunque trabajemos por separado. Si algo ocurre, estaremos para apoyarnos. Nadie nos ha traído hasta aquí salvo nosotros mismos, y nadie nos sacará adelante si no lo hacemos juntos.
Diego le puso una mano en el hombro, ofreciéndole un gesto de apoyo.
—Harás un buen trabajo, Catalina. Eres más fuerte de lo que a veces crees. Y tú, Martín, seguro que de esto sacas otra historia que contar.
Martín, con su habitual sentido del humor, añadió:
—No sé cómo saldremos de esta. Espero que no como Don Alonso y su escudero.
Los tres rieron al unísono y se despidieron con un prolongado abrazo. Catalina dormiría en una construcción adjunta a la casa principal, junto al resto de mujeres del servicio, mientras que Martín y Diego compartirían alojamiento con los demás jornaleros.
Antes de alejarse, Catalina sonrió levemente y les advirtió:
—No olvidéis que la paciencia es clave, tanto con los animales… como con los capataces.
Se miraron unos instantes, dejando que la camaradería les diera fuerzas para lo que venía. Luego, cada uno tomó su camino con renovada determinación, sabiendo que, aunque separados por las tareas del día, compartían el mismo objetivo: llegar juntos a Sevilla y encontrar el futuro que tanto anhelaban.
Con el paso de los días, y luego semanas, Catalina, Martín y Diego se adaptaron a la rutina del cortijo. Las jornadas eran agotadoras, pero en los escasos momentos de descanso buscaban encontrarse, manteniendo viva su amistad y compartiendo anécdotas que daban algo de color a sus días grises de trabajo. Por las noches, cuando todo el cortijo quedaba en calma, se reunían en un rincón apartado del granero o en el borde del patio, lejos de miradas indiscretas. En aquellos breves instantes, entre susurros y risas apagadas, recordaban que, pese a la dureza del presente, su destino seguía esperándolos en el horizonte.
Una de esas noches, bajo un cielo estrellado que parecía extenderse hasta el infinito, Diego llegó primero al lugar de encuentro, con el rostro manchado de polvo y paja.
—Hoy casi me mato por culpa de un maldito gallo —dijo, dejando escapar un suspiro teatral mientras se dejaba caer en un montón de heno.
—¿Qué pasó? -preguntó Martín, que llegó poco después, con una sonrisa que ya anticipaba la historia.
—Estaba alimentando a las gallinas y, de repente, el gallo decidió que yo era su enemigo mortal. Se me lanzó como si fuera un soldado en la batalla. No sabéis lo difícil que es mantener la dignidad mientras corres delante de un gallo que quiere saltar sobre tu cabeza —dijo Diego, haciendo un gesto exagerado que provocó las carcajadas de los otros dos.
Catalina llegó en ese momento, cargando un pequeño envoltorio de tela:
—¿Reírse sin mí? Imperdonable. Aquí traigo algo para acompañar la charla —anunció, mostrando un trozo de pan y un poco de queso que había logrado distraer de la cocina.
—¡Milagro! —exclamó Diego, frotándose las manos con entusiasmo—. Siempre he dicho que la verdadera amistad es la que viene con comida.
Mientras comían, Martín compartió sus propias aventuras del día:
—El capataz me hizo cargar un saco de grano que debía pesar tanto como yo. Cuando por fin lo dejé en el almacén, me di cuenta de que había un agujero en el saco y que iba dejando un reguero tras de mí.
Catalina rió, llevándose la mano a la boca para no hacer ruido.
—¿Y el capataz no te dijo nada?
—Claro que sí. Me dijo que "con más cuidado la próxima vez". Pero lo dijo mientras me daba otro saco para llevar —respondió Martín, negando con la cabeza.
Catalina, después de unos momentos de silencio, compartió algo más personal:
—Hoy la señora del cortijo me pidió que probara un vestido que había sacado de un baúl viejo. Decía que le recordaba a su hija, que se casó y se fue a la ciudad. Me sentí… extraña. Por un momento, pensé en cómo sería tener una vida diferente, ser otra persona en otro lugar.
