04:57 de la madrugada.
Comienza julio. Sigo tumbado, despierto, en la quietud tibia de la habitación. El ventilador susurra, la puerta de la terraza permanece abierta y la persiana, a medio bajar, deja colarse el aliento cálido de la noche. Fue ese calor denso el que me arrancó del sueño.
Sin moverme apenas, me giré hacia la terraza. Y allí estaba: una sombra pequeña, viva, deslizándose entre la penumbra con movimientos breves, casi coreografiados. Se detenía, como escuchando algo secreto, y luego seguía. La perdí durante unos minutos, sumido en pensamientos nebulosos. Después volvió. Y sin más, desapareció por donde vino, discreta, como si el aire mismo la hubiera absorbido.

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