Diego, que siempre encontraba una forma de animar, le dio una palmada en el hombro:
—Catalina, no necesitas un vestido para ser diferente. Ya eres distinta a cualquiera que conozcamos. Además, con todo respeto, dudo que ese vestido aguante otro día de trabajo como el que tienes.
Los tres rieron suavemente, sabiendo que en esos encuentros nocturnos encontraban no solo un descanso, sino una forma de mantener la esperanza. Hablar de sus días, compartir historias y recordar sus sueños los unía más allá de la fatiga y la monotonía.
A medida que pasaban los meses, aquellos encuentros se convirtieron en su refugio, un momento de humanidad en medio de la dureza de sus labores. Martín soñaba en voz alta con el día en que llegarían a las Indias y empezarían una vida nueva. Diego hacía planes para comprar un pequeño terreno donde plantar árboles frutales, y Catalina, aunque solía guardar sus deseos para sí misma, confesó en una ocasión que soñaba con abrir una posada donde los viajeros pudieran sentirse como en casa.
Así, entre risas, confesiones y el consuelo de saber que se tenían los unos a los otros, los tres amigos encontraron la fuerza para continuar, confiando en que cada día los acercaba más a un futuro mejor.
Sin embargo, aquellos meses habían sido tensos para Catalina. Don Gil del Alcázar y Fuenfría, dueño del cortijo, se había convertido en una sombra constante en su vida, con comentarios inapropiados y miradas que la hacían sentir incómoda. Al principio, Catalina intentó ignorarlo, pensando que quizá era su imaginación, pero la insistencia de Don Gil se tornó cada vez más evidente y agresiva. Su conducta se intensificaba en momentos en que la encontraba sola, y aunque Catalina lo evitaba tanto como podía, el hombre siempre encontraba la manera de cruzarse en su camino.
Una noche, incapaz de soportar más la situación, Catalina decidió compartir lo que estaba ocurriendo con Martín y Diego durante uno de sus encuentros habituales en el granero. Se aseguró de que nadie los escuchara antes de empezar a hablar, con el rostro serio y la voz temblorosa.
—No puedo seguir aquí —confesó, apretando las manos con fuerza—. Don Gil no me deja en paz. Cada día se vuelve más insistente. Hoy incluso trató de arrinconarme en el salón mientras limpiaba. No pasó nada porque una doncella entró justo a tiempo, pero… no sé cuánto más podré esquivarlo.
Diego y Martín se miraron, alarmados. Diego, siempre impulsivo, se levantó de inmediato.
—¡Ese cerdo no tiene derecho a tratarte así! Ya habíamos escuchado rumores entre los hombres, pero tú no nos decías nada cuando te preguntamos. Debiste decirnos lo que ocurría. ¡Le partiré la cara!
—No sirve de nada enfrentarlo directamente, Diego —respondió Martín con calma, aunque su voz estaba cargada de rabia contenida—. Es el dueño del cortijo, y nosotros solo somos jornaleros. Si hacemos algo, las consecuencias caerán sobre nosotros.
Catalina les miró con determinación.
—No quiero que os pongáis en peligro por mí. Solo quiero irme de aquí. Si nos quedamos, tarde o temprano pasará algo peor.
Martín asintió, pensando rápidamente.
—Entonces nos iremos. Recogeremos nuestras cosas y el dinero que hemos ahorrado. Cuando todos estén dormidos, dejaremos el cortijo. Iremos a Úbeda. Allí tengo unos tíos y un primo a los que quiero mucho. Podremos refugiarnos allí un tiempo.
Diego, que aún parecía furioso, frunció el ceño.
—¿Y dejaremos que ese malnacido salga impune?
Catalina negó con la cabeza.
—No. Antes de irnos, dejaremos un mensaje para su mujer. Ella debe saber qué clase de hombre tiene a su lado.
Martín y Diego estuvieron de acuerdo. Pasaron los siguientes días preparando su huida con cuidado. Guardaron sus ahorros en pequeñas bolsas y reunieron sus pertenencias en el mínimo espacio posible, para no levantar sospechas. Catalina, por su parte, redactó una carta que dejarían en un lugar donde la dueña del cortijo la encontrara. En ella, con palabras directas pero respetuosas, relataba el comportamiento de Don Gil y explicaba los motivos de su partida:
Muy señora mía, la noble Doña Isabel:
Humildemente me atrevo a escrebirle estas palabras, con la esperanza de que lleguen a vuesa merced con el respeto y la verdad que traigo en el pecho. Mi nombre es Catalina, criada he sido en esta su casa por algunos meses, cumpliendo con cuanta obediencia y honra me es posible según mi pobre condición.
Mas no puedo ya quedarme más tiempo, ni despedirme como Dios manda, pues razones graves me empujan a salir sin más demora.
Debo decirle, señora, que vuestro marido, el señor Don Gil, no ha tenido conmigo el miramiento que a una moza honrada se le debe. Ha tenido palabras desmedidas, ojos atrevidos, y maneras que no son de cristiano. Al comienzo quise creer que era sólo desatino, y cerré los ojos, como quien no ve. Mas con los días, sus empeños se volvieron acosos, y acabó por querer encerrarme entre las paredes del salón, como si fuera cosa suya. Solo porque entró otra persona no pasó a más la desgracia.
No puedo, señora, ni debo, quedarme en lugar donde se me pierda el respeto ni peligre mi honra. Por ello parto, con otros compañeros que han tenido caridad de acompañarme y darme su amparo en esta decisión.
No digo esto por mal ni para armar alboroto, sino por justicia y porque vuesa merced merece saber la verdad. Sé bien que es mujer de juicio y de corazón limpio, y que sabrá qué hacer con lo que le cuento.
Agradezco de veras la mesa, el techo, y el trato que de vuesa merced recibí. Pero no soy moza que aguante deshonra ni se quede muda cuando el peligro ronda.
Dios la guarde muchos años.
Catalina
La noche elegida para escapar llegó. El cortijo estaba sumido en el silencio, con los habitantes dormidos tras un largo día de trabajo. Catalina, Martín y Diego esperaron hasta estar seguros de que nadie rondaba por el lugar. Catalina dejó la carta en la mesa del comedor, asegurándose de que estuviera en un sitio visible, junto a una vela apagada. Después, se reunió con sus amigos en la puerta trasera del cortijo.
—¿Todos listos? —preguntó Martín en voz baja.
—Listos —respondieron Diego y Catalina al unísono.
Con paso sigiloso, abandonaron el cortijo que les había servido de refugio y prisión durante meses. Caminaban bajo la luz de la luna menguante, guiados por la estrella que les marcaba el rumbo, avanzando rápidamente hacia el sendero que los alejaría de aquel lugar. Ninguno lo dijo en voz alta, pero los tres compartían una mezcla de alivio y ansiedad. Sabían que, si alguien descubría su huida antes de tiempo, las consecuencias podrían ser fatales.
Cuando el
cortijo quedó atrás, ya pequeño entre la niebla, Catalina se
detuvo por un momento. Miró a sus amigos, el miedo y la gratitud
reflejados en su rostro.
—Gracias. No sé qué habría hecho
sin vosotros.
Diego,
siempre dispuesto a dar consuelo, la tomó de la mano con una sonrisa
amplia, aunque algo forzada por la tensión del momento.
—Somos
un equipo, Catalina. Nadie se queda atrás.
Martín, que
había estado observando el horizonte en busca de señales de
peligro, asintió con firmeza.
—Ahora sigamos adelante.
Sevilla nos espera.
Con renovada determinación, los tres continuaron su camino, dejando atrás no solo el cortijo, sino también las sombras de lo que allí habían vivido. Aunque el futuro era incierto, había algo en su interior, algo indomable, que les aseguraba que, mientras permanecieran juntos, no habría obstáculo que no pudieran superar.
Silenciosamente cruzaron las calles de Baños de la Encina, un pueblo que pronto quedaría atrás, y con cada paso que daban, las huellas de su huida desaparecían bajo el manto de la noche. No volverían nunca más...
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